Delegación rinde homenaje con un minuto de silencio por el feminicidio de Josefa

Las mujeres no necesitan nuestros minutos de silencio. Necesitan que dejemos de matarlas

El silencio matutino del barrio se quebró cuando una madre, siguiendo quizás ese instinto maternal que nunca descansa, decidió visitar a su hija. Lo que encontró tras la puerta de la vivienda, que Josefa compartía con su pareja, se ha convertido en una pesadilla que ninguna familia debería vivir jamás.

Josefa, de 63 años, yacía sin vida en el interior del domicilio. Su cuerpo, según fuentes policiales, presentaba múltiples heridas de arma blanca que acabaron con su existencia de la forma más brutal imaginable. Las manos que alguna vez la acariciaron fueron las mismas que, presuntamente, empuñaron el cuchillo que segó su vida.

El presunto agresor, un hombre español de 60 años que convivía con Josefa, no estaba en la vivienda cuando llegaron los primeros equipos de emergencia. Los investigadores no tardaron en localizarlo: había sufrido un accidente de tráfico que todas las evidencias apuntan a que fue un intento desesperado de quitarse la vida tras cometer el crimen.

La ironía cruel del destino quiso que sobreviviera. Actualmente permanece ingresado en el hospital, fuera de peligro vital, pero bajo estricta custodia policial. Mientras él respira en una cama de hospital, Josefa descansa en una mesa de autopsia, convertida en un número más en las estadísticas de feminicidios que ensangrentan nuestro país.

Una reflexión amarga e inevitable surge ante este patrón que se repite una y otra vez: si realmente hubiera querido acabar con su vida, ¿por qué no lo hizo antes de destruir la de ella? Esta pregunta, que muchos se hacen en silencio, revela la naturaleza real de estos crímenes: no son actos de desesperación, sino de control absoluto. El mensaje final del agresor no es "no puedo vivir sin ti", sino "si no eres mía, no serás de nadie". La diferencia es abismal y demoledora.

La madre que encontró el cuerpo de su hija carga ahora con una imagen que la acompañará el resto de sus días. Los vecinos del edificio intentan procesar cómo alguien que conocían era capaz de semejante acto de barbarie. Y nosotros, como sociedad, volvemos a preguntarnos qué estamos haciendo mal cuando seguimos contando víctimas.

Y la Delegación del Gobierno se ha vuelto a sumar a un minuto de silencio por el feminicidioo a Josefa. “Como sociedad democrática no podemos ni debemos tolerar ningún tipo de violencia hacia las mujeres por el simple hecho de ser mujeres”, asegura Sabrina Moh, remarcando que en una democracia real, la igualdad y la seguridad de las mujeres no es negociable. Y alude a ésta como un principio fundamental sin el cual no podemos considerarnos una sociedad verdaderamente libre y justa

Mañana, quizás, guardaremos un minuto de silencio por otra mujer. Bajaremos la cabeza, cerraremos los ojos y sentiremos que hemos cumplido con nuestro deber cívico. Pero ese silencio, por muy solemne que sea, no es más que otro ritual vacío si no va acompañado de un rugido ensordecedor el resto del tiempo.

Guardar silencio por las muertas mientras callamos ante el machismo cotidiano es como rezar por la paz mientras vendemos armas. Es como pedir perdón por un crimen que seguimos cometiendo cada día con nuestra indiferencia, con nuestros "no te metas", con nuestros "algo habrá hecho", con nuestros "las cosas han cambiado mucho".

Las mujeres no necesitan nuestros minutos de silencio. Necesitan que dejemos de matarlas. Y eso, lamentablemente, requiere mucho más que una oración colectiva: requiere una revolución de conciencias que aún estamos esperando.

 

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