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Inicio » Sociedad

“A mí me quita mucho el sueño la hipocresía y la falsedad”

por Redacción El Faro
13/04/2013 23:01 CEST
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Valverde indica que el error en cuanto a la violencia machista es implicar sólo a las mujeres. Destaca que se debe contar con los hombres para luchar contra este problema social.

La jefa de la Unidad de Coordinación contra la Violencia de Género de la Delegación del Gobierno de Melilla, Lola Valverde, destaca que hombres y mujeres siempre serán diferentes. Pero afirma que en lo que no puede haber diferencia es en el respeto y en las oportunidades que deben tener en la vida. Valverde analiza en El Faro cómo fue su primer  contacto con la violencia machista y los pasos que aún quedan por dar contra este problema social.
–Este puesto de trabajo, ¿le ha robado alguna vez el sueño?
–Sí. Te lo roba por muchos motivos. No sólo es la preocupación si sabes que hay una mujer con alto riesgo de sufrir violencia de parte de su pareja. A mí me quita mucho el sueño la hipocresía y la falsedad. Me quita el sueño porque no llego a entenderlo. Te encuentras con muchas dobles moralidades. Con quien te dice una cosa y piensa otra. La igualdad no es un tema conseguido. Me quita el sueño y me entristece enormemente.
–¿Esta hipocresía la percibe en su entorno? ¿En hombres o mujeres?
–No es cuestión de sexos ni de cultura ni de clases sociales. La igualdad no es un tema conseguido. No es verdad que la lucha contra la violencia de género esté superada. Queda mucho por hacer. Pero, sobre todo, en llegar a las conciencias de las personas, en concreto de las de las que tienen mayores privilegios. Nosotras somos de esas personas privilegiadas en la vida. Lo tenemos prácticamente todo. La sociedad debería ser más sensible con estos temas y no dejarse llevar por ideas preconcebidas. Tenemos una ciudad con características muy especiales, pero es nuestra ciudad. Me quita un poco de sueño esas preocupaciones, esas decepciones personales, el detectar que no es verdad lo que se escucha. En realidad no me quita el sueño porque duermo más o menos bien, pero me desvela (risas). Como cuando tengo alguna preocupación por mi ámbito personal. Cuando me despierto a las 4:00 de la mañana me tengo que levantar. No sólo es este trabajo lo que desvela, también con el anterior me pasaba. (Valverde era orientadora en un instituto).
–Dice que Melilla es especial. ¿Este puesto es un reto aún mayor por estar en esta ciudad?
–Melilla es especial por muchas cosas. Por ejemplo, a veces tenemos la sensación de que vivimos en una isla. Pero también es una ciudad con una interculturalidad y multiculturalidad real, aunque no entendida algunas veces. No todos reman en la misma dirección. Es una ciudad especial. Es diferente, tenemos un mar maravilloso y la gente que viene de fuera afirma que tenemos suerte de vivir aquí. Pero también es especial porque tiene una frontera con un país que no está muy desarrollado. Melilla tiene una situación de población muy especial y con choques culturales en ocasiones. No quiero ofender a nadie, pero es cierto que hay como dos mundos, uno que tira hacia adelante y otro hacia atrás. Es un reto y a veces, es un imposible. Para llegar a las personas que no desean avanzar tendríamos que ser más valientes. El perfil de la mujer que denuncia malos tratos en Melilla coincide en muchos casos y es un reto complicado.
–¿Se refiere a la mujer bereber o musulmana?
–No. Ahí es donde está el error. No se trata de señalar a una cultura o religión concreta. Además, también está el error de sólo implicar a las mujeres en esta lucha. Hay que implicar a los hombres. La lucha contra la violencia de género se consigue en dos caminos. El primero es concienciar a las mujeres en que no se puede permitir que un hombre te humille, te pegue o te tenga sometida. Y también hay que ir en el otro camino. Convencer al hombre de que somos iguales en el respeto, en la libertad, en tus derechos y en tus obligaciones. Podemos ir en una línea que es sólo hablar con mujeres, pero hay situaciones en las que ellas no pueden solas y necesitan de su compañero. El mensaje hay que darlo a todo el mundo desde jóvenes a mayores. Y esto es lo complicado.
–¿Cómo fue su primer contacto con la violencia de género? ¿Conocía esta realidad en profundidad antes de ocupar este despacho?
–Lo conocía porque en la docencia te encuentras con perfiles de alumnos que sufren esta violencia.  A los equipos de orientación derivan estudiantes que tienen dificultades con el aprendizaje o conductas disruptivas. Cada vez que me llegaba una hoja de derivación me preguntaba: ¿Qué habrá detrás de este niño? Y no se lo puede ni imaginar. Algunos de esos alumnos viven en ese ambiente de violencia, de horror, de pánico. Ése era mi contacto con la violencia de género, vista desde la perspectiva de los menores. Cuando hablaba con sus madres, que eran las que solían venir a las reuniones, algunas te relataban lo que estaban viviendo. Intentas ponerte en su lugar, pues lo principal en estos casos es empatizar, es ponerse en el lugar de la mujer que está siendo maltratada o en el del hijo o de la hija. Pues viven con ese pánico cada vez que piensan que el hombre se va a acercar a la puerta de su casa, que va a tirar una botella a la ventana o que intentará trepar al balcón.
–Esas son situaciones dramáticas.
–Lo son y se dan en la ciudad. Éste es el contacto que tuve con la violencia de género. También hay incomprensión en estos casos. Quieres que el alumno se comporte en clase y estudie. Pero no puede ser igual el hijo de una familia en la que hay un maltratador que el de una en la que no hay violencia. Estos niños pasan unas situaciones terribles.
–En esos casos, ¿cómo intervino?
–Pues también concienciando al profesorado. Haciendo que los docentes vieran al alumno con otros ojos. Era muy partidaria de que supieran la situación de este estudiante. Que conocieran las vivencias de estos niños, las horas que pasaban en sus casas y en qué condiciones. Tienes que ver al alumno de otra forma para justificar determinadas acciones. También intentando que estos docentes tuvieran otras estrategias para que enseñaran de otra forma a estos estudiantes, pues no todos aprenden por igual las cosas. Las circunstancias personales de estos alumnos afectan a su comportamiento, pero como eso no lo podemos cambiar de un plumazo lo que sí tenemos que intentar es cambie sus actitudes, sus hábitos de trabajo. Además, hay que concienciar a la familia de que esta situación de violencia está perjudicando a su hijo como alumno y que en un futuro, va a reproducir esta misma experiencia. Si es chico, será un maltratador y si es chica, será víctima de maltrato. Los hijos imitan a los padres, aunque influyan otras cosas como el carácter. Pero hasta que se hagan mayores estas vivencias de la infancia son terribles. El trabajo de orientación es muy mediador, de trabajar con todas las partes, desde profesores a alumnos y familia. Es que rememos todos en la misma dirección.
–¿Reaccionaban las familias al contarles que la situación de violencia en sus casas afecta a sus hijos?
–Hay de todo. He llorado con muchas madres, porque me emociono con facilidad, al hablar sobre estos temas. Hay profesores que se implican mucho con sus alumnos. Pero el trabajo que he realizado como orientadora y que tenían que ver con violencia de género tocaba a familias que vivían en una situación económica complicada y con niveles muy bajos de formación. Estos padres no han sido formados y no saben cómo hacerlo. Están en una dinámica de vida de la que difícilmente pueden salir.
–¿Se refiere de los maltratadores?
–Por un lado sí. En Melilla, en cuanto a los casos que conozco, hay dos perfiles de hombres que ejercen la violencia de género. Está el hombre violento que maltrata a la mujer por el hecho de ser mujer y sólo por eso. Y además, suelen ser personas encantadoras y sentimentalmente estables ante otros. Luego está el maltratador que tiene un perfil de adictivos, que consume alcohol o drogas, que no tiene trabajo y que vive en una situación precaria. Este último no domina para nada sus impulsos y con quien paga toda su ira y su rabia es con su mujer. También hay otros que por su vivencia o cultura dicen eso de “a las niñas hay que pegarles”.
–¿Así de contundentes?
–Sí. En los centros se escucha. El niño te dice abiertamente que tiene que pegar a su hermana, porque sino cómo le va a hacer caso. Tiene asumido que a la mujer hay que pegarle para que le obedezca.
–¿Estas frases las escucha cuando ha dado las charlas sobre maltrato en los centros?
–No, cuando era profesora. Y te lo dicen así de abierto. Incluso te recriminan: “Seño, no digas tonterías. ¿Qué no le pegue a mi hermana? Y entonces, ¿cómo me va a obedecer?”. Esa realidad está aquí. Estos niños asumen que si no se imponen como hombres, la mujer se les va a subir a las barbas.
–¿Y por qué ese miedo a que las mujeres se suban a las barbas?
–Eso quisiéramos saber. Por eso digo que hay una parte de la sociedad que camina hacia adelante, hacia la igualdad real, hacia el respeto y otra que no. Las mujeres no pedimos ser iguales a los hombres, siempre vamos a ser diferentes. De la misma forma que es diferente un niño de diez años a uno de 18. Hombres y mujeres vamos a ser diferentes porque hormonal y genéticamente lo somos. En lo que no podemos ser diferentes es en el respeto y en tener las mismas oportunidades en la vida. Las personas deben conseguir algo porque valgan para ello, sin importar si es hombre o mujer. Aunque no todo el mundo lo ve así. Nosotros vivimos en la orilla del desarrollo, pero imagínese esa parte del mundo en el que la mujer no es nada. No es absolutamente nada.
–¿Ellas permiten esa situación? ¿Son víctimas porque quieren?
–No es que permitan esta situación es que no saben cómo salir de ahí, por el miedo, la vergüenza, el qué dirán, el qué voy yo a hacer después. Piensan que mientras que los niños no sientan ese maltrato o no lo vean, lo pueden aguantar. Además, esta violencia se da en una relación de afectividad y ellas recuerdan los momentos en los que se sentían queridas por sus parejas. Siempre piensan que el maltratador va a cambiar y que lo de ahora es una mala racha. El ciclo de la violencia es así. Hay un momento llamado ‘luna de miel’, que es cuando todo va bien. Luego vuelve la tensión y comienzan los insultos y las agresiones.  
–Pero, ¿los niños se enteran de todo no?
–En una de las charlas que di hace unos días puse el ejemplo de un niño de dos años. Este pequeño llamaba a su madre puta porque jamás había escuchado a su padre llamarla por su nombre. Cuando el niño empezó a hablar los primero que le dijo a su madre fue puta. Es un caso real. ¿Cree que nadie quiere salir de esta situación? ¿Qué la mujer no quiere vivir en un lugar tranquilo y con la mayor estabilidad posible? A nadie le gusta vivir en el conflicto. Si no sale de esta situación es porque no puede o sabe cómo hacerlo. La Administración le puede decir que hay salidas, pero quien lo pasa mal es ella. Hay que aunar esfuerzos por ayudarla. Ellas se preguntas qué pasará después. Es más fácil para una mujer que sea independiente económicamente, pero cuando ellas dependen del marido es diferente. Por ello se insiste en las charlas educativas que lo importante es ser independiente a nivel económico y emocional y luego, compartir tu vida con la persona que tú creas adecuada. Pero compartir, no depender.
–¿Hay algún caso que le haya marcado?
–Conocí el caso de una mujer que era muy bajita y débil físicamente, madre de cinco hijos que había estado en casas de acogida. Los niños habían presenciado las agresiones y tuvieron que asistir a terapia con psicólogos. Estos chicos tuvieron muchos problemas de comportamiento. Este caso me tocó porque veía en estos alumnos lo que había más allá. Teníamos que entender que no se pudieran comportar de forma maravillosa porque esas secuelas estaban. Los menores pueden desarrollar una psicopatología, porque puede que los ataques de pánico no desaparezcan así como el miedo. Tan sólo hay que pensar que somos nosotros los que escuchamos esos gritos que van de nuestro padre a nuestra madre, las dos personas que son nuestros referentes más inmediatos de seguridad y cariño. Éste fue un caso que me impactó porque ella pedía ayuda para uno de sus hijos, para que no le ‘machacaran’ más en el centro.
–¿Pudo hablar con este alumnos sobre la situación de malos tratos que vivió?
–Intentábamos no hablar de ello. Lo se hacía era intentar cambiar las conductas del ahora y su rendimiento dentro del centro.
–¿Ha cambiado su concepto de desigualdad desde que ocupa este puesto en la Delegación del Gobierno?
–Pues no sé. Yo nunca he sentido desigualdad. Nunca he sentido que me trataran de forma diferente o que me valoraran más o menos por el hecho de ser mujer. Pero aquí estoy viendo que hay una desigualdad grande en el trato hacia determinadas mujeres. En un entorno escolar o en uno administrativo no hay diferencia entre hombre y mujer en la actualidad. Pero sí es verdad que se ve la desigualdad desde este puesto de trabajo en otros sectores. Aunque si no la hubiera no se daría la violencia de género. Si todo el mundo fuera respetuoso en el trato nadie hubiera legistado la violencia machista.
–¿Son los hombres con los que trabaja sensibles cuando les habla de violencia de género?
–Me encuentro con hombres que tienen una sensibilidad, un respeto y una concienciación para estos casos increíble. Estoy encantada con la Unidad de Prevención, Asistencia y Protección (UPAP). El inspector Ángel Cátedra, el jefe de esta sección en Melilla, es un hombre coherente, igualitario, humano. Luego hay de todo, no todo el mundo simpatiza con este tema. Pero las actitudes que más me molestan son, por ejemplo, los chistes sobre malos tratos. A veces tienes que soportar que en una comida te cuenten uno en broma y es un tema muy complicado como para reírse. Aunque soy consciente de que hacer chistes es una característica del español, que bromea de todos los temas.
–¿La violencia machista es un problema que va para largo?
–Se consiguen cosas, porque cada vez es más la población sensibilizada y concienciada. Lo importante es no desgastarnos. Es lenta la evolución hacia una igualdad real, pero poco a poco se va calando a través de la educación, en el trabajo con jóvenes, a la hora de dar alternativas de vida, de compartir espacios y momentos todos juntos. Pero no sé si en 50 años será una realidad superada.

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