Cucho L. Capilla inicia su trayectoria profesional en 1998 en el ámbito de la televisión, desarrollando desde entonces un perfil vinculado al lenguaje audiovisual que abarca distintas áreas como el montaje y la postproducción, la imagen —fotografía, realización y edición—, así como la animación y la aplicación de la inteligencia artificial a la narrativa. Su trabajo encuentra un espacio propio en Ivandra Films, concebido como un escaparate donde conviven tanto sus cortometrajes como un archivo curado de videocreaciones y piezas experimentales. En este entorno creativo se entrelazan proyectos finalizados con otros en proceso, bajo una premisa de conectar con el espectador desde lo visual. Su filmografía incluye títulos como La Carta (2008), No esta noche (2016), The Inheritance (2017), El Taconeo (2018), ¿Me perdonas? (2019) o El Inspector Sirvent y el enigma del pergamino (2022, RTV Melilla), a los que se suman trabajos más recientes como Donde brilla la ausencia (corto animado, 2025), CO-DO (mockumentary, 2025) y Old Shoes (corto animado, 2025).
Ahora, el autor da un paso más en su trayectoria con una propuesta que traslada ese lenguaje audiovisual al terreno literario. Meibum nace de un guion que permaneció guardado durante años y que, con el tiempo, ha evolucionado hasta convertirse en una novela. El proyecto se articula en torno a la complejidad de una lágrima y su capacidad para conectar lo científico con lo emocional. En este contexto, la obra se presenta como un thriller científico de suspense médico con tintes dramáticos y fantásticos, en el que la doctora Elena San Martín se enfrenta a una posibilidad impensable: resucitar a su hija mediante ingeniería genética. Lo que comienza como un acto desesperado de amor termina derivando en un experimento peligroso, capaz de alterar el destino de la humanidad y abrir un dilema entre ciencia y moralidad.
-Con Meibum, un thriller científico, te adentras en la narrativa ¿Cómo decides apostar por este camino literario?
-La verdad es que no fue una decisión premeditada de “voy a escribir una novela”. Todo viene de mucho antes. Meibum nace como un guion de cortometraje que escribí hace más de 12 años, con un tono bastante dramático y fantástico, pero que nunca llegué a rodar.
Cuando tuve claro que ese corto no lo iba a hacer, no quería que la historia se quedara en un cajón. Le tenía mucho cariño. Así que, poco a poco, sin ninguna presión, entre rato y rato, fui desarrollándola como novela. Más que apostar por un camino literario, ha sido una forma natural de darle salida a una historia que llevaba años conmigo.
-¿Qué ha inspirado esta novela o cuál fue el punto de inflexión que te permitió abordar este proyecto?
-El punto de partida fue algo muy concreto. Hace más de 12 años leí un estudio científico sobre la composición de una lágrima, y me llamó muchísimo la atención descubrir que, dentro de algo tan simple y cotidiano, había en realidad una composición química bastante compleja. Incluso que esa composición cambia dependiendo de si la lágrima está provocada por alegría, tristeza, dolor o emoción.
Esa idea me llevó a escribir una historia con un tono dramático y fantástico, donde precisamente lo más simple acaba teniendo un peso muy importante. En su momento lo desarrollé como guion de un cortometraje.
El verdadero punto de inflexión vino después, cuando asumí que ese corto no lo iba a rodar. En lugar de dejar la historia en un cajón, decidí seguir trabajándola poco a poco como novela. Sin prisa, entre rato y rato, fui ampliando la idea inicial, buscando conflictos y construyendo la trama hasta que terminó tomando la forma que tiene hoy.
-Tiene carga científica ¿Cómo ha sido el proceso de documentarte, crear la atmósfera, los personajes y el hilo argumental?
-Durante meses estuve leyendo sobre la composición de la lágrima y, sobre todo, sobre cómo cambia dependiendo de lo que la provoca. Me llamó mucho la atención que algo tan simple pudiera tener estructuras distintas según si nace de la tristeza, la alegría o incluso algo físico como cortar una cebolla.
Hubo un proyecto que me impactó especialmente, “The Topography of Tears” de la fotógrafa Rose-Lynn Fisher, donde se ven lágrimas al microscopio como si fueran paisajes. Aquello me pareció fascinante y reforzó la idea que yo tenía desde el principio: que algo aparentemente insignificante podía esconder una complejidad enorme. A partir de ahí fui construyendo la historia, intentando que la base científica tuviera sentido, pero sin perder nunca el foco en lo emocional y en el conflicto humano.
En cuanto a los personajes, me interesaba que fueran creíbles dentro de una situación tan extrema, que reaccionaran como lo haría cualquier persona. Y ahí es clave la relación entre la madre y su hija. No deja de ser una historia que nace del amor, y cuando ese amor se rompe, todo lo demás se tambalea. Al final, ha sido un equilibrio entre documentación, intuición y tiempo.
-¿Cómo ha sido este proceso creativo: realidad, experiencias, ficción?
-El proceso ha sido largo y bastante orgánico. No ha sido algo de sentarme y escribir del tirón, sino más bien ir construyendo la historia poco a poco durante años, entre ratos, dejándola respirar y volviendo a ella con otra perspectiva.
Cuando decidí que aquel guion de corto no lo iba a rodar, me planteé cómo podría crecer esa historia. Ahí fue cuando empecé a imaginar qué pasaría después de ese punto inicial y entendí que necesitaba construir una trama basada en conflictos. Me interesaba explorar no solo el conflicto humano, sino también el religioso, el científico… y jugar con todos ellos.
De la realidad me ha alimentado sobre todo la parte emocional, las relaciones humanas, y en concreto el vínculo entre padres e hijos. A partir de ahí, la ficción me ha servido para llevar todo eso a un terreno más extremo.
Al final, más que separar realidad y ficción, lo que he intentado es que una sostenga a la otra, y convertir esa idea inicial en un thriller científico, médico, con un fondo dramático y fantástico.
-¿Qué nos invita a recorrer, a imaginar o a cuestionar la obra literaria?
-La obra invita a recorrer un viaje bastante intenso, tanto a nivel emocional como a nivel de suspense. Parte de una situación muy reconocible, como es la pérdida, y poco a poco te va llevando a un terreno más incómodo, donde la ciencia empieza a cuestionar los límites de la vida.
Al lector le propongo que se meta en esa situación y se pregunte qué haría él. Qué estaría dispuesto a hacer por alguien a quien quiere. Y ahí es donde empiezan las dudas.
Creo que lo que puede sorprender es cómo algo que nace de una idea muy simple acaba creciendo hacia algo mucho más complejo, tanto a nivel científico como moral. No es solo un thriller, también hay una carga emocional importante y un conflicto ético que va acompañando toda la historia.
-Como sociedad ¿estamos preparados para abordar la coyuntura ética de las decisiones de la doctora Elena San Martín? ¿Qué te permite este personaje en cuanto a creación literaria?
-No sé si estamos realmente preparados. Creo que como sociedad la ciencia avanza muy rápido, pero la parte ética muchas veces va por detrás. Y cuando mezclas eso con algo tan fuerte como el amor de una madre, todo se vuelve mucho más complejo.
La doctora Elena San Martín me permite precisamente eso: explorar ese límite. No es un personaje pensado para juzgarlo fácilmente. Es alguien que toma decisiones desde el dolor, desde el amor, y eso hace que el lector pueda entenderla, incluso cuando no esté de acuerdo con lo que hace.
A nivel creativo, me ha permitido moverme en esa zona gris, donde no hay respuestas claras. Y ahí es donde creo que la historia gana fuerza, porque obliga al lector a posicionarse.
-¿Por qué una lágrima? ¿Qué significado simbólico tiene y cómo llegas a darle la importancia en la obra?
-La lágrima nace de forma muy natural. Todo parte de ese estudio del que te comenté antes, descubrir que algo tan pequeño y cotidiano tenía una complejidad enorme detrás, incluso variando su composición según la emoción que la provoca.
A partir de ahí, me interesaba trabajar con esa idea: que lo más simple puede tener un peso enorme. La lágrima simboliza muchas cosas al mismo tiempo. Por un lado, es algo muy humano, muy emocional, que todos reconocemos. Y por otro, es casi una puerta a lo científico, a lo que no vemos a simple vista.
En la novela, darle importancia a la lágrima era una forma de unir esas dos partes: la emoción y la ciencia. De cómo algo tan íntimo puede acabar teniendo consecuencias mucho más grandes de lo que parece. En definitiva, quería que algo minúsculo fuese gigante en una historia.
-Uno de los grandes poderes en la actualidad, son las farmacéuticas ¿Qué lugar ocupan en tu obra?
-Las farmacéuticas en la novela están ahí porque forman parte de la realidad. Cuando hablas de avances científicos importantes, sobre todo en algo tan delicado como la vida humana, es inevitable que aparezcan intereses detrás.
No las planteo como un “villano” claro, pero sí como una parte del conflicto. Al final, como en muchos ámbitos, también hay una lógica de negocio, de rentabilidad, y eso hace que las decisiones no siempre sean tan limpias como deberían.
Me interesaba mostrar ese punto en el que la ciencia, el poder y los intereses se cruzan, y donde ya no es solo qué se puede hacer, sino quién decide hacerlo.
-¿Qué aporta tu experiencia cinematográfica y el campo audiovisual a la estructura y estilo narrativo de Meibum?
- Creo que aporta sobre todo la forma de construir la historia. Yo no escribo tanto pensando en páginas como en escenas. Me gusta imaginar cómo se vería, qué ritmo tendría, dónde cortar, cómo mantener la tensión… casi como si estuviera montando una película.
Eso hace que la estructura sea bastante visual y dinámica, con momentos muy marcados y un ritmo que busca enganchar. También influye mucho en la atmósfera, en cómo se sienten las escenas más que en cómo se describen.
Al final, más que escribir una novela al uso, lo que he intentado es trasladar mi forma de contar historias desde el audiovisual al papel.
-¿Por qué este título? ¿Qué significa?
-El meibum es la capa grasa que recubre la lágrima y permite que tenga esa forma de gota. Me interesaba precisamente eso, poner el foco en algo pequeño, casi invisible, que sin embargo tiene una función fundamental, igual que ocurre en la historia. Sin el Meibum, la lágrima no sería lágrima.








