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La fotografía pictórica de Natasha Lébedeva convierte el cuerpo en una obra de luz y movimiento

La fotógrafa participa en Miradas de Mujer con dos obras donde fusiona técnica fotográfica, referencias pictóricas y larga exposición para explorar la huella, el movimiento y la identidad del cuerpo femenino

por Alejandra Gutiérrez
29/10/2025 17:34 CET
La fotografía pictórica de Natasha Lébedeva convierte el cuerpo en una obra de luz y movimiento

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En la exposición colectiva Miradas de Mujer, que puede visitarse en la sala del Real Club Marítimo de Melilla hasta el 7 de diciembre, la fotógrafa rusa afincada en Mallorca, Natasha Lébedeva, presenta dos obras de marcado carácter pictórico que interpelan al espectador desde un lenguaje visual singular. La artista explora el cuerpo femenino como vehículo de expresión, utilizando técnicas de larga exposición y tratamiento digital para capturar la huella del movimiento y el paso del tiempo. "No es simplemente una instantánea; es un tiempo contenido dentro de la imagen", explica Lébedeva, que se define como una creadora que trabaja "dibujando con la luz".

Su trayectoria artística, forjada entre Madrid y Mallorca, combina influencias gráficas, formación en grabado y una evolución hacia la fotografía como medio de experimentación. Aunque su obra se materializa a través del objetivo de una cámara, su mirada nace impregnada de pintura. “Todo mi trabajo desde 2006 se desarrolla en fotografía, pero tiene una apariencia pictórica porque busco que la imagen abarque más que un solo instante”, detalla. Esta aspiración a capturar lo invisible, lo que queda fuera de la fracción de segundo, ha llevado a Lébedeva a una constante investigación técnica con exposiciones largas y edición digital.

Las dos obras que presenta en Melilla forman parte de una serie más amplia, nacida entre 2010 y 2011, en la que exploró intensamente los recursos de la fotografía como forma de dibujo lumínico. A través del cuerpo en movimiento de su hermana Diana, que posó en varias sesiones, la artista construyó una reflexión visual sobre la feminidad, la identidad y el tiempo. “No estamos hablando de cuerpos perfectos. La belleza está en todo, incluso en un cuerpo maduro que cuenta la historia de su vida”, sostiene con convicción.

En sus composiciones, la figura humana no es estática ni definida, sino que se expande, se transforma, se multiplica. “Trabajo con la descomposición del cuerpo, con su desdoblamiento, buscando esa línea fina entre lo que vemos y lo que intuimos. Es una forma de desafiar los límites del cuerpo”, cuenta. Sus fotografías no buscan agradar ni ajustarse a cánones, sino provocar, emocionar, incomodar incluso. "Muchas veces mis obras pueden no gustar, o causar rechazo, porque provocan un sentimiento violento. Pero si no emociona, no es arte", afirma con rotundidad.

El referente pictórico está muy presente en su obra, no solo por la técnica sino también por la atmósfera. Natasha creció en San Petersburgo, rodeada de los grandes maestros expuestos en el Hermitage. “Rembrandt es mi gran referente. Me fascina su forma de trabajar la luz y de crear atmósferas que envuelven. Sus retratos transmiten la personalidad de las personas y de la época, parece que estás dentro del cuadro”, rememora. Esa pasión por el claroscuro, por la tensión dramática de la luz sobre la piel, impregna sus composiciones, donde los cuerpos surgen, se muestran, se transforman y muestran su identidad.

Otro nombre clave en su imaginario es Francis Bacon. De él admira la capacidad para deformar la realidad, para construir desde lo visceral y lo inquietante. “Me interesa mucho esa transformación, ese desdoblamiento del cuerpo. Esa posibilidad de mostrar lo que no se ve”. También menciona como influencia al pionero de la imagen en movimiento, Eadweard Muybridge, cuyas secuencias fotográficas anticiparon el lenguaje cinematográfico. “Como él, yo también estudio el comportamiento del cuerpo en movimiento, cómo la luz dibuja el cuerpo y deja una huella temporal”, explica. En su caso, el cuerpo femenino se convierte en territorio de experimentación, tanto técnica como emocional.

La serie a la que pertenecen las obras expuestas en Melilla fue concebida inicialmente como una suerte de laboratorio visual, donde se combinaban múltiples elementos: fondos negros, manipulación digital, motivos florales, escenas con dramatismo compositivo y cuerpos en transformación. “No son adornos. El fondo oscuro es como un lienzo en negro donde puedo dibujar con la luz. Luego incorporo elementos que completan el relato, como cortinas, alfombras o texturas florales. No porque sean femeninas, sino porque me ayudan a componer una escena”, aclara. Aunque no se define como feminista militante, su obra gira en torno a la mujer, no como símbolo, sino como experiencia vital. “Trabajo mucho con el cuerpo femenino porque es el que más conozco. Es una mirada íntima, introspectiva”.

Ese enfoque introspectivo, casi filosófico, se ha intensificado con los años. En sus proyectos más recientes, Natasha indaga en lo espiritual, en la relación entre vida y muerte, a través de preguntas propias de la filosofía y el sentido de investigar, de preguntar, de entender, de expresar. “Cada paso me lleva a otro. No intento estar a la vanguardia, ni hacer algo que nunca se haya visto. No inventamos nada. Lo que hacemos es profundizar en lo que somos, expresar lo que nos conmueve, lo que nos perturba”, señala. Para ella, el arte no es necesariamente innovación técnica ni ruptura formal, sino una búsqueda sincera de sentido. “El arte te tiene que emocionar. Hacerte pensar. Si no, no sirve”, resume.

Aunque ha trabajado también con paisajes, bodegones y retratos, su eje central sigue siendo el cuerpo humano. “Es lo que me interesa. Es donde encuentro la emoción”, confiesa, mientras explica la condición del cuerpo y del rostro, de aquellas partes que nos componen e identifican como personas y que expresan el ser y las emociones. En algunos de sus trabajos anteriores, las bocas y otras facciones cobran especial sentido tras haber sido escondidos detrás de mascarillas años atrás, anulando parte de la identificación personal de cada individuo. Mientras sus primeras obras se impregnaban del cuerpo, sin personalizar, su evolución artística le llevó a mostrar esos rostros personales, llenos de características propias e inconfundibles, que describen la esencia humana. En su proceso creativo, a veces, los bocetos descartados cobran sentido años después, impregnando trabajos posteriores, aunque admite que le resulta complejo retomar aquello que dejó aparcado tiempo atrás. Sus obras encierran el diálogo entre el artista y su creación. “Cuando das luz a una obra, lo primero que tiene que hacer es emocionarte a ti. Solo así puede llegar al otro”.

La participación de Natasha Lébedeva en Miradas de Mujer no solo aporta una propuesta estética singular, sino también una invitación a mirar más allá de la forma. Su trabajo nos recuerda que el cuerpo no es solo imagen, sino memoria. Que la luz no es solo un recurso técnico, sino una forma de revelar lo invisible. Y que la fotografía, como ella la concibe, puede ser tan pictórica, tan plástica, tan profundamente artística como una pincelada sobre un lienzo.

Tags: Miradas de MujerNatasha Lébedeva

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