Va quedando claro, sino es que no ha quedado ya. El tacto, la comunicación avanzan con paso firme, decidido e interesado, por la senda de lo digital, tan solo quedan y a duras penas reductos incólumes en los que la vista, la piel o el intercambio de la conversación directa resisten estoicamente y guardan la esencia del acervo humano, de la tradición y la herencia.
Pero, aunque sea algo a lo que no enfrentarse, sino adaptarse desde la racionalidad y pese a que lo humano supone avance, no debe ni puede perderse la esperanza a que lo más puro de las personas, como es lo presencial, los sentidos del roce o el olor aún acompañe a nuestra identidad como animales inteligentes y no desemboque o naufrague todo en la insensibilidad. Uno de esos diques de contención ante esa ola tenaz, implacable y voraz de la tecnología, son las librerías. Ellas, en la cadencia que la resaca digital deja, mantienen estoicamente y no sin dificultades, la sustancia de la entidad humana en el curso del tiempo.
Aun dotadas, también, de los avances que la modernidad ofrece e impone, librerías, libreros y libreras, vocación y oficio, mantienen el tiento, la consulta y la conversación personal, la opinión que brota físicamente entre quienes regentan estos espacios abiertos al conocimiento y la opinión y quienes acuden a ellos. Y en mitad de la relación y fruto de ella, los libros.
Librerías, sobre todo las que consiguen crear lugares de cultura viva como puntos de encuentro para compartir, son grandes “culpables” y una de las mejores valedoras para que los hábitos de lectura crezcan, aun lentamente y mejoren, sobre todo en el singular y crucial segmento de los jóvenes. Esto viene acompañado de un crecimiento en el siempre difícil mercado del libro en papel, al contrario que en países de nuestro entorno y similitud. Y eso es buena noticia, algo se estará haciendo bien dada la complejidad, la velocidad y las tendencias que se imponen. Pero sigue siendo un hito cuando una nueva librería abre sus puertas y, además, un reto, cuando consigue mantenerse. Las exigencias de la economía son siempre una insomne amenaza. Ojala la “bibliopatía” creciera en detrimento de la ludopatía, tan alentada, incluso oficialmente, esta segunda.
Las librerías, como esperanza que hace ganar libertad y conocimiento, para que sigan siendo autentica y eficazmente letales para el pensamiento único. Donde no se implementa un discurso, una tendencia, una ideología ni mucho menos un relato excluyente. Allí se guarda y protege la diversidad y esta se bate con fiereza ante cualquier atisbo de uniformidad.
Sobre todo porque más que nunca y sin dejar de confiar, se debe contrastar. La lectura es ese antídoto, esa terapia, frente a la imposición para pensar y opinar por sí mismo y ello contra el autoritarismo en su sempiterno afán de planificar las mentes, en la avocación a la planicie. Oasis donde burbujea lo nuevo junto a lo viejo, la tendencia junto a la singularidad, lo clásico junto a lo contemporáneo, la tradición junto a la vanguardia e innovador, también lo provocador. Esperanza para que la inteligencia siga siendo, sobre todo y más que nada, natural y por tanto, humana.
Viene al punto reconocer del mérito de diarios de prensa escrita, en la dura competencia entre el papel y la tinta impresos y lo digital, sigan permitiendo el tiento de la piel, el susurro de sus páginas y la ligera brisa de su pase. Nada se debe tener contra el avance de la tecnología, pero siempre a favor para que lo sensorial, lo humano, no sea maltrecho por el algoritmo o lo digital.








