Mustafa Salama, conocido como ebanisteria_mustafa, no empieza un mueble con una sierra. Mucho antes de que aparezca el primer corte hay un tiempo de observación que apenas resulta visible para quien contempla una pieza terminada. Sobre el banco de trabajo, la madera deja de ser un tablón para convertirse en un material que debe ser interpretado. La dirección de la veta, la densidad de las fibras, la estabilidad frente a la humedad o la capacidad para soportar un ensamblaje condicionan cada decisión posterior. Ninguna especie responde de la misma manera y ninguna admite exactamente las mismas soluciones. En la ebanistería, explica, el trabajo comienza comprendiendo qué puede ofrecer cada madera antes de intentar transformarla. Solo entonces empieza realmente el oficio.
Ese modo de acercarse al material no nació de una vocación temprana. Durante años imaginó que su futuro estaría muy lejos de un taller. Quería dedicarse al entrenamiento personal y orientar su vida profesional hacia el deporte. Sin embargo, un cambio de rumbo le llevó a matricularse en una Formación Profesional Básica de Carpintería. Lo que en un principio parecía una alternativa académica terminó despertando una inquietud completamente distinta. Entre cepillos, formones y los primeros ejercicios prácticos descubrió que la madera escondía un universo mucho más complejo del que había imaginado.
La carpintería le enseñó los fundamentos del oficio. Aprendió a tallar, a realizar sus primeros ensambles y a comprender que detrás de cualquier puerta, mesa o armario existía un trabajo paciente donde la precisión marcaba la diferencia entre una pieza bien resuelta y otra destinada a corregirse una y otra vez. Aquellas primeras experiencias también le hicieron comprender que buscaba algo más que fabricar muebles funcionales. Le atraía el proceso creativo, el diseño y la posibilidad de construir piezas concebidas desde una idea propia.
Con esa inquietud dio el paso hacia el Grado Superior de Ebanistería Artística de la Escuela de Arte Miguel Marmolejo de Melilla. Allí descubrió una disciplina que iba mucho más allá del trabajo manual. Las clases incorporaban el estudio de las maderas nobles, el diseño de mobiliario, las técnicas tradicionales de ensamblaje, los procesos de curvado y una forma completamente distinta de relacionarse con el material. "Ahí te enseñan a comunicarte con la madera y a entenderla", resume. La expresión, lejos de cualquier romanticismo, hace referencia al conocimiento técnico que exige un oficio donde cada decisión depende del comportamiento físico de un material orgánico.
Con el paso de los meses comprendió que la ebanistería es un aprendizaje permanente. Cada especie plantea problemas distintos, cada proyecto exige soluciones nuevas y cada error obliga a desarrollar otra manera de trabajar. "Podría estudiar un doctorado perfectamente de ebanistería", comenta con humor, consciente de que la experiencia y el aprendizaje constante termina convirtiéndose en una herramienta tan importante como cualquier máquina del taller.
Aquellos dos años de formación encontraron su culminación en el proyecto con el que puso punto final al Grado Superior de Ebanistería Artística. La pieza reunía buena parte de los conocimientos adquiridos durante su etapa en la Escuela de Arte: el dominio de los ensamblajes, el estudio de las distintas maderas, el proceso de diseño, la precisión técnica y la resolución de los desafíos constructivos que plantea cada obra. Ese trabajo final, concebido como la síntesis de su aprendizaje y de su evolución como ebanista, fue reconocido en 2025 al ser seleccionado como finalista de los Premios Josep Albert Mestre de Artes Plásticas y Diseño, un certamen de ámbito nacional que distingue los mejores proyectos finales realizados en las Escuelas de Arte de España. Aquel reconocimiento supuso el broche a una etapa de formación marcada por la constancia, las horas de taller y el perfeccionamiento de un oficio en el que creatividad y técnica avanzan siempre de la mano.
Pese a ello, cuando habla de su trayectoria apenas menciona el premio. Prefiere detenerse en explicar qué significa realmente la ebanistería. La propia palabra remite al origen del oficio. Procede de ébano, una de las maderas más apreciadas por los antiguos artesanos, y que designaba a quienes eran capaces de transformarla en muebles y objetos de gran valor. Con el tiempo el término dejó de referirse únicamente a ese material para definir una forma de trabajar donde el diseño, la técnica y el conocimiento de la madera ocupan el centro del proceso creativo.
La diferencia más evidente con la carpintería aparece en la propia construcción del mueble. Mientras esta suele responder a criterios más funcionales y productivos, recurriendo con frecuencia a tornillos, clavos u otros elementos de fijación, la ebanistería busca que sean las propias piezas de madera las que sostengan la estructura mediante ensamblajes. Cada unión nace de cortes realizados con enorme precisión para que dos piezas encajen entre sí hasta comportarse como una sola.
Hoy esas uniones se refuerzan mediante adhesivos específicos como la cola, pero antiguamente bastaba la presión del ensamblaje y el comportamiento natural de la madera frente a la humedad para consolidar la unión. Alcanzar ese nivel exige una precisión extrema. "El margen de error debe ser de micras", explica Salama. No habla únicamente de medir bien, sino de trabajar con tolerancias casi imperceptibles donde un pequeño exceso puede obligar a repetir una pieza completa.
Pero reducir la ebanistería al diseño y al ensamblaje sería quedarse únicamente en una parte del oficio. Tradicionalmente, el ebanista ha sido un artesano capaz de dominar disciplinas muy diversas que confluyen en una misma pieza. La talla, la escultura, la marquetería, la taracea, las técnicas de curvado o la restauración forman parte de esa formación integral que, aunque hoy cuenta con especialistas en cada una de estas ramas, continúa definiendo el perfil de un buen ebanista.
Salama explica que esa versatilidad se aprecia especialmente en la restauración de mobiliario histórico, donde un mismo profesional puede desmontar la pieza, eliminar cuidadosamente los antiguos barnices hasta devolver la madera a su estado original, reconstruir tallas deterioradas, reproducir elementos escultóricos desaparecidos —como cabezas de animales u otros motivos ornamentales—, recomponer trabajos de marquetería y taracea o sustituir piezas dañadas respetando los criterios de conservación. En estas intervenciones, las partes nuevas suelen realizarse con una madera distinta para que el paso del tiempo permita identificar qué pertenece a la obra original y qué corresponde a la restauración. Más que devolver un mueble a un estado idealizado, el objetivo consiste en recuperar su estabilidad, su funcionalidad y buena parte de su belleza sin borrar la huella de su propia historia.
La paciencia forma parte inseparable del oficio. También la capacidad de aceptar que ninguna madera responde igual que otra. Antes de seleccionar el material, Salama necesita saber qué función tendrá el objeto que va a construir. Una puerta requiere estabilidad para resistir los cambios de humedad sin deformarse. Un joyero permite buscar especies donde el atractivo visual cobre mayor protagonismo. Una pérgola destinada al exterior obliga a pensar en maderas capaces de soportar la lluvia, el sol y el paso del tiempo.
La clasificación tradicional distingue entre maderas blandas, semiduras y duras, pero esa división apenas constituye el punto de partida. El pino o el abeto ofrecen facilidad de trabajo; la haya aporta un comportamiento intermedio muy apreciado en numerosos proyectos; el roble, el iroko o el ébano destacan por su resistencia y por la riqueza visual de sus acabados. Sin embargo, las posibilidades de cada especie van mucho más allá de esa clasificación. También cambia el dibujo de las vetas, la tonalidad, la estabilidad y la manera en que reaccionan frente al calor o la humedad.
Precisamente esa respuesta determina muchas veces el propio diseño. El haya y el roble, por ejemplo, destacan por su capacidad para absorber humedad y admitir procesos de curvado mediante vapor de agua. Cuando las curvas resultan muy pronunciadas, los ebanistas recurren a finísimas láminas de madera que se encolan unas sobre otras hasta formar una única pieza con la forma deseada. Son técnicas invisibles para quien contempla el resultado final, pero fundamentales para entender la complejidad de un oficio que rara vez deja ver todo el trabajo que esconde tras semanas y semanas de trabajo.








