Basta con salir a la calle y preguntar. La respuesta se repite como un mantra entre abrigos, bufandas y manos en los bolsillos. “Sí, hace más frío que otros años”. En Melilla, ciudad acostumbrada a inviernos suaves y termómetros benévolos, la percepción colectiva de este invierno es clara. Se enciende más la calefacción, se sacan mantas que dormían en el armario y el viento “fresquillo” parece colarse por cada esquina. Pero, ¿qué dicen realmente los datos? ¿Hace más frío o estamos ante una sensación amplificada?
Las escenas cotidianas lo ilustran bien. “La calefacción la ponemos todos los días”, confiesa una vecina sin dudar. Otra añade que este año han tenido que recurrir a “mantitas más abrigadas” incluso dentro de casa. Y no solo lo notan los melillenses de siempre. Quienes vienen de fuera, acostumbrados a climas más duros, coinciden en que “para ser Melilla, hace bastante frío”. Algo distinto está pasando, o al menos así se siente.
Sin embargo, cuando se observan las cifras, el relato se matiza. Las temperaturas registradas este invierno en Melilla no son excepcionalmente bajas si se comparan con series históricas amplias. Enero de 2026 ha dejado mínimas en torno a los 6–8 grados y máximas que rondan los 14–16, valores que encajan dentro de lo normal para un clima mediterráneo costero. De hecho, los últimos inviernos —especialmente los comprendidos entre 2022 y 2024— fueron claramente más cálidos de lo habitual, situándose entre los más templados desde que existen registros.
Entonces, ¿por qué ahora sentimos frío?
La respuesta no está solo en el termómetro, sino en la combinación de factores que definen la experiencia diaria. Este invierno ha estado marcado por una sucesión de borrascas, episodios de lluvia persistente y, sobre todo, viento. Mucho viento. En una ciudad expuesta al mar, la humedad elevada y las rachas del norte o noreste reducen drásticamente la sensación térmica. No es lo mismo caminar con 12 grados en calma que hacerlo con viento húmedo golpeando la cara. El cuerpo no lee estadísticas; reacciona a estímulos.
A ello se suma un concepto cada vez más citado por climatólogos y divulgadores: la amnesia climática. Tal y como explica un reciente análisis divulgado a nivel nacional, tendemos a recordar el clima pasado como más “normal” o más benigno de lo que realmente fue, especialmente cuando venimos de una racha de años anómalamente cálidos. Si varios inviernos seguidos han sido suaves, cualquier descenso puntual se percibe como excepcional. No es que ahora haga mucho más frío; es que nos habíamos acostumbrado a no sentirlo.
Las propias voces de la calle reflejan esta contradicción. Hay quien reconoce que en invierno “es lo que toca”, aunque prefiera el calor. Otros hablan de un clima “un poquito loco”: frío, calor, lluvia, sol… todo en pocos días o incluso en el mismo. Hasta quien no ha pasado todo el invierno en la ciudad autónoma percibe esa mezcla desconcertante que define al tiempo melillense. No nieva, pero el frío “se te mete en los huesos”. No es extremo, pero se nota más.
Además, el componente psicológico juega un papel clave. La Navidad pasada fue lluviosa, gris, poco habitual en el imaginario local. Enero ha llegado con viento persistente. Son elementos que construyen un relato del invierno, más áspero de lo que indican las medias climáticas.
Paradójicamente, este invierno que “se siente frío” encaja en una tendencia global de calentamiento. Los estudios confirman que las temperaturas medias continúan al alza, también en el entorno mediterráneo. Pero el cambio climático no elimina el frío. Lo hace más irregular, más episódico, más difícil de prever. Años muy cálidos pueden alternarse con inviernos que, sin ser extremos, resultan incómodos por su humedad, su viento o su persistencia.
En Melilla, donde el invierno históricamente se llevaba con una chaqueta ligera, cualquier desviación se amplifica. Abrigarse más, encender la calefacción o salir “con paciencia” son pequeñas adaptaciones que hablan menos de un frío récord y más de un cambio en nuestras expectativas.
Así que, ¿hace más frío este año? Quizá no tanto como creemos. Pero lo sentimos más. Y, al final, entre datos, borrascas y recuerdos selectivos, esa sensación es la que manda cuando salimos a la calle, nos subimos el cuello del abrigo y pensamos, una vez más: “Este invierno no es como los de antes”.








A ciencia cierta, no se podría asegurar, un rumor que anda por ahí, de que hay quién dice, que en el monumento del arquitecto Enrique Nieto, situado a la entrada de la Avenida de Juan Carlos I, los otros días se escuchaba pedir un chubasquero con manta, para protegerse de la lluvia/frio.