Amapolas silvestres y tristes
La amapola silvestre (Papaver rhoeas) y la amapola triste (Papaver hybridum) son las dos especies de amapolas del género Papaver presentes en nuestra ciudad; siguen siendo especies habituales en los campos de cebada de la Guelaya, la zona biogeográfica en la que se enclava Melilla. Sin embargo en nuestra ciudad desde hace ya años solo se encuentran ocasionalmente las amapolas tristes, y muy raramente aparecen en puntos concretos pequeños núcleos de amapolas silvestres, casi siempre a lo largo del cauce del río de Oro. Esto se debe a que las amapolas silvestres requieren más recursos para prosperar que las tristes, ya que su porte y el tamaño de su flor son claramente mayores también. Estos mayores requerimientos hacen que las amapolas silvestres se encuentren muy cómodas creciendo en los campos cultivados, donde se benefician de las labores agrícolas. Sin embargo, la austeridad de las amapolas tristes, de porte más humilde y con flores algo más pequeñas pero igual de vistosas, le permite crecer en zonas más agrestes y áridas.
Cultivos antiguos y modernos
Las amapolas son plantas estacionales, así que su presencia, nada discreta, solo se evidencia en primavera. El hecho de que sean abundantes sobre todo en los cultivos de secano nos indica que la principal razón de que prosperen aquí es que los suelos son más ricos gracias al abono. Ciertamente crecer entre la cebada también permite refugiarse del viento y obtener algo de sombra, pero el único riego que reciben los cultivos de cereales tradicionales es el de la lluvia, por lo que las amapolas no van a recibir ningún agua extra por crecer entre ellos. Eso demuestra también que es una planta con pocos requerimientos hídricos.
Una de las consecuencias de la expansión de la agricultura intensiva y sus “modernas” técnicas agrarias, altamente lesivas para el medio ambiente, es la paulatina desaparición de las amapolas en muchas extensiones de cereal de la península, tratadas con herbicidas que eliminan la competencia de las mal llamadas “malas hierbas”, a la vez que empobrecen la cada vez más dañada biodiversidad.
Otros miembros de la familia
Hay otras amapolas en nuestro entorno, pero no son las que tiñen de rojo los campos de cereales; en la mayoría de los casos ni siquiera son rojas. Tenemos por ejemplo la amapola morada (Roemeria hybrida), que como su propio nombre indica es de un bello color morado, y vive en los rincones más secos y pedregosos de nuestro entorno. Es especialmente abundante en las ramblas y llanos de la zona de Afsó. También están la amapola marina (Glaucium flavum), de color amarillo y abundante en lugares cercanos al litoral de Melilla, como la subida a Aguadú; y la amapola loca (Glaucium corniculatum), esta sí de color rojo pero mucho menos abundante en la ciudad, pues no se ha descubierto dentro de nuestras fronteras hasta hace muy poco, con una sola localización en la Zona de Especial Conservación del barranco del Nano.
Todas estas amapolas pertenecen a la familia de las Papaveráceas, pero como podemos ver son de géneros diferentes a las dos citadas al comienzo del artículo, que son del género Papaver. Ya hablaremos de las Glaucium y las Roemerias en próximos artículos, pero la última amapola de la que vamos a hablar sí que pertenece de pleno derecho al género Papaver: se trata de la adormidera (Papaver somniferum), planta de la que se extrae el opio, que a su vez es la materia prima para obtener la morfina y la heroína. Se tiende a pensar erróneamente que la amapola silvestre pueda contener alguna cantidad de este alcaloide; sí es cierto que comparte ciertos principios activos con la adormidera, pero no la morfina.
Eso sí, las sustancias que comparten la amapola silvestre y la adormidera tienen unas propiedades medicinales que las hacen muy útiles contra la tos, y al ser ligeramente narcóticas, ayudan a conciliar el sueño. Las semillas de las dos especies carecen de estos alcaloides, y las de la amapola silvestre se usan normalmente como aderezo en la elaboración de bollería y repostería.
Adormideras en Tres Forcas
La distribución natural de las tres especies de amapolas del género Papaver descritas se desdibuja en el tiempo, pues al haberse adaptado a crecer en los cultivos humanos, han seguido a la Humanidad allá donde ésta ha colonizado nuevos espacios para cultivar. Asumimos sin dificultad que las amapolas silvestres y las tristes son mediterráneas, pero sin embargo nos cuesta más asumir que la adormidera también lo es, ya que tras una larga historia de prohibición de su cultivo en nuestros países, ahora se concentra en países del lejano Oriente, tan lejanos como Afganistán y Birmania. Pero la adormidera ya se cultivaba en la Prehistoria tanto en el norte como en el sur de Europa, por lo que no nos debe sorprender que crezca de forma silvestre en un lugar tan cercano a Melilla como son los barrancos de Cala Blanca, en el cabo Tres Forcas. Allí la citaron hace cien años los botánicos Sennen y Mauricio, y allí las volvimos a localizar cien años después en un reconocimiento del lugar para la redacción de la obra “Historia Natural de la Región de Melilla y sus Islas”, coordinada por los biólogos Rafael Yus y José Manuel Cabo
Retorno al paisaje
Las lluvias que cayeron sobre Melilla esta primavera fueron bastante más abundantes que las de los últimos años en Melilla; su intensidad fue similar a la que era habitual antes de esta última década, y toda esa agua caída del cielo hizo crecer la vegetación de nuestro escaso entorno rural hasta configurar un paisaje que recordaba también al de hacía muchos años. Al verde de los prados se sumaban los amarillos, blancos, azules y naranjas de especies que hacía años que no crecían con tanta abundancia. Las amapolas no alcanzaron a recuperar las extensiones de antaño, pues los cultivos a los que acompañaban ya no existen hace tiempo, pero en algunos rincones del olivar existente junto a la valla fronteriza y frente a Villa Pilar, la memoria de la tierra permitió que pudiéramos disfrutar del rojo intenso de las amapolas creciendo entre prados de gramíneas, que son la versión silvestre de los cereales que las cobijaban antaño.









