Hay objetos que contienen el tiempo. Objetos que, incluso fragmentados, conservan intacta la capacidad de atravesar siglos, guerras y fronteras para seguir contando una historia que nunca termina de escribirse. A veces se presentan como un pequeño trozo de tejido, un motivo apenas insinuado o el vestigio de un color que ha sobrevivido al paso de los siglos. Y, sin embargo, en esa mínima porción de materia permanece la extraordinaria capacidad de convocar la memoria o de despertar universos creativos ilimitados.
Recibir un fragmento de historia es aceptar una invitación: la de tocar el pasado con las manos y descubrir que el patrimonio no es un concepto inmóvil, encerrado en vitrinas, sino una materia viva que continúa dialogando con el presente. El artista y el artesano conocen bien esa llamada. La perciben en la textura de una tela antigua, en el desgaste de una piedra o en la geometría de un mosaico. Allí donde otros observan un objeto, ellos encuentran un universo de preguntas y posibilidades.
La historia de esta alfombra comienza, paradójicamente, con el cierre de un museo. El Museo de Pérgamo de Berlín, uno de los grandes templos de la arqueología y la historia del arte europeos, cerró sus puertas el 23 de octubre de 2023 para afrontar un largo proceso de reforma. Su silencio, sin embargo, nunca fue sinónimo de ausencia. Construido entre 1910 y 1930 por Ludwig Hoffmann a partir de los diseños de Alfred Messel, el museo alberga algunas de las piezas más extraordinarias del patrimonio universal, desde el Altar de Pérgamo hasta la Puerta de Ishtar y la Vía Procesional de Babilonia.
En su ala sur se encuentra el Museo de Arte Islámico, una colección de referencia internacional que recorre más de un milenio de creación artística, desde la península ibérica hasta la India. Entre sus fondos se encuentra una pieza singular que fue a parar a Melilla a través del fragmento de una réplica: la Alfombra del Dragón Caucásico. Tejida hace aproximadamente cuatrocientos años, pertenece a un reducido grupo de textiles de extraordinaria rareza. Sus motivos, dominados por la figura del dragón y por una compleja geometría vegetal y simbólica, la convierten en un excepcional testimonio del arte textil caucásico. Pero su historia está también marcada por la herida de la guerra.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el museo fue alcanzado por los bombardeos que asolaron Berlín y la alfombra resultó parcialmente destruida por el fuego. Sus fibras quedaron ennegrecidas y parte de su superficie desapareció para siempre. La pieza dejó de ser únicamente un magnífico ejemplo del arte islámico para convertirse también en un símbolo de la fragilidad del patrimonio y de su capacidad de supervivencia.
A partir de esta pieza de arte islámico textil se construye el proyecto participativo internacional "CulturalxCollabs – Tejiendo el Futuro". Con motivo del cierre temporal del museo, una réplica de la alfombra fue dividida en cien fragmentos y enviada a distintos puntos del mundo. Escuelas, universidades, instituciones culturales, artistas y particulares recibieron una pequeña porción de la obra con un propósito tan sencillo como profundo: convertir un objeto histórico en el punto de partida de un nuevo proceso creativo.
La propuesta encierra una idea: si el museo cierra sus puertas, sus obras continúan viajando; si el edificio se silencia temporalmente, el patrimonio encuentra nuevas voces para seguir vivo. Así, a comienzos del curso 2025-2026, el fragmento número 2 llegó a Melilla. Su destino fue la Escuela de Arte Miguel Marmolejo, donde aquel pequeño trozo de alfombra encontró un nuevo lugar para desplegar significados. A simple vista apenas era un conjunto de formas y colores condensados en un pequeño retal rectangular. Sin embargo, entre sus hilos se escondían cuatro siglos de historia, una ciudad bombardeada y la memoria de un museo que se negaba a desaparecer durante su cierre.
La pieza llegó al centro gracias a la colaboración con la Escuela de Arte y Superior de Diseño José Val del Omar de Granada, una relación entre instituciones que se ha convertido en un fértil espacio de intercambio y aprendizaje. La directora de la Escuela de Arte Miguel Marmolejo, Bárbara Judel, recuerda que el proyecto fue recibido con un entusiasmo inmediato. La iniciativa permitía acercar al alumnado a la importancia de los museos y a la necesidad de mantener vivo el patrimonio más allá de las salas de exposición. La propia directora, que años atrás había recorrido las galerías del Museo de Pérgamo, comprendió desde el primer momento la fuerza de una propuesta que permitía que una de sus piezas continuara inspirando a miles de kilómetros de Berlín.
Pero el verdadero viaje de la alfombra comenzó dentro de las aulas. Durante semanas, el pequeño fragmento pasó de un taller a otro como un objeto precioso: observado, contemplado, almacenando sus detalles en el tacto y la retina del alumnado. Laura Canto, jefa de estudios adjunta, recuerda que siempre había alguien buscándolo. Profesores y estudiantes necesitaban tenerlo cerca: unos para estudiar la riqueza de sus colores; otros para intentar reconstruir el dibujo original; algunos, simplemente, para contemplarlo y dejar que surgiera la inspiración. El proyecto concentraba una historia que iba a quedar integrada en la Semana de Miguel Marmolejo, involucrando a toda la escuela a través de un origen común que desprendería, posteriormente, las emociones, los mensajes y los imaginarios de cada alumno y alumna.
Sobre las mesas de trabajo comenzaron a aparecer muestras de tejidos, pruebas cromáticas, bocetos y referencias históricas. Se investigó la tradición textil del Cáucaso, la simbología del dragón y la historia del propio museo berlinés. El fragmento dejó de ser un objeto para convertirse en un proceso. La observación se transformó en inspiración. Y la inspiración, en creación. Porque un fragmento de alfombra puede renacer en un tapiz, en una talla de yeso, en la taracea de una mesa, en una joya, en un soporte en blanco, en un signo gráfico, en un vestido o en una escultura. Puede trasladarse al lienzo, a la madera, al metal o al papel. Las posibilidades son inagotables porque la creación nunca se limita a reproducir una imagen; la transforma, la interroga y la proyecta hacia otros lugares a través de miradas propias e historias que se quieren narrar visualmente.
El resultado es una exposición diversa y sorprendentemente cohesionada. Tapices textiles como propuestas de interiorismo, diseños de moda que evocan una época e incluso las escamas de un dragón, tiaras que se elevan hacia el cielo o se convierten en rayos que se alargan, esculturas que refuerzan la imagen en volumen de una figura alegórica, yeserías que traducen el patrimonio de arte islámico a través de la geometría... Distintas propuestas, distintos itinerarios académicos, distintas disciplinas artísticas que dialogan entre sí mediante una misma paleta cromática y la presencia, a veces explícita y otras apenas sugerida, del dragón caucásico y la historia tejida.
Para Bárbara Judel, el proyecto ha demostrado también la capacidad del alumnado para enriquecer cualquier propuesta creativa. La experiencia del profesorado y la mirada de los estudiantes terminan entrelazándose del mismo modo que los hilos de una alfombra, construyendo una obra colectiva en la que cada aportación resulta indispensable. Ahora, las piezas encuentran un nuevo espacio de contemplación en el puerto de Melilla. Entre el tránsito de viajeros y la espera de las partidas y las llegadas, la exposición abre un paréntesis para la mirada, para la quietud y la observación de la historia y del futuro. Detenerse y comprender que la historia también puede habitar en un pequeño fragmento de tela.
Para la comunidad educativa, la posibilidad de mostrar el trabajo fuera de las aulas posee un significado especial. El arte necesita encontrarse con la ciudad y con quienes la habitan. Por eso, la exposición se convierte también en una manera de compartir un proceso creativo que ha unido patrimonio, investigación y aprendizaje. El viaje, sin embargo, no termina aquí. La colaboración entre la Escuela de Arte Miguel Marmolejo y la Escuela de Arte y Superior de Diseño José Val del Omar de Granada tendrá continuidad el próximo curso a través del proyecto "Diálogos de Yeso y Tinta", una iniciativa impulsada dentro de los programas de colaboración del Ministerio de Educación. La propuesta girará en torno a la figura del maestro yesero granadino Antonio Santisteban, profesor de la Escuela de Arte de Granada y autor de las yeserías del Salón de Té del Cuartel de Regulares de Melilla, además de la desaparecida decoración de la Mezquita Central.
El proyecto permitirá al alumnado de ambos centros acercarse a un patrimonio tan singular como frágil. El yeso, un material humilde y durante mucho tiempo considerado efímero, se convertirá en el hilo conductor de un nuevo intercambio creativo que incluirá cuadernos de viaje, visitas, investigaciones y un diálogo permanente entre las obras realizadas en Granada y Melilla. Una nueva forma de entender el patrimonio no solo como un legado que se conserva, sino como una herencia que se estudia, se interpreta y se proyecta hacia el futuro.
Mientras el Pergamonmuseum permanece cerrado, su colección continúa respirando lejos de Berlín. Y el fragmento número 2 seguirá su camino hacia otras manos y otras miradas en un circuito itinerante que no se detiene. Porque la historia del arte se escribe también así: a través de objetos que viajan, de instituciones que colaboran y de personas que descubren en un pequeño trozo de tela un universo entero de inspiración. Conservando intacta la capacidad de seguir creando memoria, de inspirar nuevas miradas y de abrir caminos inesperados hacia el futuro.








