Hay lugares donde el tiempo no termina de pasar del todo. Archivos, bibliotecas, depósitos en apariencia silenciosos que guardan, entre legajos y cajas olvidadas, restos de vidas que un día fueron intensas, urgentes, temblorosas. Tesoros que buscan una mano y unos ojos que les preste atención y los desempolve. En uno de esos espacios, en Alcalá de Henares, comenzó a gestarse la historia de A mi querido Abdelaziz… de tu Conchita. Cartas entre españolas y marroquíes durante el Marruecos colonial. Un ensayo escrito por José Luis Mateo Dieste y Nieves Muriel García que verá de nuevo la luz pública este sábado en Melilla, a las 11:00 horas, en el Parque Hernández, dentro de la Feria del Libro.
El origen del libro tiene algo de hallazgo literario, pero también de revelación histórica. En los años noventa, mientras trabajaba en su tesis doctoral y frecuentaba la biblioteca y los fondos documentales vinculados al Protectorado español en Marruecos, el antropólogo José Luis Mateo Dieste se topó con unas 800 cajas. Dentro había un material inmenso y desconcertante: más de mil cartas, junto con expedientes e informes policiales. Lo que guardaban aquellos papeles era mucho más que documentación administrativa. Allí estaba la intimidad y las relaciones sociales de una época. Allí latían historias de amor, de amistad, de vecindad, de deseo, de curiosidad y de afecto entre españoles, musulmanes y hebreos, bajo el ojo vigilante de la Delegación de Asuntos Indígenas.
Aquellas cartas habían sido, en muchos casos, requisadas y vigiladas por el franquismo. Eran años, entre 1936 y 1950, en los que el régimen trató de controlar no solo el movimiento de las personas, sino también aquello que sentían y con quiénes se vinculaban. El papel se abría con vapor, los sobres eran leídos, copiados y examinados. Si la policía consideraba que existía una relación inconveniente entre una mujer española y un hombre marroquí, o viceversa, podían llegar las represalias: la retirada del salvoconducto, la imposibilidad de viajar, la interrupción del contacto, la separación forzada. Lo que se frenaba no era únicamente una correspondencia; era una vida, una interacción social.
De ese archivo inmenso surgió un trabajo de siete años, paciente y delicado, en el que Mateo Dieste y Muriel no se limitaron a clasificar documentos, sino que trataron de devolverles sentido. El ensayo, publicado por Icaria en 2020, no reúne todas las cartas, pero sí un muestrario significativo de nombres, historias y voces. En sus páginas aparecen cartas originales, cartas retenidas por la policía, fotografías y análisis que ayudan a reconstruir el tejido de relaciones humanas que el poder quiso vigilar y domesticar.
Nieves Muriel explica que el libro parte también de la voluntad de no mirar a estas mujeres y hombres solo desde la victimización. La represión está ahí, el control policial también, las presiones familiares, pero el foco del ensayo se dirige hacia la libertad con la que esas personas trataron de conocerse, quererse, cuidarse o simplemente relacionarse. Hay cartas de amor y pasión, sí, pero también cartas entre amigas, entre vecinos, entre estudiantes, entre familias que preguntan unas por otras, entre personas que quieren saber cómo vive el otro, qué piensa, qué siente.
En esa mirada, Muriel fue decisiva. Según cuenta, José Luis Mateo tuvo la generosidad académica de reconocer que no podía interpretar por sí solo las cartas escritas por mujeres. La autora, especialista en escrituras femeninas, se incorporó así a una investigación donde quiso leer más allá de los estereotipos de género. En esas cartas encontró audacia, curiosidad, valentía, una libertad ejercida al margen de las leyes y de las imposiciones morales. No eran mujeres reducidas a un papel pasivo, sino mujeres que escribían, deseaban, preguntaban, insistían, soñaban y exploraban al otro.
Y ese “otro” ocupa un lugar central en el libro. Porque el ensayo no solo rescata correspondencias amorosas o historias atravesadas por la censura, sino que revaloriza el género epistolar como espacio de encuentro y conocimiento. Las cartas están analizadas y contextualizadas desde la introducción, donde se explica el momento histórico del Protectorado, su complejidad social y antropológica entre poblaciones cristianas, musulmanas y judías. A partir de ahí, la correspondencia se convierte en una puerta abierta a reconocer las relaciones sociales y humanas, la interacción, la curiosidad, la desnudez de la otredad. Ese deseo de conocer al otro, de comprenderlo más allá de prejuicios o fronteras culturales, atraviesa el ensayo de principio a fin y adquiere una resonancia especial en el presente, cuando parte de esas formas de relación parecen haberse debilitado o incluso extinguido en segmentos de nuestras sociedades.
Las cartas, además, están llenas de matices. Algunas contienen letras de canciones, otras fórmulas amorosas desbordadas, otras reproches, otras dolor. Hay gramáticas diversas, faltas de ortografía, español hablado, emociones sin pulir. Hay incluso lo que los propios informes policiales llamaban “moros tenorios”, hombres que mantenían varias correspondencias al mismo tiempo y que eran descritos desde un lenguaje racista y clasista, muy distinto de la riqueza real que transmiten las cartas. También aparecen relaciones entre mujeres, conservadas en el llamado archivo ERRE, donde el sistema agrupaba lo que consideraba rarezas o divergencias sexuales.
Aunque no quedan supervivientes apenas que escribiesen esas cartas, José Luis Mateo localizó en Tetuán a una mujer que había sido protagonista de una de aquellas historias. Se presentó en su casa con cartas que nunca le habían llegado. Al descubrirlo, la mujer lo echó de casa. La reacción, lejos de ser anecdótica, condensa el golpe emocional que implicaba saber, décadas después, que un amor, una espera o una ausencia no habían sido exactamente como se pensaba, mientras que la vida te pone en otro camino.
El impacto del libro ha sido significativo. No solo en el ámbito académico, donde ha tenido una recepción muy destacada desde su aparición en 2020, incluso en una presentación online multitudinaria celebrada en pleno confinamiento, sino también en un plano más íntimo. Según explica Muriel, hijos, nietos y familiares de algunos de aquellos protagonistas han reconocido historias del libro, historias que en muchos casos nunca llegaron a las manos de quienes debían haberlas recibido. El ensayo ha permitido así reabrir memorias familiares, devolver nombres propios a relatos perdidos y sacar a la luz vínculos que habían quedado enterrados en un conjunto de cajas.
La obra, además, continúa creciendo. Está en proceso de traducción al francés y al árabe, señal de un interés que supera el marco local o académico. Y, sin embargo, Melilla ocupa en ella un lugar singular. No solo porque la ciudad forme parte del paisaje histórico del Protectorado, sino porque el propio título del libro nace de una historia melillense. En la portada aparece Conchita, una mujer de Melilla, fotografiada con mantilla española y una pose que dialoga con la cultura norteafricana. En el reverso de aquella imagen escribió: “A mi querido Abdelaziz… de tu Conchita”, fechando la dedicatoria en Melilla el 12 de junio de 1939. Esa imagen es casi una síntesis del libro: un cruce de mundos, una declaración de afecto, una escenificación de mestizaje simbólico y una memoria afectiva a la que el poder y las presiones no lograron borrar del todo.
La presentación de este sábado, por tanto, no será únicamente la de un ensayo histórico. Será también la puesta en común de una memoria íntima y colectiva, de unas cartas que devuelven al lector la textura de una época y la temperatura de unos vínculos. En un tiempo en el que el género epistolar parece estar en retirada, el libro de Muriel y Mateo Dieste lo revaloriza no como reliquia, sino como forma viva de pensar la historia. Cada carta contiene una voz, un gesto, una espera. Cada página recuerda que el pasado no solo se escribe con decretos, fronteras o expedientes policiales, sino también con palabras de amor, preguntas sencillas, fotografías dedicadas y silencios impuestos.
Y quizá esa sea una de las mayores virtudes de A mi querido Abdelaziz… de tu Conchita: demostrar que, incluso bajo la vigilancia, incluso en medio del racismo institucional y la censura, las personas siguieron escribiéndose, buscándose, deseándose y tratando de comprenderse. Como si en cada carta sobreviviera algo que ni la policía ni el franquismo pudieron del todo interceptar: la necesidad humana de llegar al otro.








