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Los gérmenes de la agresividad y de las guerras

por José Antonio Hernández Guerrero
26/08/2022 06:50 CEST
Los gérmenes de la agresividad y de las guerras

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EL 17 aniversario del fallecimiento de nuestro filósofo Mariano Peñalver me brinda la oportunidad de reflexionar sobre las guerras en unos momentos que, sin duda alguna, son especialmente oportunos. En mi opinión, de acuerdo con los antropólogos más cualificados, los dos “instintos humanos” más primarios -y, por lo tanto, los más irreprimibles- son el de supervivencia (individual y colectiva) y el de identidad (individual y colectiva). Mientras tenemos vida, en el sentido más elemental de esta palabra, nos sentimos enérgicamente impulsados a conservarla y, en la medida de lo posible, a prolongarla. Paradójicamente podríamos afirmar que estamos dispuestos a perder la vida con el fin de lograr los medios indispensables para mantenerla. El otro instinto, no mucho menos irrefrenable, es el de la identidad, un impulso que consiste en ser uno mismo y en exigir respeto a la propia condición personal y colectiva. Ahí radican, a mi juicio, los gérmenes y la explicación de la agresividad y de las guerras.

En la actualidad, debido a la movilidad y a los permanentes cambios de residencia, el conocimiento de los complejos mecanismos psicológicos y sociológicos que intervienen en la composición de las diferentes identidades individuales y colectivas alcanza una importancia decisiva, ya que, como sabemos, tienen graves y complejas repercusiones tanto en la convivencia social como en las relaciones políticas. Tengo, sin embargo, la impresión de que, tanto los gobernantes como los líderes de opinión, en sus análisis de las múltiples situaciones y en la adopción de las medidas para encauzarlas de manera razonable y justa, caen, con excesiva frecuencia, en una ingenua, inútil y, a veces, peligrosa simplificación.

Especialmente acertada es la distinción que establece Mariano Peñalver entre la agresividad personal y la violencia institucional. Él se

pregunta si la primera es consecuencia de una baja o de una alta autoestima. Para responder a esta compleja cuestión, parte del supuesto de que la violencia institucional es el resultado no sólo de las decisiones de los poderosos sino también de las respuestas que éstos obtienen de sus destinatarios o de sus víctimas. Establece una clara diferencia entre la violencia tiránica, que no se fundamenta en el principio de la obediencia debida, y la violencia institucional que, a veces, se excede impulsada también por las pasiones. Duda de que hayan existido guerras limpias y opina que una de las claves de la agresividad y de la violencia se ahonda hasta ese fondo psicológico en el que se aloja nuestra impaciencia. Llama la atención sobre el actual regreso a las promesas medievales de los “paraísos celestiales”, le sorprende la creciente manera de excitar la venganza y de alimentar el resentimiento hacia los poderosos, y rechaza el uso de la violencia como un medio adecuado para alcanzar cualquier fin estimable.

También él explica cómo los políticos, además de administrar los bienes de la colectividad, deberían ejercer una labor pedagógica estimulando el control –¿ascético?- de las pasiones y la protección frente a la codicia propia y ajena. Condena por igual todos los terrorismos y nos pone en guardia ante los fundamentalistas de cualquier creencia. Peñalver nos advierte con claridad e insistencia cómo las consecuencias de la violencia, además de truncar vidas sanas, destruye la tranquilidad de las familias, despierta la rabia y la indignación en los padres, y el desánimo y la inquietud entre los hijos e, incluso, perturba la conciencia de las ciudades.

Tags: Colaboración

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