Actuación durante el certamen 2026. -Giner-
Para muchos melillenses, el nombre de César Jiménez no es solo un recuerdo disperso ni una referencia cultural difusa. Es, más bien, una presencia que se cuela en la biografía colectiva de la ciudad, en los escenarios improvisados de colegios e institutos, en los ensayos después de clase, en los vestuarios construidos con pocos medios y mucha imaginación, y en una forma de entender el teatro que durante décadas se confundió con la vida misma. Actor, director, impulsor cultural incansable, Jiménez no solo participó en la escena teatral de Melilla: ayudó a construirla.
Su figura está íntimamente ligada a la compañía Tallaví, fundada en los años sesenta como homenaje al actor José Tallaví, y convertida con el tiempo en uno de los motores culturales más importantes de la ciudad. Desde allí, Jiménez empujó no solo obras, sino la idea de que el teatro debía ser una herramienta viva, educativa, popular, capaz de formar público y de formar ciudadanos. Una convicción que, en una ciudad con carencias históricas de infraestructura cultural, tuvo algo de obstinación y mucho de visión.
El paso del tiempo fue sedimentando ese legado hasta convertirlo en memoria activa y legado material de aquellas puertas que intentó abrir para la ciudad. Tras su fallecimiento, en el año 2000 Melilla decidió nombrar en su honor un certamen de teatro escolar que nacía casi al mismo tiempo que su ausencia. El Certamen César Jiménez se convirtió durante años en un punto de encuentro entre generaciones: niños y adolescentes de Primaria y Secundaria que, a lo largo del curso, transformaban aulas en escenarios, patios en bambalinas y centros educativos en pequeñas compañías teatrales. No era solo una actividad escolar; era una forma de comunidad.
Pero incluso las estructuras más arraigadas pueden desgastarse. Con el paso de los años, el certamen fue perdiendo fuerza hasta su desaparición definitiva en 2018. Las causas no fueron únicas ni simples, sino la suma de varios factores que fueron erosionando su continuidad: la creciente carga de trabajo que suponía para el profesorado, la dificultad logística de sostener montajes cada vez más ambiciosos dentro del calendario escolar y la disconformidad creciente de algunos centros con el sistema de premios y con determinados resultados del certamen, que fueron generando distanciamiento y desmotivación en parte de la comunidad educativa.
Ahora, casi tres décadas después de su creación, el certamen intenta regresar, de volver a la vida. No como réplica nostálgica, sino como reconstrucción consciente de lo que fue y de obligación para que vuelva a ser. La iniciativa ha sido impulsada por la Consejería de Educación, con el apoyo directo de La Vidriera Producciones. Al frente del proyecto está su directora, Alejandra Nogales, que ha liderado un proceso tan ambicioso como delicado: reinsertar el teatro escolar en la vida educativa de la ciudad sin reproducir los errores que contribuyeron a su desaparición.
“Era una iniciativa que nunca debió perderse”, sostiene. Porque el regreso del certamen no ha sido solo una decisión institucional, sino un trabajo de campo y de implicación de los propios centros por traerlo de nuevo a sus aulas. Desde enero, el equipo de La Vidriera ha entrado en centros educativos, ha hablado con docentes, ha escuchado experiencias pasadas, ha identificado fricciones y ha intentado traducirlas en soluciones.
Durante aquellos años en los que el teatro formaba parte de la vida educativa, los montajes eran grandes, ambiciosos, a veces desbordantes para la realidad de los centros. El esfuerzo recaía con frecuencia en el profesorado, que acababa asumiendo una carga añadida a su labor diaria sin el reconocimiento suficiente. A ello se sumaba la insatisfacción en algunos casos con los sistemas de evaluación o con el papel del jurado. El resultado fue una erosión progresiva de la participación hasta la desaparición del certamen.
La recuperación, por tanto, ha exigido una lectura en profundidad de aquellas causas que apagaron poco a poco el modelo. No se trata solo de volver a levantar el telón, sino de repensar cómo sostenerlo en el tiempo. En esta nueva etapa, La Vidriera ha asumido un papel de acompañamiento técnico y artístico dentro de los centros, entrando en las aulas para aliviar parte del trabajo docente en función de lo que los propios docentes requerían. Ayudando en dirección, escenografía o vestuario cuando ha sido necesario, intentando que el teatro vuelva a ser una experiencia compartida y no una carga individualizada.
El proceso, sin embargo, ha estado marcado por la premura. Iniciado en enero, el proyecto ha tenido un margen corto para desplegar todo su potencial, lo que ha limitado la participación a cuatro centros: CEIP Encarna León, CEIP Mediterráneo, IES Leopoldo Queipo —que además cedió su salón de actos— e IES Juan Antonio Fernández. Una cifra modesta en comparación con el pasado, pero significativa como punto de reactivación. Una especie de regreso en voz baja que ayude a plantar una semilla que permita florecer de nuevo el proyecto.
El certamen ha incorporado además un jurado renovado, diseñado no solo para evaluar, sino también para reforzar el vínculo entre pasado y presente. Junto a profesionales externos del ámbito teatral como Jorge Roelas o Matilde Valladares, se han integrado figuras locales profundamente ligadas a la historia del propio certamen, como Jesús Castejón, Manu Arrarás y Aránzazu Mansilla. Figuras representativas que un día estuvieron encima del escenario en el lugar que ahora ocupan otros jóvenes. Muchos de ellos fueron, en su día, alumnos o participantes del propio César Jiménez. Algunos incluso comenzaron su trayectoria artística en aquel escenario escolar que ahora intentan reactivar desde otro lugar.
En ese cruce de tiempos —el de quienes fueron alumnos y hoy evalúan, el de quienes construyeron escenografías con recursos mínimos y hoy enseñan o dirigen— el certamen recupera una de sus dimensiones más singulares: la continuidad. El teatro como hilo generacional que trabaje por y para los jóvenes.
Pero quizá el aspecto más complejo del proceso no ha sido técnico ni artístico, sino simbólico. Según relata Nogales, uno de los mayores desafíos ha sido explicar que la recuperación del certamen no responde a una apropiación. La Vidriera no busca adueñarse de una iniciativa histórica, sino devolverla a su función original: ser un espacio de la ciudad para la ciudad. Un terreno común. “Esto no es nuestro”, explica. “Es de los centros, de los estudiantes, de la cultura de Melilla”. Es comunidad, es ciudad, es educación y es continuidad.
Porque más allá de la organización, lo que está en disputa es una forma de entender la educación y la cultura. El teatro no como actividad extracurricular, sino como herramienta pedagógica completa: un espacio donde se aprende a hablar en público, a trabajar en equipo, a gestionar el cuerpo, la emoción y la mirada del otro. Un lugar donde, durante unas horas, la escuela deja de ser únicamente transmisión de contenidos para convertirse en experiencia compartida capaz de sostener proyectos escénicos ambiciosos y despertar el interés de los alumnos y alumnas.
La expectativa ahora se desplaza hacia el futuro inmediato. La experiencia de este primer intento ha abierto una puerta. La intención es ampliar la participación en próximas ediciones, mejorar los tiempos de preparación, consolidar la implicación de la Consejería de Educación y evitar que el certamen vuelva a depender de esfuerzos puntuales o voluntarismos aislados. Porque también, lo que se está intentando recuperar no es solo un evento cultural, sino una infraestructura invisible: una cantera de actores, directores y espectadores formados desde la infancia, una red de vínculos que durante años hizo que el teatro en Melilla no fuera una excepción, sino una costumbre.
Y en esa idea insiste también la propia memoria del certamen. Porque muchos de los nombres que hoy forman parte del tejido escénico de la ciudad, de una u otra manera, pasaron por allí. Fueron alumnos, luego participantes, después profesionales. Algunos fundaron compañías propias, otros regresaron como jurado, otros simplemente conservaron una relación íntima con aquella primera experiencia sobre un escenario.
El Certamen César Jiménez, en su nueva etapa, no busca tanto repetir ese pasado como reactivarlo. No como nostalgia, sino como posibilidad. Como la convicción de que una ciudad también se construye a través de sus escenarios, y que en esos escenarios protagonizados por niños, niñas y adolescentes melillenses puede estar germinando algo más duradero que una función; puede ser una forma de mirar el mundo, una forma de relación, un vehículo de profesionalización.
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