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En defensa de Abderraman Benyahya

por Irene Flores
06/06/2011 23:44 CEST

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Lo sucedido en la madrugada de ayer lunes en la vivienda familiar de Abderraman Benyahya es mucho más que un nuevo paso hacia la deriva violenta a la que inopinadamente se está precipitando la ciudad.
No voy a señalar a nadie como autor intelectual de lo sucedido a diferencia de lo que hizo el secretario general de la Asociación Religiosa Musulmana de Melilla, pero sí voy a establecer una relación causa efecto innnegable entre el grave atentado contra su casa y su familia y los extremos enfrentamientos políticos que siguen vivos desde las últimas elecciones y correspondiente campaña electoral.
La forma en que se provocó el fuego, desde fuera, con gasolina sin lugar a dudas –dado el fuerte olor que aún podía apreciarse en el exterior e interior de la misma casa- así como el uso de un componente añadido y acelerante de la combustión, que sirvió para provocar en unos instantes un intensísimo humo, prueba con creces que se trató de un incendio provocado, de un atentado en toda regla para amedrentar, asustar o intimidar a quien como Benyahya nunca ha dudado en exponerse demasiado en defensa de sus ideales.
Le conozco desde hace muchísimos años, desde que en el año 85 el Movimiento de Dudú nos aproximara, y sé que sigue siendo el mismo de siempre: un idealista convencido que no ha ganado nada; al contrario, se ha cerrado muchas puertas por su espíritu combativo y difícil de casar fácilmente con quienes han intentado captarle para servir a sus intereses políticos o partidistas.
En medio de la polémica conocida entre el brazo religioso de CpM -la nueva Comisión Islámica de Melilla- y el Gobierno local, Benyahya ha intentado ser desprestigiado porque la asociación a la que pertenece sí ha seguido manteniendo relaciones con la Ciudad Autónoma, las mismas que de forma unilateral la nueva CIM decidió romper con el Gobierno de Imbroda.
Se le achaca formar parte de esos supuestos “barrigas agradecidas” que dicen se benefician del Ejecutivo local del PP. Sólo me falta saber en qué se ha beneficiado, porque a Benyahya lo conozco como siempre, con más necesidades que posibles y sin que ello le haya hecho nunca ser menos digno, menos respetable o diferente en sus cruzadas contra lo que considera injusto.
No dudó, como algunos que siguieron sus pasos, en montar una acampada en la Plaza de España junto a los padres de Ali Aarras para denunciar el intento del Gobierno Zapatero de tratar a los hispanobereberes como ciudadanos marroquíes, a pesar de su condición de españoles o, en el caso de Aarras, de europeos.
Logró con esa lucha que Mohamed El Bay no siguiera el mismo y trágico destino de Alí Aarras. No fue únicamente su convicción y empeño lo que sirvió para conseguirlo, porque otros compañeros de viaje también fueron fieles a sus mismas convicciones. No obstante, faltaría a la verdad si no reconociera en Benyahya un liderazgo natural que ya en el 87 le obligó a penar durante meses en un singular encierro o detención en lo que entonces era el antiguo Hospital de Cruz Roja, porque a diferencia de Dudú u otros líderes de aquel Movimiento del 85 no optó por irse a Marruecos.
Benyahya no acabó como algunos de sus coetáneos de entonces en ‘El Acebuche’ pero tampoco vio cómo de repente su vida cambiaba para mejor hasta convertirse en un pujante empresario capaz de acumular propiedades. No fue ese su caso, desde luego. Se marchó a trabajar a Madrid durante casi una década y no ha sido otra cosa que un trabajador que no olvida su dedicación a la causa que siempre más le ha entusiasmado, tal cual es la búsqueda de una sociedad más justa para todos los melillenses y el reconocimiento efectivo de los derechos de los melillenses de origen amazigh.
Las suyas son las causas difíciles y no duda en arriesgar su propia vida frente a los que pueden considerarle incómodo o molesto.
Tampoco tiene pelos en la lengua a la hora de criticar a Marruecos en lo que nos afecta, a pesar de los perjuicios que ello pueda crearle y sin olvidar tampoco que con Marruecos nos unen muchos vínculos, muchos más que los que unen al resto de España con el vecino país y de los que los melillenses, muchos, nos sentimos orgullosos.
No me importa que esta columna se interprete como una encendida defensa de mi amigo Abderraman. Lo tengo entre las personas que más aprecio y me enorgullezco de ello.
Como otros en esta ciudad, con los que también he discrepado a veces -porque la amistad no significa comunión ciega en el pensamiento-, Abderraman no es más que un idealista al que le han tocado donde más le duele: su familia. Como él espero que las Fuerzas de Seguridad pongan pronto las cosas en su sitio y se identifique a los malhechores de este grave atentado contra toda una familia.
Un beso para Farida y sus hijos y mi deseo de que lo antes posible recobren la calma y la normalidad, porque en esta ciudad no están solos y somos muchos los que no estamos dispuestos a permitir que se intente agredir mafiosamente a ningún melillense.

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