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Carmela y Melilla, una historia de amor que empezó a los cinco años y no ha terminado nunca

De niña corrió por sus calles, de joven soñó en sus cines y de adulta la siguió buscando una y otra vez, hasta convertir esos recuerdos en un hogar que, a sus 83 años, nunca ha dejado de visitar

por Carmen González
29/04/2026 10:00 CEST
Carmela y Melilla, una historia de amor que empezó a los cinco años y no ha terminado nunca

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Hay personas que nacen en un sitio y otras que, sin haber nacido allí, pertenecen para siempre a ese lugar. Carmela Puerto Cuenca es de las segundas. Su historia no empieza en Melilla, pero su vida, su memoria y su forma de mirar el mundo sí lo hacen. Y eso, en su caso, pesa más que cualquier partida de nacimiento.

Nació en Roquetas de Mar, en Almería, en 1943. Hoy tiene 83 años y una certeza que repite sin dudar: “Yo soy de Melilla”. Lo dice con el corazón en la mano. “Yo hablo de Melilla con un entusiasmo especial. Es mi sitio”.

Su infancia fue nómada, marcada por la profesión militar de su padre, Eugenio Puerto Romero. Pasó por Cartagena, por La Escala en Gerona, hasta que con apenas cinco años llegó a Melilla. Allí su padre estaba destinado en el Gobierno Militar, frente al Parque Hernández. Aquel primer contacto no fue pasajero, fue decisivo.

“Melilla me marcó”, recuerda. Y lo dice con una serenidad que no necesita adornos.

Desde los cinco hasta los catorce años vivió en la ciudad autónoma. Nueve años que, para ella, equivalen a una vida entera. Estudió, creció, hizo amigos, fue al colegio por las tardes, como se hacía entonces con las niñas, y construyó una infancia que todavía hoy describe como “preciosa”.

Su madre, Carmen Cuenca Jiménez, fue su compañera constante. Su padre, aunque posteriormente fue destinado a otros lugares, dejó en ella la huella de la disciplina militar y el recuerdo de una ciudad que nunca se fue del todo.

La adolescencia de Carmela tiene nombre de calles, de cines y de rutinas que hoy parecen otro tiempo. Habla del Cine Perelló, del Cine Nacional, del Monumental, como si el tiempo no hubiera pasado por ellos. Recuerda películas, tardes enteras con amigas, bocadillos de anchoas en el bar La Flor de Melilla y paseos interminables por el Parque Hernández.

Uno de los pilares de su historia es su relación con su profesora particular, María Teresa Pérez de Vidal, hoy con 98 años. No es solo una maestra en su memoria. Es una figura clave. Fue quien la acompañó en sus estudios, quien la formó cuando las niñas todavía estudiaban en horarios separados, quien la introdujo en una manera de entender la vida que todavía conserva y a la que visita en todos sus viajes a Melilla.

“Yo la veía siempre muy arreglada, muy elegante. Y eso me marcó”, confiesa Carmela. Tanto que, dice, su forma de vestir todavía hoy tiene algo de aquella admiración infantil.

Pero la vida, como siempre, obligó a cambiar de rumbo. Su padre pidió un destino más cercano a Almería, su tierra de origen, y la familia dejó Melilla cuando ella tenía catorce años. Aquello fue un golpe. No lo disimula.

“Fue un caos. Todavía no lo he asumido del todo”, reconoce.

El cambio fue duro. Dejó atrás su ciudad, sus calles, su instituto y sus recuerdos. Se trasladó primero a Almería, luego a Madrid, donde vivió 54 años. Allí  ejerció como maestra en distintos centros: Moratalaz, Alcobendas, Puente de Vallecas, Fuenlabrada o Móstoles. Fue en la capital donde formó su familia junto a su marido, Martín Pomares, ingeniero naval, con quien lleva 54 años casada.

Tuvieron cinco hijos y diez nietos. Una familia amplia que, con el tiempo, también ha aprendido a convivir con ese vínculo casi obsesivo con Melilla.

Su relación con la ciudad no terminó cuando se fue siendo adolescente, al contrario, ahí empezó otra etapa distinta, más consciente y más emocional. “Empezamos a venir mi madre y yo. Luego empecé a ir con mi hermano, luego con mi marido. Y hace tres años con mis hijos y con mis nietos”.

Porque Carmela ha viajado con ellos, los ha llevado, les ha enseñado su ciudad como quien enseña un tesoro. “A todos les ha encantado Melilla”, dice con orgullo. Para ella no fue solo una visita. Fue una especie de reencuentro con su propia vida.

“A mí me ha gustado siempre ir en barco”, explica, porque ese trayecto le permitía ver Melilla aparecer a lo lejos, con el faro marcando el horizonte como una señal de regreso. Con los años también se ha acostumbrado al avión, que le parece rápido y cómodo, “en media hora ya estás allí”, dice.

Su relación con Melilla no es turística. Es íntima. Organizada, casi ritual. Cuando viaja, lo tiene claro: el Parque Hernández, Melilla la Vieja, el faro, su barrio, las escaleras de 82 peldaños que subían hasta su casa en Calvo Sotelo, los institutos, los cines desaparecidos, las calles donde creció. Todo tiene un orden emocional.

También recuerda el cambio de la ciudad con el paso del tiempo. Antes, dice, la población era mayoritariamente cristiana y hoy conviven muchas culturas. Pero lo que más le impresiona es otra cosa: cómo la ciudad sigue cuidada, moderna, viva. Aunque siempre encuentra algo que reconocer y algo que ha cambiado.

Para Carmela, Melilla no es un lugar al que se va. Es un lugar al que se vuelve siempre. Incluso cuando no se está allí. “Yo necesito ir a Melilla”, dice sin rodeos.

Y en esa necesidad hay algo que va más allá del recuerdo. Es pertenencia, es identidad.

A veces, cuando habla con amigos, intenta explicarles lo que siente. Y no siempre es fácil. Ella lo resume con una imagen sencilla: “Yo veo Melilla con los ojos de mi niñez”.

Quizá ahí está la clave de todo. Porque hay ciudades que se visitan y otras que se quedan dentro. Melilla, para Carmela Puerto Cuenca, pertenece a la segunda categoría. No importa que naciera en Roquetas ni que haya vivido décadas en Madrid. Su historia emocional tiene otra geografía.

Y esa geografía, inalterable, sigue teniendo el mismo centro. Una ciudad que, para ella, sigue siendo su casa, a la que lleva volviendo 67 años y de la que se acuerda todos los días. "Siempre será mi Melilla".

 

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Tags: Noticias de Melilla

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