Aquel 17 de noviembre, 28 años ya desde la fragilidad o su deficiencia criminal de una estructura esencial, como eran los depósitos de agua de Cabrerizas, reventara dejando destrucción y muerte en el curso del torrente sobrevenido que buscaba vía el desagüe natural hacia el mar, hacia la parte más baja de la ciudad de Melilla, a su remanso.
11 vidas, numerosos heridos y cuantiosos daños quedaron para siempre en la memoria individual y colectiva de la sociedad. También, la terrible precariedad a las que se somete en ocasiones por parte empresarial y, sobre todo, institucional de la Administración que es quien debe velar por los servicios públicos.
Hoy sus ruinas siguen en pie, como testimonio de la desidia de quien corresponda y del desprecio a esa memoria. Un proceso judicial complejo, comisiones judiciales rogatorias incluidas al extranjero, culminaron con el agotamiento de los más perjudicados y compensados por un acuerdo que, en realidad, a quien más benefició fue a la parte poderosa, quien los construyó. Además de poner de nuevo en solfa la insuficiente tutela de la administración pública en la protección de sus administrados.
Allí siguen, erguidos y retadores esos fantasmas de hormigón a los cuales se les ha aventurado mucho y, realmente, hecho poco tirando a nada, sobre todo, en su desaparición. No valen excusas, sobran, solo es necesaria la obligada voluntad decidida de quien debe y puede, entre otras cosas, eliminar los restos inútiles del sufrimiento pasado mucho más allá del anuncio grandilocuente de proyectos de adecuación, embellecimiento, naturismo…etc.
Un año tras otro, allí ha seguido y sigue, la perplejidad sostenida y solo competida por la inacción frente a ese tributo que, a modo de “horrenda escultura” representa un letal desatino. Es curioso, también triste que, tras el fragor de las emociones por las duras consecuencias los hechos, atención mediática nacional, acto ecuménico con la presencia de la Infanta Cristina y su consorte de entonces, reparación en lo posible de lo vital para las víctimas y otros afectados…el tiempo transcurrió y su devenir fue haciendo de su paisaje, al engendro de la ruinas, como parte de una absurda memoria. La acción de la Administración no supo o no quiso, o ambas cosas, hacerles, de momento, desaparecer tras intentar paliar dolor y pérdida.
Las instituciones, en este caso la Administración, son “organizaciones humanas que implican relaciones estables y estructuradas entre las personas, que se mantienen en el tiempo con el fin de cumplir una serie de objetivos explícitos e implícitos”. En otros desastres también se sintieron y sienten desatinos por no mantener innecesariamente restos que recuerden el dolor inútilmente, porque lo recuerda es únicamente la estructura es la desidia.
De lo más reciente y sumamente grave, de la DANA del levante español, saldrán, amén de otros despropósitos, si no han salido ya, episodios en el sentido de este texto.
¿Qué tipo de objetivo es que décadas después la estructura esquelética e infame de los antiguos depósitos de agua de Cabrerizas, recuerdo de muerte y destrucción, sigan en pie, hieráticos e hirientes? Seguro que ninguno, más allá la indolencia y la dejadez, traducción de la fatalidad y también de la derrota de la protección y en sentido común de quienes se lo deben, por contrato social, a la ciudadanía.









