Pocos viajes al extranjero como el que hoy inicia el presidente Mariano Rajoy a Marruecos tienen tanta transcendencia para Melilla y Ceuta. Del tono de este primer contacto oficial y del clima en las relaciones que se genere entre el jefe del Ejecutivo español y las autoridades del país vecino dependen en gran medida la solución a algunos problemas a los que se enfrentan diariamente las dos ciudades autónomas. Especialmente importante es la inmigración ilegal que a lo largo de todo el año han registrado ambos territorios.
Tan relevantes serán en esa visita las convicciones políticas del presidente Rajoy como sus dotes diplomáticas para saber defenderlas de una manera que sean posibles los acuerdos posteriores con su homónimo marroquí. El contacto con nuestro vecino, con el que estamos obligados a entendernos, necesita una forma especial de entender las relaciones internacionales. Cuando Rajoy ponga hoy el pie en suelo marroquí, sobre él pesará la herencia que dejó el presidente José María Aznar, quien entendía que la diplomacia con Marruecos no debía ir más allá de la buena educación, el trato correcto y el respeto a las normas establecidas para las relaciones entre naciones. Afortunadamente, cuando hizo falta estuvo a su lado el rey Juan Carlos, que en el trato con nuestros vecinos siempre ha dado prioridad a la empatía y la confianza en una relación de casi parentesco. Precisamente ese es el riesgo de las relaciones entre España y Marruecos, que como en cualquier familia se pasa del amor al odio por nimiedades de las que al cabo del tiempo ya nadie se acuerda.







