Ana Uceda Pérez moldea con las manos aquello que muchas veces cuesta expresar con palabras: emociones complejas, vivencias interiores, contradicciones femeninas. Uceda participa en la exposición colectiva Miradas de Mujer, organizada por la Fundación Balearia en el Real Club Marítimo de Melilla, con dos vasijas que forman parte de una serie más amplia dedicada a explorar la dualidad emocional de la feminidad. Estas piezas nacen del barro, pero detrás de ellas se encuentra la introspección y el deseo profundo de comprenderse a sí misma y al mundo que la rodea.
Nacida en Almería, la artista se formó en diseño gráfico y posteriormente en Bellas Artes. Su trayectoria ha sido diversa: ha trabajado como ilustradora, diseñadora web e incluso en la tematización de espacios como PortAventura. Sin embargo, fue la maternidad la que marcó un giro en su camino creativo. Tras mudarse a Mallorca con una hija pequeña y embarazada de su segundo hijo, se entregó por completo al arte y encontró en el barro un lenguaje, un medio de expresión que le permitió reconectar con su pulsión artística desde un espacio más íntimo y personal. Ana Uceda confiesa sentirse abrumada ante la etiqueta de “artista”; prefiere definirse como una persona que crea, que moldea, que dibuja, que se busca y se representa a través de múltiples soportes como la cerámica, la ilustración, la pintura o el diseño gráfico.
La cerámica, lejos de ser una técnica más, se ha convertido para ella en un vehículo de autoconocimiento. En su proceso creativo no hay torno ni moldes repetidos: algunas de sus piezas están trabajadas a mano, desde cero, como quien escribe una página nueva en un diario personal. El resultado son obras que no persiguen la perfección académica ni el virtuosismo técnico, sino la expresión sincera a partir de la necesidad de expresa y de preguntas que afloran. Uceda se aleja del realismo y se mueve con libertad entre lo expresionista y lo visceral, a través de un trazo directo cargado de la simbología del subconsciente y del descubrimiento interior. “No busco acompañar un texto ni ilustrar algo ajeno. Ilustro lo que siento, lo que soy. Ilustro para entenderme a mí”, explica.
Las dos vasijas expuestas en Melilla pertenecen a una serie de cuatro. Las primeras, no expuestas, son blancas, limpias, de líneas finas y toques dorados. Las segundas, las que ahora pueden verse en esta sala melillense, son más impactantes, más agresivas en el trazo y en el color. Todas ellas representan dos estados de ánimo, dos maneras de estar en el mundo, dos caras de una misma mujer. Como señala la autora, no se trata de una división entre lo bueno y lo malo, sino entre lo visible y lo oculto. “En nosotras están esas dos partes: la que quiere mostrar lo bonito y la que encierra lo más duro”, afirma Uceda.
El título de la obra, La vie est B, es un juego de palabras que resume esta visión: la vida como bella, pero también bestial. Habla de una existencia llena de matices, donde lo bello no excluye el dolor y donde lo emocional encuentra su cauce en la forma, el color y el volumen. No hay dicotomías cerradas entre lo bueno y lo malo, sino una representación viva de la complejidad del ser. Cada trazo, cada pincelada, refleja un momento emocional concreto. La artista no busca la representación fiel ni la proporción académica, sino lo que el cuerpo transmite desde el interior. No hay simetría ni cálculo: hay expresión. “Trabajo con la brocha y el movimiento, sin planificar demasiado. No soy ordenada en el proceso. Lo que ves es lo que surge”, describe la artista.
Las vasijas, como soporte, poseen un evidente valor simbólico: son contenedores de vida, como la propia mujer. En ellas se mezclan emociones, cicatrices, deseo de belleza y necesidad de expresión. Las piezas que Uceda presenta en Miradas de Mujer muestran figuras femeninas completas, representadas en posturas intensas, expresivas, con miradas que hablan de dolor, fortaleza, búsqueda y también esperanza. Cada figura no está concebida para agradar, sino para decir. “La figura de la mujer siempre me ha interesado, quizá también como una forma de entenderme a mí misma y entender al resto del mundo, de ver cómo me ven. Y se mezcla todo: mucho sentimiento, mucha búsqueda y mucha pregunta”, reflexiona Uceda.


El estilo de Ana Uceda es difícil de encasillar. Sus obras combinan técnicas, soportes y estéticas. Puede pintar sobre un plato comprado o sobre uno creado por ella misma, trabajar con papel, lienzo o cerámica. “El barro no es corregible. Una vez hecho, ya está. Si no funciona, tienes que empezar de nuevo”, comenta. Esta técnica le ha enseñado paciencia —o al menos, ha intentado enseñársela— y la capacidad de aceptar el resultado, incluso cuando las sorpresas no son del todo las que esperabas obtener. “El horno te devuelve algo diferente a lo que tú metiste. A veces el resultado es grato, otras veces no”, sostiene con humor. El proceso cerámico se convierte así en una metáfora de la vida misma: se trabaja desde la intención, pero se acepta lo inesperado. Se aprende a perder y a recomenzar. Se suelta el control.
Durante mucho tiempo, el color le generaba inseguridad. Sus primeras obras estaban dominadas por el azul y el negro, tonos que la hacían sentirse segura. Poco a poco, sin embargo, ha ido incorporando nuevos matices a su paleta, en un proceso que refleja también su evolución personal. “El color me apasiona, pero me daba miedo. Ahora intento meter más color en mi vida. Estoy haciendo un calendario para el año que viene lleno de colores”, confiesa.
Participar en una exposición colectiva como Miradas de Mujer tiene para Uceda un valor muy especial. Más allá de la visibilidad, encuentra en estas iniciativas una forma de romper el aislamiento que muchas veces conlleva el trabajo artístico individual. “Pintar, hacer cerámica, es un trabajo muy solitario. Compartir con otras mujeres artistas te hace sentir menos sola, más parte de algo”, reflexiona. Destaca también la riqueza de observar otras perspectivas femeninas, otras formas de mirar y crear. “Todas tenemos algo que decir. Todas tenemos nuestra mirada. Y cuando las juntas, te das cuenta de que no eres el centro del mundo, que lo importante es el conjunto”. Subraya asimismo el valor de lo colectivo frente a los desafíos diarios.
En su obra, lo personal y lo artístico se funden. Cada pieza es una extensión de su historia, de sus emociones y de su evolución. “No soy la misma de hace cinco años. Ni de hace uno. Ni de hace veinte. Todo esto es un proceso”, afirma. Ese proceso queda registrado en el barro, en los trazos, en las vasijas que hablan sin palabras, en las paletas de colores. Son, como cualquier persona, imperfectas, cambiantes, profundas y llenas de sentido. Las dos piezas que presenta en Miradas de Mujer son solo una parte de su universo, pero condensan con claridad su propuesta: hablar de la mujer desde la mujer. Con honestidad, con dolor si hace falta, con belleza cuando se puede, pero siempre desde la verdad interior. Porque, como dice Ana Uceda, “no quiero ilustrar nada más que lo que soy”.








