La Plaza de las Culturas se llenó de fantasía, aprendizaje y sonrisas este jueves con la representación de Inga la Vikinga, una obra de teatro infantil escrita y dirigida por la dramaturga Ceres Machado. Esta función formó parte de “La Guarida Itinerante”, un ciclo de actividades culturales impulsadas por la Ciudad Autónoma de Melilla dentro de la programación del 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
A las doce del mediodía, y poco a poco, el público comenzó a acercarse, llenando las sillas dispuestas frente al escenario, donde tres personajes darían vida a una historia tan divertida como necesaria: Inga, una niña soñadora y valiente, interpretada por María Márquez; VikKo, un vikingo testarudo, encarnado por Ceci Urbano; y la sirena Urugú, un ser mitológico lleno de magia, al que dio vida Aitana Henriksen.
La historia, con base en la historia nórdica recuperando algunos personajes como Ragnar, tiene como protagonista a Inga, una niña que desea ser vikinga en un mundo donde no existen mujeres que hayan logrado ese camino con anterioridad. Pero eso no la detiene. Inga sueña con serlo y lucha con firmeza, sin referentes ni aprobación, hasta abrirse paso en un universo que inicialmente le da la espalda. “Inga simboliza la lucha sin referentes de conseguir ser lo que ella quiere ser, o sea, cumplir su sueño sin tener a otra mujer vikinga como ejemplo”, explicó su creadora, Ceres Machado. Su antagonista, VikKo representa ese cerco social, muchas veces inconsciente, que desconfía de la capacidad de las niñas para hacer lo mismo que los niños. “VikKo representa el rechazo a la igualdad, el rechazo a creer que las mujeres pueden hacer de todo”, añadió.
El giro en la trama se produce cuando VikKo necesita encontrar la gruta de la sirena Urugú, un lugar al que solo puede acceder alguien de corazón puro. Y esa persona es, Inga. Su nobleza, su valentía y su determinación hacen que finalmente sea ella quien salve la situación y se convierta en la verdadera heroína de la historia. De este modo, la obra lanza un mensaje muy directo al público infantil: no hay límites para los sueños, y las barreras que impiden alcanzarlos muchas veces están construidas sobre prejuicios sociales o estereotipos de género. “Lo que pretendo con esta historia es que los niños y niñas recuerden que pueden conseguir y pueden ser lo que quieran ser, pero que a veces hace falta constancia y que hay que saltar obstáculos como ese estereotipo de género que cree que tú no vales para hacer ciertos trabajos”, explicó Machado con claridad.
La propuesta escénica trata de conectar con los niños y niñas gracias a un lenguaje adaptado a su edad, un ritmo ágil y elementos muy bien integrados como la música, el humor y el uso de símbolos visuales. “La psicología y la mente de un niño de tres años o de uno de diez funcionan totalmente diferente, y no es solo el lenguaje, también el tempo y el ritmo del montaje”, señaló la dramaturga, que ha trabajado con distintos públicos a lo largo de su carrera. A esto se suma el componente fantástico, muy presente en la figura de Urugú, la sirena que lleva a los más pequeños a ese universo de imaginación que aún conservan intacto. “Les encanta ver a la sirena Urugú porque es un animal mitológico que les lleva a un mundo de fantasía. Eso que los adultos solemos perder, ellos lo conservan muy presente”, añadió Machado. Además, destacó el papel de la música como herramienta fundamental para enganchar desde el primer momento: “La música es una asignatura obligatoria en muchos países y es el arte que más fuerza tiene para conectar con los niños y niñas”. La interpretación fue acompañada de canciones que acompañaron el guión.
El reparto, formado por tres intérpretes fue suficiente para ocupar el pequeño teatro improvisado. María Márquez llenó de carisma y determinación el personaje de Inga. Ceci Urbano supo dar a VikKo un equilibrio entre la comicidad y la torpeza emocional de quien debe aprender a cambiar. Y Aitana Henriksen aportó el toque mágico y ensoñador con su encantadora sirena Urugú. Los pequeños espectadores rieron, aplaudieron y se sumergieron en una historia participando en algunas escenas a través de movimientos de remo o de tambor. Sin dejar de ser divertida y amable para los niños y las niñas, la historia pone de manifiesto aspectos como la igualdad, sueños sin determinismos y autoestima en la búsqueda del camino que Inga se marca.
Tras la función, la experiencia no terminó. Se organizaron talleres de manualidades en los que los niños y niñas asistentes pudieron expresar con sus manos todo lo que la historia les había inspirado. Este momento posterior se convirtió en una extensión de la experiencia teatral, permitiendo que las ideas sembradas en la representación germinaran en forma de creatividad, conversación y juego compartido.
Inga la Vikinga es la segunda función del ciclo “La Guarida Itinerante”, que comenzó el pasado 29 de noviembre con Teresa la Piratesa y el Secreto del Dragón en la Plaza de García Valiño, y concluirá el próximo 6 de diciembre con Érase una vez la música, en el Mercado del Real. Todas las obras de esta programación tienen en común la transmisión de valores, la defensa de la igualdad y la inclusión, y una clara apuesta por el teatro como herramienta educativa. La iniciativa está organizada por la Consejería de Presidencia y Administración Pública a través del Área de Igualdad, y cuenta con la producción de la compañía melillense Sibila Teatro, con una trayectoria consolidada en el ámbito del teatro infantil.
Más allá del vestuario, la música o los chasquidos cómicos, Inga la Vikinga es una historia que permitió observar la historia de una niña que se atrevió a soñar en grande, a pesar de los obstáculos. Una historia sobre creer en uno mismo, luchar por lo que se quiere y demostrar que los sueños no entienden de género.








