Treinta años después de haber sido concebido en la intimidad de una habitación adolescente, 'La generación del ensueño', de Francisco Eduardo Fernández ve finalmente la luz gracias a Avant Editorial. No se trata de un poemario más: esta obra es una ventana al alma de un joven poeta que, en pleno cambio social, político y moral, decidió enfrentarse a su realidad con papel y pluma.
El libro, aunque escrito en la España de los años 80 y 90, lanza un mensaje que sigue resonando en el mundo actual.
Con una voz cargada de emoción, una imaginería vivida y una profunda reflexión existencial, Fernández construye un universo poético que oscila entre lo íntimo y lo social. Amor, soledad, pérdida, crítica generacional y una defensa apasionada de los valores tradicionales son los pilares que sostienen este viaje introspectivo. El poemario mezcla formas clásicas con versos libres, y su musicalidad hace que cada poema pueda leerse como una pequeña sinfonía del alma.
Una obra nacida en la adolescencia
El autor relata que 'La generación del ensueño' nació como una recopilación de diversos cuadernos escritos durante su juventud, cuando aún no sabía que aquellas palabras, escritas en momentos de euforia o desesperación, terminarían conformando una obra con vocación de legado. "Era un chico encerrado en su habitación leyendo y escribiendo, queriendo ser poeta. Copiaba un poco a otros autores, y mis profesores decían que no valía nada", confiesa con franqueza Fernández en una entrevista para El Faro de Melilla.
El detonante emocional fue un rechazo amoroso. "Me enamoré de una chica del instituto y me dio calabazas. Me fui a escribir debajo de un árbol. Fue entonces cuando mis poemas empezaron a cambiar. Dejé de imitar y comencé a escribir con el corazón". rememora.
Esta experiencia marca la primera parte del poemario, que él define como su "balcón al mundo".
Desencanto y la pérdida de la inocencia
Además del componente emocional, 'La generación del ensueño' es una radiografía del ambiente juvenil en la España de los ochenta. "Vi cómo las relaciones se volvían frágiles, cómo se banalizaba el amor. Era todo muy superficial. Yo era muy romántico, y eso no encajaba", explica el autor.
A esta desilusión sentimental se sumaba la crisis económica y social del momento. "Cerraban fábricas, la juventud no protestaba, sólo fumaba porros, bebía litronas y hablaba de sexo, drogas y rock and roll. Yo veía que eso llevaría a la decadencia de la sociedad. Y lo sigo creyendo", afirma.
Para Fernández, estos comportamientos no eran meros desvíos juveniles, sino los primeros síntomas de una crisis moral profunda.
Una crítica a la modernidad
Uno de los aspectos más destacables del poemario es su mirada crítica hacia la pérdida de valores que, según su autor, ha acompañado al progreso material y tecnológico. Fernández defiende con firmeza la necesidad de mantener los pilares tradicionales de la sociedad: la familia, la fe, la patria y el amor romántico.
"No sirve de nada tener una sociedad tecnológicamente avanzada si no hay una ilusión por vivir, si no hay propósito, si no hay espiritualidad. Una sociedad sin amor, sin Dios, sin referentes, está condenada a ser infeliz", sentencia. Esta preocupación no es nueva para él. "En los años noventa, ya le decía a mis amigos que en 50 años Occidente caería. Y lo sigo creyendo", añade.
Entre lo personal y lo universal
a pesar de que los poemas parten de experiencias personales - un amor frustrado, la incomodidad con el entorno, la observación crítica del presente -, la obra logra transcender y conectar con los sentimientos universales.
Fernández reconoce que ese equilibrio entre lo íntimo y lo general fue clave en su escritura: "Los valores morales son universales. Todos compartimos una ética básica: la compasión, la fe, la subsistencia, la amistad. Yo me preguntaba por qué mi entorno parecía haber olvidado todo eso".
El poemario, en ese sentido, es un acto de resistencia. Frente a la indiferencia, el olvido o el nihilismo, el poeta se mantiene firme en sus convicciones y las transforma en versos. "Me trataban como un retrógrado, un chiflado. 'La generación de ensueño' es mi manera de decir: no todo está perdido", afirma.
Una obra que dialoga con el presente y mira al futuro
Aunque los poemas fueron escritos hace más de tres décadas, su contenido dialoga con inquietudes contemporáneas: el individualismo, el vacío espiritual, la confusión indentitaria o el colapso demográfico. Fernández que reside actualmente en Melilla, observa con escepticismo la evolución de la sociedad: "La población autóctona está envejeciendo y será reemplazada por otras culturas. No lo digo como crítica sino como realidad. Y muchos no lo ven venir".
El autor aspira a que su obra sirva como un espejo en el que las nuevas generaciones puedan reconocerse y, al mismo tiempo, cuestionarse. "Espero que los lectores consideren los valores que hemos perdido. No se trata de rechazar la modernidad, sino de integrarla sin olvidar nuestras raíces. Solo así podremos construir una sociedad feliz", concluye.
'La generación del ensueño' no es un libro que pase desapercibido. Es, en esencia, una invitación a mirar hacia atrás con honestidad y hacia dentro con valentía. Sus versos no solo remiten a una época concreta, sino que iluminan las tensiones eternas entre el idealismo y la realidad, el amor y la desilusión, la juventud y la madurez.
Con una voz que no teme decir lo que piensa, Francisco Eduardo Fernández ofrece una obra que interpela, emociona y, sobre todo, hace pensar.
En tiempos de velocidad y superficialidad, 'La generación del ensueño' apuesta por la pausa, la reflexión y la reconexión con lo esencial.








