Hay búsquedas que comienzan mucho antes de encontrar un lenguaje propio. Antes incluso de saber que existe un lugar concreto para las personas que necesitan crear. A Violeta Niebla aquella búsqueda le llegó desde la intuición, desde una sensación persistente de desajuste y desde la necesidad de encontrar a otros que habitaran el mundo de una forma parecida a la suya. Leía poesía, hacía fotografías y se acercaba, casi a tientas, a los márgenes culturales de Málaga sin tener todavía una red artística alrededor. “Mi familia no tenía referentes culturales ni artísticos”, recuerda. Por eso, durante mucho tiempo, el impulso creativo fue una inquietud íntima, algo que existía antes de encontrar los nombres, los espacios o las personas capaces de acompañarlo.
Los próximos 20 y 21 de mayo, la escritora, fotógrafa y gestora cultural malagueña llegará a Uned dentro del Ciclo Azul para presentar Todas las cosas que he hecho por dinero (2025), una novela construida desde el humor, la memoria laboral y la ficción autobiográfica, y para impartir el taller Escribe tu currículum literario, una propuesta participativa que funciona como extensión natural del propio libro. Pero hablar de Violeta Niebla implica hablar también de una trayectoria artística difícil de encerrar en una sola disciplina. Poesía, narrativa, fotografía, performance, mediación cultural o escritura periodística forman parte de un mismo recorrido que ella entiende más como un tránsito orgánico que como una sucesión de etapas cerradas.
En esa construcción de sí misma como autora hubo dos nombres fundamentales. Por un lado, el poeta, editor e impresor Paco Cumpián, a quien conoció casi por casualidad asistiendo a unos recitales poéticos que organizaba en Málaga. Aquellos encuentros terminaron convirtiéndose en una puerta de entrada definitiva al ámbito literario y, años más tarde, derivaron en la continuidad del Festival Internacional de Poesía de Málaga Irreconciliables, que hoy codirige junto a Ángelo Néstore. Por otro lado, la galerista y comisaria Tecla Lumbreras, quien la acercó al mundo de las exposiciones y el arte contemporáneo mientras estudiaba Filología Inglesa y buscaba, según explica, “su tono” lejos de los pasillos académicos en los que no terminaba de reconocerse.
En el relato de Violeta aparece constantemente la idea de compañía. La necesidad de encontrar personas que no solo acompañen el proceso creativo, sino que permitan comprender que la creación también puede ser un espacio compartido. “No te apetece hacer todo esto sola”, dice en un momento de la conversación. Quizá por eso buena parte de su obra termina construyéndose desde las experiencias de otros, desde lo colectivo y desde esos pequeños fragmentos cotidianos que normalmente permanecen escondidos.
Porque si algo define el universo creativo de Violeta Niebla es precisamente esa atención hacia las “cositas pequeñas”, hacia aquello que alguien guarda en un cajón, en un secreto, en una experiencia laboral absurda o en un deseo formulado en silencio. Su trabajo artístico no nace de los grandes acontecimientos, sino de los gestos mínimos y de las intimidades compartidas.
Así ocurrió con Yo soy la fuente, el fotolibro en el que pasó años retratando a personas mientras pedían un deseo sosteniendo una moneda entre las manos. Ella nunca preguntaba qué habían pedido. Solo recogía el instante exacto del deseo y guardaba después la moneda como parte de un archivo íntimo. “Me interesan las cosas muy bien guardadas”, explica. Algo similar sucede con Rasca y gana, el proyecto literario que publicará próximamente y para el que lleva trece años recopilando secretos anónimos enviados por desconocidos a través de una página web o entregados durante sus talleres creativos.
Esa misma lógica de lo colectivo, de la experiencia compartida y de la memoria cotidiana atraviesa también Todas las cosas que he hecho por dinero, la novela que presentará en Melilla. El libro parte de una premisa aparentemente sencilla pero enormemente fértil desde el punto de vista narrativo: utilizar la estructura de un currículum vitae para construir una historia. Los apartados habituales —datos personales, formación académica, experiencia laboral o competencias— funcionan aquí como una arquitectura desde la que levantar un personaje que, además, comparte nombre con la autora.
La idea surgió cuando comprendió que la propia cronología laboral podía convertirse en una línea narrativa. “¿Cómo no se le había ocurrido antes a nadie?”, se pregunta entre risas durante la entrevista. Porque en el fondo, sostiene, todos los currículums contienen ya una pequeña dosis de ficción. Una exageración, una omisión o una versión más amable de uno mismo. Desde ahí, Violeta juega constantemente con la tensión entre autobiografía e invención, permitiendo que el lector nunca termine de saber del todo qué pertenece a la experiencia real y qué forma parte del artificio literario. En otras palabras, qué es verdad y qué no lo es.
El tono cómico aparece entonces como una herramienta fundamental. No un humor construido desde el chiste fácil, sino desde el placer de escribir y desde cierta capacidad para observar las contradicciones de la vida cotidiana. “Yo me lo he pasado muy bien escribiéndolo”, reconoce. Y aunque insiste en que el humor nunca es universal, sí percibe una satisfacción especial cuando alguien le dice que se ha reído leyendo el libro.
En esa dimensión humorística reconoce además una influencia muy concreta: el escritor estadounidense David Sedaris. De él admira precisamente la capacidad para convertir experiencias personales aparentemente pequeñas en relatos construidos desde la ironía. “Quería escribir algo que produjera eso”, explica, recordando las carcajadas que le provocaban sus libros. De Sedaris tomó, según cuenta, “el descaro y la poca vergüenza” necesarios para afrontar una narrativa atravesada por el humor.
También resultó importante su experiencia como columnista semanal en Diario Sur, donde sus textos publicados durante varios años terminaron convirtiéndose en un ejercicio de disciplina narrativa. La obligación de escribir cada semana, ajustarse a una extensión concreta y enfrentarse continuamente a la página terminó funcionando como un entrenamiento literario que, más tarde, le permitió buscar una fórmula más libre y expansiva en la novela.
Aunque la poesía continúa siendo un territorio esencial en su vida, Violeta habla de ella como un lugar desde el que partir, no necesariamente desde el que quedarse. “No quiero encasillarme”, explica. La transición hacia la narrativa, la vinculación con la fotografía o incluso las artes escénicas no responde a una estrategia, sino a una necesidad expresiva de adaptar el formato a cada momento vital.
En Melilla, además de presentar la novela, propondrá al público participar en un taller que funciona casi como una prolongación del propio libro. Allí invitará a los asistentes a preguntarse cuál ha sido “la cosa más rara” que han hecho por dinero y a transformar esa experiencia en material narrativo. Más que una clase convencional, la autora plantea un espacio de juego y de construcción colectiva donde exagerar, inventar, inflar el currículum y convertir la experiencia laboral en relato compartido.
Porque, en el fondo, toda la obra de Violeta Niebla parece construirse desde ese movimiento constante entre recibir y dar. Escuchar historias ajenas para después devolverlas convertidas en literatura, fotografía o memoria colectiva. Un archivo emocional hecho de deseos, secretos, trabajos improbables y pequeñas verdades escondidas que, poco a poco, terminan levantando un universo propio.








