Pasaban unos minutos de las doce de la mañana del miércoles cuando los alumnos y alumnas comenzaron a ocupar las butacas. Los grupos de Bachillerato del IES Leopoldo Queipo y de Formación Profesional de Imagen y Sonido del IES Victoria Eugenia iban tomando su sitio frente al escenario de la UNED, en una mañana en la que el IWA Fest trasladaba hasta este espacio una de sus propuestas vinculadas al programa educativo del festival. Apenas hubo tiempo para acomodarse. En la mesa de mezclas, Alejandro Lévar puso en marcha los primeros sonidos y, poco después, la voz de Rocío López "Boterita" comenzó a abrirse paso entre la electrónica.
Lo que sucedía sobre el escenario tenía algo de viaje en el tiempo. Los sonidos electrónicos convivían con las coplas de los verdiales, con las castañuelas, las palmas, las guitarras y los panderos, pero también con una puesta en escena en la que las imágenes y el tratamiento del sonido ampliaban el significado de aquello que se estaba cantando. Electroverdiales partía de una tradición musical profundamente arraigada en Málaga para llevarla a un lenguaje contemporáneo, sin desprenderla de la tierra de la que procede.
"Vamos los dos en compañía" aparecía entre los primeros compases de una actuación que pronto fue dejando claro que el folclore no iba a presentarse como una pieza detenida en el pasado. El ritmo electrónico sostenía las coplas mientras Rocío López acompañaba la voz con un movimiento constante del cuerpo. Desde las butacas, las palmas comenzaron a seguir el pulso de la música y las castañuelas se incorporaban a la textura electrónica como una prolongación natural de ella.
Al mismo tiempo, la pantalla se convertía en otro escenario. Imágenes en blanco y negro, elementos de color y cierta distorsión construían un paisaje visual que remitía una y otra vez al campo. No era un decorado, sino una forma de profundizar en el significado de las coplas. "El campo, qué bonito es el campo", se escuchaba en una voz en off mientras el espectáculo se detenía simbólicamente en la siembra, en la agricultura y en quienes trabajan la tierra.
Los verdiales aparecían así ligados a la vida de los campos andaluces, a las faenas y a esas canciones que acompañaban el trabajo. La voz de Rocío se convertía entonces en el hilo que unía la tradición con la nueva lectura musical. "Soy como el oro" llegaba mientras las imágenes seguían insistiendo en ese paisaje rural que Electroverdiales reconstruía desde el presente.
En un momento de la actuación, Rocío López abandonó el escenario y se acercó a los estudiantes. La distancia entre intérprete y público se reducía mientras aparecían nuevos sonidos: gallos, becerros y otros ecos de un mundo rural que encontraba en la electrónica una nueva forma de ser contado. "Deja ya la siembra y vente; ven conmigo al arroyuelo" se escuchaba entonces, y sobre la pantalla aparecían palabras como "verde", "rebelde", "verdial" y "testigo", superpuestas a imágenes del campo.
Toda la propuesta giraba alrededor de una misma idea: la tierra como origen de una cultura y de una música que ha sobrevivido precisamente porque ha sabido transmitirse, transformarse y encontrar nuevos contextos. Andalucía, sus campos, sus frutos y sus gentes aparecían en la actuación no como una postal, sino como materia viva. Los instrumentos tradicionales y las voces se encontraban con las máquinas y las imágenes para construir una nueva lectura de las coplas.
"Un gustazo estar en Melilla, en la UNED y este festival que nos estamos encontrando", expresaba la formación desde el escenario. La propuesta alternaba entonces la revisión de los folklores y de los propios verdiales con temas propios, siempre desde esa voluntad de llevar una tradición malagueña hacia otros territorios y otros públicos.
"Vale bailar, ¿estamos bien, a gustito?", preguntaba Rocío. Para entonces, las butacas ya habían dejado de ser únicamente el lugar desde el que observar. Las palmas acompañaban algunos momentos, los cuerpos seguían el ritmo y la energía de la actuación se extendía por la sala con cierta timidez entre los asistentes. Poco después, "Málaga tiene la fama" devolvía explícitamente el espectáculo a su origen, entre algunos "olés" que surgían desde el público.
La elección de Electroverdiales para una de las actividades educativas del IWA Fest tenía, además, una razón que iba más allá de lo estrictamente musical. Antes del comienzo de la actuación, Borja Ramón, director del festival, explicaba que la propuesta formaba parte de los pases destinados a los centros educativos y que permitía acercar a los estudiantes "una reinterpretación del folclore malagueño al mundo contemporáneo".
Para Ramón, precisamente ahí estaba una de las claves de la actuación: en la energía de unos verdiales que definía como un folclore andaluz y malagueño "ancestral, milenario", capaz de encontrarse con una propuesta contemporánea de gran intensidad sonora y visual. La presencia de Rocío al frente del cante completaba una puesta en escena que, según señalaba, buscaba mantener la raíz tradicional al tiempo que la situaba en un lenguaje artístico actual.
La conexión con Málaga también tenía un significado especial dentro de un festival que busca establecer vínculos entre Melilla y otros territorios. Ramón recordaba que la relación entre ambos lugares resulta especialmente estrecha y apuntaba que "la conexión que tiene Melilla con Málaga es inevitable", entre otras razones por el pasado histórico compartido. A esa relación añadía incluso una vinculación personal con la tierra malagueña a través de sus propios antepasados.
Con ese contexto, los verdiales llegaban a la UNED como algo más que una expresión musical de otro territorio. Eran una manera de hablar de los vínculos entre lugares, de la memoria y de la transformación de las tradiciones. Una forma de mostrar a los estudiantes que el patrimonio cultural no tiene por qué permanecer encerrado en una época para seguir siendo reconocible.
Cuando terminó la música, la actividad no concluyó del todo. Después del concierto llegó el momento conversacional, moderado por Rocío Madrid, en el que los alumnos y alumnas pudieron acercarse a los protagonistas de la propuesta y continuar el diálogo iniciado desde el escenario. La experiencia pasaba así de la escucha a la conversación y permitía observar desde otra perspectiva cómo se construye un proyecto que mezcla creación contemporánea, tecnología, imagen y tradición.








