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La Plaza de Toros, escenario de una Melilla que quiso mostrarse y reconocerse

El ruedo acogió este miércoles un espectáculo dirigido y guionizado por Ceres Machado y producido por Francis Serón, una propuesta coral que unió danza, música en directo, interpretación, caballos, aves rapaces y tradición para poner en valor la identidad cultural de Melilla como motor turístico

por Alejandra Gutiérrez
22/04/2026 21:12 CEST

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Este miércoles no solo se ponía a prueba la capacidad de la ciudad para acoger a más de 4.000 personas llegadas en crucero a primera hora de la mañana. También se medía su capacidad para responder, implicarse y vincularse como conjunto a este acontecimiento.

Desde hacía unos días, la Plaza de Toros de Melilla albergaba una idea que no nacía como una simple anécdota, sino como un símbolo material de un paso adelante: el de crear propuestas atractivas que diesen espacio al reconocimiento cultural y artístico de la ciudad. Lo que comenzó hace un año como una prueba de la mano de Francis Serón, destinada entonces a un grupo reducido de empresarios de la compañía IOTM, adquirió este miércoles un peso particular dentro de la jornada y una forma de mirar este nuevo escenario turístico de Melilla, que parece consolidarse como uno de los ejes vertebradores de su economía.

Este miércoles el público estaba llamado a responder, a medir. A las diez de la mañana, las puertas de la Plaza de Toros se abrían para acoger a los turistas, pero no solo a ellos. Este escenario permitió también tomar el pulso de la ciudad. Allí, turistas, miembros de Aulas Culturales de Mayores, usuarios de la Gota de Leche, colegios, representantes institucionales y público en general encontraron su asiento en un espacio que no llegó a completarse en su totalidad, pero que sí se llenó de viveza, festividad y cultura.

Los caminos de los alrededores parecían conducir a turistas dispersos hacia un mismo punto. Las inmediaciones, los pasos de cebra, daban forma a una escena peculiar: personas avanzando en una sola dirección. Por momentos, aquello recordaba a un concierto de grandes dimensiones, de esos que llenan de vitalidad los alrededores. La Policía acondicionaba el paso, los coches se acumulaban, aunque todo transcurría dentro de cierta normalidad pese a la magnitud del flujo de viandantes. La dirección, la Plaza de Toros, se hacía notar en los aledaños.

Las azafatas marcaban el camino hacia las gradas, dejando entrever la necesidad de orden en un espacio que destellaba ilusión por descubrir qué iba a suceder en su interior. Y dentro, tras las puertas, esperaba algo especial, incluso emocional y simbólico. Algunas de las azafatas lucían el traje regional azul y blanco, ese que conjuga la pluralidad melillense, la esencia del mar y los colores de la bandera. Un atuendo que este miércoles cobraba presencia propia, reconocible, estrechando el vínculo con lo local.

En el ruedo, tres plataformas aguardaban el inicio. Entonces aparecieron los zancudos, Pablo Alemany y Durazo, que, al igual que sus compañeras situadas en los compartimentos superiores, lucían también la vestimenta regional. Fueron los primeros encargados de dar la bienvenida al espectáculo: miraban a las gradas, alzaban los brazos e invitaban al público a aplaudir. Un público que enseguida encontró también su propio ritmo improvisado.

De ahí comenzaron a surgir olas al son de un “one, two, three” que se desplazaban de una punta a otra, implicando al conjunto de espectadores reunidos en la Plaza. Pronto, los zancudos se sumaron al movimiento, avivando ese estado de celebración y diversión que viajaba de la grada al ruedo y del ruedo a la grada. De repente, los sombreros típicos de paja, de fibras y banda, se alzaban hacia el público dispuesto a recibirlos. Volaban entre las gradas, lanzados por los zancudos. El estadio, o mejor dicho, la plaza, comenzó a llenarse poco a poco.

Entonces llegó la introducción de bienvenida. Un hombre y una mujer de la organización saltaron al centro de la arena con el micrófono en la mano, alternando inglés y español. En ese momento no solo resonó la bienvenida, sino también una serie de mensajes que dejaban ver que el espectáculo parecía incluir algo más. Y así fue.

Los caballos se asustan, advirtieron, pidiendo al público que no gritase ni lanzase nada. Acto seguido, llegó otro mensaje. El espectáculo aún no había comenzado, pero la idea de lo que allí iba a ocurrir empezaba ya a enlazarse con lo que sucedía en el resto de la ciudad. Por eso apremiaron a los visitantes a que, una vez finalizado el show, acudiesen al centro para disfrutar todos juntos de Melilla. Parecía haber una cronología común, un rumbo compartido en este momento que estaba viviendo la ciudad. Todos a una, como si ese hubiese sido el mensaje que Melilla había preparado para recibir a los cruceristas.

Apenas lanzadas las primeras invitaciones, la arena se llenó de trajes de flamenca rojos y negros. Las bailarinas ocuparon el espacio. Con ellas apareció la cantante María Mendoza, con detalles dorados sobre los hombros y subida a una de las plataformas, cubierta por una enorme tela roja. Las bailarinas comenzaron a colocarse, a agruparse en torno a la estructura que sostenía a la cantante. Pronto comenzó a elevarse la voz, y con ella el movimiento de los cuerpos y de la tela, que, mecida por el aire, introducía una poderosa carga visual a lo largo y ancho de la escena mientras las bailarinas mostraban su destreza sosteniéndola.

 

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La música acompañaba la voz y los técnicos de Dexfier controlaban el acompañamiento instrumental mientras Mendoza interpretaba con intensidad sobre el escenario, porque sí, este miércoles la arena se convirtió en escenario. Las siete bailarinas del Ballet de Noe Mata configuraron una escena peculiar, íntima y visualmente atractiva.

Tras su retirada apareció en escena Ito Bueno, vestido como un hombre de otro tiempo, porque eso era precisamente lo que representaba: un viajero del tiempo. “No os vayáis, please”, decía a las bailarinas y a la cantante que abandonaban el ruedo. Entonces, la voz grabada de un comandante marcó el pulso del tiempo: cinco horas. El actor mostró su capacidad para sostener el diálogo en dos lenguas sin que resultara pesado para el espectador. Eran frases cortas, lo justo para entender por qué estaba allí, en medio de un espectáculo atravesado por la danza. En su mundo, en el tiempo del que provenía, existían ciertos problemas. Su llegada a Melilla respondía a una búsqueda: hallar respuestas.

De repente apareció Mireya Ambros, con aire de guerrera, de amazona, de jinete, con reminiscencias de otra época. Tras ella, el Ballet Colores se abrió paso. El flamenco dejó entonces su lugar a la música tradicional amazige. Ocho bailarinas, con trajes blancos, pañuelos de colores y panderetas, comenzaron su diálogo musical en el ruedo. Un caballo acompañó el momento, generando expectación, vestido para la ocasión con atuendo rojo y borlas que decoraban su esbelto cuerpo. Después se incorporó un segundo caballo, mientras la música y el baile no cesaban.

Marina, una de las jinetes, apareció acompañada por un ave rapaz posada en su mano, mientras los actores, Ito Bueno y Mireya Ambros, recogían de nuevo el hilo del espectáculo. Fue entonces cuando el nombre de ella tuvo lugar. “Sheila”, le susurró ella, y el viajero repitió el nombre en voz alta. Las bailarinas acababan de abandonar el ruedo. Era ese instante de la historia en el que los personajes se cruzan, se encuentran y algo sucede. Pero el tiempo del viajero, con cada baile, iba descendiendo y él necesitaba descubrir el secreto que había venido a buscar.

Paula Prada tomó entonces el relevo. Con sus botas y su traje rojo pasión de volantes se adueñó del espacio. De nuevo apareció un caballo, esta vez dorado, de crines blancas, montado por un joven jinete. Sonó entonces una canción dedicada directamente a Melilla, a la ciudad, y a través de ella la bailaora y el caballo parecían convertirse en pareja escénica. Un paso, un cruce, una caricia. Prada bailaba para el caballo, mientras este parecía contestar con ímpetu animal y movimiento casi humano. Tras ese momento, en el que no hubo cuerpo de baile sino una pareja sobre el escenario, al viajero del tiempo se le restó una hora más.

Después entraron nueve bailarinas, esta vez con atuendo negro, destellos dorados y detalles blancos. La tradición hebrea tomaba el testigo. Fue una danza que permitió observar la composición grupal propia de estas expresiones, donde los corros colectivos sostienen el compás. Los caballos regresaron al ruedo rodeando el espacio, esta vez con jinetes ataviados con mallas blancas y chaqueta azul marino. En ese momento, el viajero descubría aquello que había venido a buscar: a ella, el amor, la esperanza.

El escenario volvió a abrir paso a la voz en directo. María Mendoza apareció vestida de blanco, entonando una de las sorpresas del espectáculo: una melodía de ópera, mientras Noe Mata la acompañaba con danza clásica sobre las plataformas. Ese instante provocó una gran ovación del público. “Bravo”, se escuchó en las gradas.

El espectáculo de variedades no se detenía. El hilo conductor de la historia del viajero, en busca de respuestas, se entrelazaba con la expresión de la danza en sus múltiples variantes culturales y artísticas. Tras ello, seis bailarinas irrumpieron con platos cargados de pétalos de flores que comenzaron a esparcirse con el aire. La danza hindú puso el broche a la alusión a las cuatro culturas en un espectáculo que incluyó además un efecto de humo de colores.

Descalzas sobre la arena, las bailarinas mantenían el ritmo vibrante de la danza mientras llenaban de color el espacio y las palmas acompañaban desde la grada. Los caballos rodeaban a las bailarinas vestidos con tiras de colores, construyendo una composición visual viva y vibrante. Al galope, cada vez más rápido, se hicieron con el ruedo mientras la danza se mantenía en el centro.

El final se acercaba. La danza concluía y el viajero, atrapado en este mundo, recibía un mensaje de manos de un ave rapaz. Al fin sostenía aquello que había venido a encontrar: “recuperar el amor por las tradiciones”.

Tras ello, el conjunto coral de todas las agrupaciones que habían formado parte del espectáculo tomó el espacio, fusionando bailes y tradiciones melillenses en una propuesta musical conjunta. La Plaza de Toros, convertida por unas horas en escenario, punto de encuentro y termómetro de ciudad, acogió así una experiencia que no solo buscó entretener a quienes llegaban de fuera, sino también reconocerse a sí misma ante sus propios ojos, su propia diversidad y riqueza.

La Plaza de Toros acogió este miércoles una propuesta escénica dirigida y guionizada por Ceres Machado y producida por Francis Serón, con coreografía ecuestre de Mireya Ambros junto a los caballos y jinetes del Club Hípico High Quality, coreografías de baile de Noe Mata, Merche Hurtado y Paula Prada, voz en directo de María Mendoza, sonido de Dexfire y la participación de las aves rapaces del Centro de Educación Ambiental, en una jornada concebida para recibir a los cruceristas y mostrar el potencial cultural de la ciudad.

Tags: Ballet ColoresBallet Noe MataCentro de Educación Ambiental de MelillaCeres MachadoClub Hípico High QualityCrucerosDexfireFrancis SerónIto BuenoMaría MendozaMireya AmbrosPablo AlemanyPlaza de toros

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