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Los melillenses viven la compra de regalos de Navidad con ilusión

Electrónica, perfumes, juguetes y “detallitos útiles” llenan las listas navideñas de los ciudadanos, que combinan la sorpresa con las encuestas previas a la familia mientras intentan no disparar el gasto

por Tania Chocrón
08/12/2025 11:57 CET

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Melilla ya huele a Navidad. Las luces cuelgan de las farolas, las tiendas han sacado sus mejores escaparates y en el centro se empiezan a ver las primeras bolsas de regalo.

Cada año se repite la misma escena: listas que crecen, precios que suben, niños que escriben cartas interminables y adultos que hacen malabares para llegar a todo y a tiempo.

En este contexto, los regalos se convierten en el eje de muchas conversaciones familiares: qué comprar, a quién, cómo repartir el repartir el presupuesto, si apostar por algo práctico o por un capricho que haga verdadera ilusión. Faro TV ha salido a la calle para preguntar a los melillenses por sus hábitos de consumo navideño y sus respuestas dibujan un retrato muy humano de estas fiestas: ilusión, esfuerzo económico, organización (o falta de ella) y un profundo deseo de no dejar a nadie sin su detalle.

Entre lo útil y el capricho

Una de las primeras cuestiones que planteamos a los vecinos fue sencilla: ¿qué sueles comprar por Navidad?  La respuesta de María José resume una tendencia que se repite.

Ella procura que los regalos sean, ante todo, prácticos. "Intento que sean cosas que hacen falta y que sean útiles", explica. Nada de llenar los armarios de objetos que acaban olvidados en un cajón; su objetivo es que cada paquete tenga un sentido. Aun así, no renuncia a la parte emotiva: "Un detallito para cada miembro de la familia, que no se quede ninguno sin nada". Esa combinación de utilidad y simbolismo marca buena parte de las compras de estas fechas.

Hay quien, como Pepe Fernández, tiene muy claro su territorio: el deporte. Para sus nietos, que juegan como porteros en un equipo de Andalucía, el regalo casi siempre va ligado al balón: equipaciones, material deportivo, complementos... Pero Pepe introduce un elemento muy llamativo: a sus hijas les prepara enormes cajas sorpresa en las que mezcla productos del día a día con algún obsequio especial.

"Me gusta meter, por ejemplo, una garrafa de aceite, detergente para la lavadora y después alguna sorpresita más", cuenta entre risas. Es su manera de decir "os quiero" y, al mismo tiempo, ayudar en la economía doméstica.

José representa a otro perfil muy habitual: el que deja los regalos más sofisticados en manos de la pareja. Él se centra en lo culinario: polvorones, dulces, mantecados y todo lo que llena la mesa en Nochebuena y Nochevieja.

Asegura que los presentes más personales los elige su mujer, "que es la que sabe de estas cosas". La división de tareas, muy tradicional, sigue viva en muchos hogares.

En el extremo más "caprichoso" se sitúa Mar. Sus compras dependen de la persona, pero admite que le gusta aprovechas estas fechas para conceder a los suyos algo que, quizá no se compraría durante el resto del año. "A mi madre le suelen encantar los perfumes y suelo tirar por ahí. En general, regalo más bien caprichos", confiesa.

Perfumes, complementos, pequeños lujos que convierten la Navidad en excusa perfecta para mimar a los demás.

La tradición que también se regala

Más allá de los paquetes envueltos en papel brillante, hay regalos que no caben en una caja. Maribel lo tiene claro: el gran regalo de su familia es un plato que se transmite de generación en generación. "En el día de Navidad hacemos lo que nosotros llamamos las pelotas de Navidad: un cocido con unas pelotas de carne picada. Yo lo como desde que nací y mis hijos también; viene de mis antepasados", cuenta.

En su casa, sentarse a esa mesa es casi tan importante como abrir los presentes. La receta se ha convertido en un símbolo de continuidad, un lazo que une pasado y presente. Después de la comida llegan los regalos: encargos para Papá Noel y para los Reyes, repartidos para que la ilusión se alargue durante varias semanas.

Este tipo de tradiciones familiares - un plato, un postre, un brindis concreto - funcionan también como regalo colectivo. No cuestan necesariamente menos que un objeto, porque la cesta de la compra se dispara, pero dejan un recuerdo diferente, menos efímero que muchos productos de moda.

El coste de la ilusión

La segunda gran cuestión es cuánto cuesta mantener viva esa ilusión. Aunque la mayoría de las personas consultadas reconoce que intenta controlarse, las cifras que manejan no son pequeñas.

María José calcula que, de media, puede gastar alrededor de 100 euros por persona. Si se tiene en cuenta que en muchas familias los destinatarios de los regalos no bajan de cinco o seis, la cuenta se dispara con rapidez. A eso hay que sumar la comida, la decoración y las salidas propias de estas fechas.

Mar, por su parte, reconoce que, cuando se trata de familiares muy cercanos, el presupuesto se estira todavía más: puede llegar a 200 o incluso 250 euros por persona. "Al final son personas a las que ves a diario, que siempre están contigo, y quieres que tengan algo especial", justifica.

Pepe Fernández habla de "200 y pico euros" como cifra habitual de gasto en su casa. "Se van bien", admite. Pero enseguida matiza: se hace con alegría, con ilusión, porque en su familia "los Reyes se viven mucho". El desembolso se ve como una inversión en recuerdos, en risas y en esa mañana de cabalgara de abrir paquetes entre todos.

José aporta otra perspectiva: según sus cálculos, su familia puede llegar a los 500 euros de gasto total en estas fechas, sumando regalos y cesta navideña. No es una cifra menor para la economía de un hogar medio, pero forma parte de una decisión consciente: concentrar buena parte del presupuesto anual de ocio precisamente en esta época.

Aunque cada uno maneja cantidades diferentes, todos coinciden en que la subida general de precios se nota.

Maribel reconoce que, en su caso, el gasto es "bastante", en parte porque "las cosas han subido mucho", pero insiste en que estas fechas tienen un carácter especial que compensa el esfuerzo.

¿Planificar o improvisar?

Otro de los elementos que marcan la campaña navideña es el tiempo: hay quien lleva desde octubre pensando regalos y quien no pisa una tienda hasta el 2 de enero.

Maribel pertenece claramente al primer grupo. Tiene un plan, una lista mental de personas y presupuestos, y casi, un calendario propio. "Lo tengo todo pensado y planificado", asegura. Para ella, organizarse es la mejor manera de no gastar más de la cuenta y de evitar la angustia de las últimas horas.

En el extremo contrario se sitúa Antonio, fiel representante del comprador de última hora. Reconoce que suele dejarlo todo para el final y que esa costumbre le juega malas pasadas: "No me gusta porque luego se han agotado los productos que a mí me gustan". Este año todavía no tiene nada comprado. El hecho de que su madre cumpla años muy cerca de las fechas de Papá Noel complica aún más la ecuación: tiene que reunir cumpleaños, fiestas y Reyes en un solo esfuerzo. Su estrategia pasa por salir la semana siguiente, mirar tiendas y aprovechar las promociones que ya empiezan a anunciar los comercios.

José también confiesa que en us casa tienden a retrasarlo todo. "Siempre dejamos las cosas para el penúltimo momento", comenta. Esa inercia explica por qué, años tras año, se repiten las mismas escenas de colas interminables, estanterías casi vacías y compradores con prisas examinando cualquier producto que aún quede disponible.

Entre ambos extremos se sitúan perfiles como el de Mar o María José, que comienzan a comprar algunas cosas con antelación, guardan paquetes escondidos en armarios y dejan un pequeño margen para las últimas ideas de final de campaña.

Preguntar o no preguntar

El tercer gran dilema navideño es si conviene preguntar qué quiere cada persona o si eso rompe la magia de la sorpresa. Las respuestas muestran que los melillenses optan, en general, por una fórmula mixta.

María José reconoce que, sobre todo con los niños, llega un momento en que es complicado acertar. “A veces pregunto porque se vuelve difícil, pero intento acertar igualmente”, explica. Los más pequeños cambian rápido de gustos, los adolescentes pasan de los juguetes a la electrónica, y no siempre es fácil seguirles el ritmo.

Pepe es tajante: “No solemos dar pistas”. Para él, la esencia está en abrir un paquete sin tener ni idea de lo que hay dentro. Sus cajas, enormes y misteriosas, refuerzan esa sensación. En su casa todos saben que habrá regalos, pero casi nunca aciertan en el contenido.

José sigue una filosofía similar: si se pregunta demasiado, la sorpresa se diluye. Prefiere arriesgarse y confiar en que, aunque el regalo no sea exactamente lo que la otra persona habría elegido, el gesto y el pensamiento pesen más que el objeto en sí.

Maribel, en cambio, sencillamente ha comprobado que la abundancia de cosas complica las cosas. “Gracias a Dios ya tenemos de todo”, comenta. Por eso, suele preguntar qué les apetece o qué necesitan. Algunos familiares se lo dicen claramente; otros prefieren dejarlo “a su libre albedrío”. Esta fórmula le permite evitar duplicidades y centrarse en algo que realmente vaya a usarse.

Mar, por su parte, observa mucho. Asegura que muchas veces no hace falta preguntar porque los propios familiares “lo dejan caer” cuando se acercan las fechas. “Yo voy viendo lo que necesitan, o directamente te lo dicen cuando se aproxima la Navidad”, explica. Es un juego sutil de indirectas que, al final, facilita mucho las compras.

Importancia de "mirar bien"

Detrás de cada regalo hay también una elección sobre dónde comprar. Muchos vecinos combinan grandes superficies con pequeños comercios de barrio. Algunos buscan ofertas en internet, pero sin renunciar al paseo por el centro, a la visita a la librería de siempre o a esa tienda de deportes donde les conocen por su nombre.

Antonio reconoce que, al dejar las compras para la semana siguiente, espera “aprovechar los descuentos y promociones” que empiezan a lanzarse. Otros consultados aseguran que comparan precios antes de decidirse, conscientes de que un mismo producto puede variar notablemente según el establecimiento.

El comercio local también juega sus cartas: horarios ampliados, envoltorios de regalo, pequeños detalles para los clientes habituales. Son estrategias que intentan competir con las facilidades del comercio electrónico y recordar que, detrás de cada compra, hay también empleo y vida en las calles de la ciudad.

El sentido de las fiestas

En medio de tanto número, bolsas y presupuestos, surge inevitablemente la reflexión sobre el significado de todo esto. Maribel lo expresa con claridad: “No creo que debamos quedarnos solo con la parte de consumo y perder lo que realmente es la Navidad: el tiempo de Adviento, prepararnos para recibir al Niño Jesús”. Para ella, los regalos y la comida son importantes, pero deben ir acompañados de ese componente espiritual y familiar que da sentido a las reuniones.

Otros entrevistados, sin hablar en términos religiosos, apuntan en la misma dirección: lo que recuerdan de su infancia no es tanto qué les trajeron exactamente los Reyes, sino el ambiente en casa, la emoción de irse a la cama temprano, los nervios al oír ruido en el salón o la estampa de toda la familia alrededor del árbol.

Ese es quizá el hilo conductor de todas las respuestas: detrás de cada regalo hay un intento de mantener viva una ilusión compartida. Aunque el bolsillo sufra, aunque haga falta ajustar el presupuesto o recurrir a detalles modestos, nadie quiere renunciar a la sonrisa de un hijo, de una pareja o de un abuelo al abrir su paquete.

Al final, el mapa de los regalos de Navidad en Melilla está hecho de pequeñas historias: la caja de detergente y aceite que Pepe prepara con cariño para sus hijas; el perfume que Mar busca con paciencia para su madre; el cocido con pelotas que reúne a varias generaciones en la mesa de Maribel; los dulces que compra José bajo la mirada experta de su mujer; los regalos de última hora de Antonio, que se abre paso entre estanterías casi vacías; los “detallitos útiles” de María José, pensados para que nadie se quede sin su parte.

Historias distintas, pero con un denominador común: el deseo de regalar algo más que un objeto. Tiempo, compañía, tradición, memoria y esperanza en que el año que viene, pese a todo, podamos volver a repetir la escena. Porque, entre luces, colas y tickets, esa es la verdadera banda sonora de la Navidad.

Tags: Noticias de Melillaregalos de Navidad

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