El patio interior del histórico Archivo General del Hospital del Rey levantó este jueves su metafórico telón o, quizá, hizo algo más íntimo: invitó al público a recogerse en él. Apenas ochenta sillas ocupaban el espacio, suficientes para reunir a los habituales de un ciclo que cumple diez años convirtiendo este rincón patrimonial en escenario y la cercanía en una forma de descubrir el teatro.
Todavía con la luz del día resistiéndose a desaparecer, los focos comenzaron a dibujar una atmósfera propia. Reflejos turquesas, anaranjados y violáceos se proyectaban sin dejarse visualizar nítidamente sobre las paredes de piedra, pero anunciaban que el tiempo cotidiano estaba a punto de suspenderse. Tres telas - blancas y negras-, delimitaban el fondo de un escenario levemente elevado, aunque la verdadera singularidad de la propuesta residía precisamente en la ausencia de distancias. Antes de que comenzara la función, el lugar aún era territorio de saludos y sonrisas; instantes después, se transformaría en el universo barroco de Calderón de la Barca.
La música instrumental actuó como un delicado umbral hacia el Siglo de Oro. El cielo permanecía abierto sobre el patio, pero la escena ya había comenzado a cerrar el tiempo sobre sí misma. Sin micrófonos que amplificaran el sonido de la voz, en una apuesta por la palabra desnuda y la presencia de los intérpretes diluyéndose entre las tablas y el entorno de columnas, arcos y sillas dispuestas. El inicio vino marcado por el sonido de las campanas. Don Manuel y Cosme irrumpieron en escena y, tras ellos, entre la confusión y el conflicto, apareció don Luis. Bastaron unos instantes para que el Hospital del Rey dejara de ser un recinto y se convirtiera en la Sevilla de La dama duende.
La adaptación del texto y la dramaturgia de Alejandra Almendros encontró en el reducido espacio del microteatro una de sus mayores virtudes. El complejo entramado de personajes que ideó Calderón se resuelve aquí mediante un inteligente desdoblamiento interpretativo. Los cuatro actores transitan de un personaje a otro a través de pequeños elementos de caracterización: un pañuelo sobre la cabeza, un velo sostenido, una falda, una blusa, un corsé o una chaqueta bastan para anunciar una nueva identidad. A ello se suma un preciso trabajo corporal y gestual que permite al espectador reconocer de inmediato a cada personaje y seguir el enredo con absoluta claridad.
Esa capacidad de transformación encontró en la iluminación una aliada fundamental. Una narradora más. La luz no se limitaba a alumbrar; modificaba los ambientes, definía los espacios por los que se desplazaban los personajes y llegaba incluso a interpretar la oscuridad. Los tonos cálidos acompañan los encuentros y las confidencias; los verdes, azules y púrpuras anuncian el misterio y la incertidumbre. Cada variación cromática alteraba la percepción del escenario y permitía atravesar habitaciones, secretos y estados de ánimo sin que el espacio físico cambiase. La luz dibujaba lugares invisibles y convertía unos pocos metros cuadrados en un universo mucho más amplio.
En ese juego de sugerencias, los objetos adquierieron una importancia decisiva. Una maleta, una vela, un cojín o una bolsa de monedas bastaron para señalar un cambio de situación o para completar la acción dramática. Nada resultaba accesorio. Cada elemento poseía una función concreta y, al mismo tiempo, un valor simbólico que invitaba al espectador a completar con su imaginación aquello que la escena apenas insinúa.
La misma economía de recursos se aplica al lenguaje. Uno de los mayores logros de la propuesta residió en su capacidad para acercar el castellano del Siglo de Oro al espectador contemporáneo. El verso conserva su musicalidad y su elegancia, pero encuentra en el ritmo de los diálogos y en la interpretación un puente hacia el presente. La comprensión nace tanto de la palabra como del gesto. Las miradas, las pausas, la expresividad facial y la precisión de los movimientos acompañaban al texto y permitieron que el público siga el desarrollo de la trama y se entregase al juego de equívocos que sostiene la comedia.
Y en ese juego aparece el duende. O, mejor dicho, la sospecha del duende. La presencia invisible que Cosme imagina y teme se convierte en uno de los motores de la comicidad de la obra. Sus recelos, su desconcierto y su convencimiento de estar ante algo sobrenatural alimentaron el enredo y trasladaron las risas al patio del Hospital del Rey. El título de la comedia encuentra así su materialización en escena.
La música acompañó ese tránsito constante entre la intriga y el humor. No es un mero acompañamiento, sino un hilo narrativo que sostuvo ciertas partes del relato, subrayando los momentos de tensión y envolviendo los movimientos de los personajes entre las columnas y las telas del escenario. Gracias a ella, la acción adquirió continuidad y definición de la acción.
Pero si el trabajo de dramaturgia e iluminación han sido dos de los elementos más destacables, no lo fue menos la interpretación de Ana Varela, Juan de Vera, Yolanda de la Hoz y Kevin de la Rosa. Los cuatro profesionales destacaron por su extraordinaria compenetración y por la naturalidad con la que asumieron el desdoblamiento de personajes para dar vida a don Manuel, Cosme, doña Ángela, Isabel, Rodrigo, don Luis, don Juan y doña Beatriz. En un espacio tan íntimo, cada gesto es visible, cada silencio adquiere significado y cada mirada perdida o gesto detallado llega directamente al espectador. Precisamente por ello, la resolución escénica resulta admirable y confirma que la proximidad puede convertirse en una poderosa herramienta dramática.
La inauguración del ciclo de Microteatro del Hospital del Rey dejó así una certeza: el teatro clásico sigue encontrando nuevas formas de habitar el presente. Bajo la dirección artística de Alba Recondo y con el trabajo de la compañía Con-Sentido Teatro, La dama duende demostró que el universo de Calderón de la Barca puede desplegar toda su complejidad en apenas unos metros cuadrados y que la fuerza del verso, del trabajo creativo y de la presencia del actor continúa siendo capaz de convocar, cuatro siglos después, asombro y humor.








