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Cuando Yayamar abre su ventana, la realidad se detiene y comienza el cuento

Con una voz que acaricia y una guitarra que guía, María del Mar Martínez y Juan Carlos Ramírez crean una atmósfera de confianza para el relato y la interpretación

por Alejandra Gutiérrez
27/10/2025 13:08 CET
Cuando Yayamar abre su ventana, la realidad se detiene y comienza el cuento

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Hay una ventana que no se abre con las manos, ni tiene marco ni cristal. Es una ventana invisible, simbólica, que se abre con una canción suave, una sonrisa cómplice y una voz que invita a cerrar los ojos y dejarse llevar. La ventana de Yayamar no da a la calle, sino al interior: a la imaginación, a los recuerdos, a las emociones. Es la puerta de entrada al universo de los cuentos que María del Mar Martínez, acompañada por la música de su marido Juan Carlos Ramírez, ofrece a quien quiera asomarse, desde un aula infantil hasta una sala de mayores, todos están invitados a mirar a través de ella.

María del Mar Martínez no necesita escenarios ni focos para cautivar. Le basta una ventana, una canción repetida en voz bajita y un grupo de personas dispuestas a abrir los sentidos. Esa es la esencia de su nueva etapa vital, nacida tras su jubilación como maestra de música e infantil, donde ha decidido continuar lo que siempre ha hecho: contar historias. Pero esta vez, desde la libertad absoluta, sin horarios ni libros de texto, como cuentacuentos junto a su marido Juan Carlos.

El personaje que ha creado se llama Yayamar, un nombre que rinde homenaje a su abuela, aquella que la introdujo en el mágico mundo de la escucha activa. “Quería que el personaje tuviera ese carisma acogedor, de mantita y chimenea, que recuerde a una abuela que cuenta cuentos con ternura”, explica. Y así lo hace con su toquillita al hombro, invitando a su audiencia a desconectar de la realidad y viajar con ella al mundo de la imaginación.

Para María del Mar, la ventana es más que un objeto escénico. Es el paso entre lo cotidiano y lo extraordinario. Antes de comenzar cada sesión, se esconde detrás de ella: “Desde el minuto uno quiero crear esa atmósfera. Digo que tenemos un botón para desconectar de la realidad. Yo me escondo, y cuando la atmósfera está preparada, salgo convertida en Yayamar”. Esa ventana también se cierra al final. Es su forma de enseñar que la fantasía es poderosa, pero que siempre hay que volver a la vida real. “Cuando terminamos, invito a cerrar todas las ventanas. Es como decir: hemos vivido algo juntos, pero ahora toca regresar”. Una metáfora sencilla, pero cargada de profundidad emocional.

Las sesiones de Yayamar no son simples narraciones. Son experiencias sensoriales. María del Mar Martínez no solo cuenta, sino que canta, interpreta, cambia de voz según el personaje, invita a oler la comida de una cocina imaginaria o a escuchar pájaros si están al aire libre. Su marido la acompaña con la guitarra, y juntos crean una atmósfera donde cada cuento se convierte en una vivencia multisensorial. “Quiero que huelan el cuento, que escuchen los sonidos del entorno, que sientan el calor de lo que estamos contando”, afirma. Por eso adapta cada narración al público. El mismo cuento puede contarse a niños de infantil o a personas mayores, cambiando el lenguaje, el ritmo y el enfoque.

Lejos de limitarse al público infantil, María del Mar y Juan Carlos llevan su propuesta a asociaciones, centros asistenciales o colectivos de mayores. En lugares como La Gota de Leche han vivido momentos especialmente emotivos, como cuando los usuarios terminaron cantando canciones antiguas relacionadas con los cuentos. De ahí surgió un nuevo proyecto: crear relatos personalizados inspirados en las vidas de personas mayores, sin que sepan que están escuchando su propia historia. “Nos gustaría que se vayan reconociendo poco a poco en el cuento, a través de canciones y detalles que les sean familiares”, explica, con ilusión.

También trabaja con cuentos terapéuticos, especialmente pensados para provocar reflexión en adultos. “Me gustaría, por ejemplo, visitar a colectivos de mayores una vez al mes con una frase para reflexionar y un cuento que la ilustre. Algo que luego comenten cuando se tomen una cerveza, que les haga pensar un poquito más allá”.

Aunque su labor tiene una clara base educativa y artística, María del Mar insiste en que lo que hacen es, sobre todo, un acto de amor. No cobran por sus actuaciones y se sienten agradecidos por cada invitación que reciben. “Deberíamos pagar nosotros por poder hacer esto. Si alguien no conecta, han sido solo 40 minutos perdidos. Pero si una sola persona sonríe, se evade o recibe algo bonito, ya merece la pena”.

Su recorrido como docente ha dejado una huella clara en su forma de trabajar. La música, el teatro y la expresión oral forman parte de su ADN. En cada cuento incluye una canción sencilla y repetitiva que resume el valor del relato, y que invita al público a salir tarareando al terminar. “Buscamos frases que se queden, que tengan sentido, que resuman el mensaje”.

María del Mar no solo narra cuentos existentes. A menudo los adapta, los reinterpreta o incluso los transforma junto al público. Un ejemplo fue cuando contó La ratita presumida, adaptado para trabajar la perspectiva de género con escolares. “Cuando no nos gustaba el final, lo dejábamos en el aire y les pedía que lo reescribiéramos juntos. A veces los niños decidían que la ratita no tenía por qué elegir al gato guapo, sino a alguien que le hiciera reír o que fuera buena persona”. Los cuentos clásicos, asegura, pueden ser una herramienta muy poderosa si se saben adaptar a los tiempos y a los públicos. “La caperucita, el lobo… ¡imagina las lecturas que se pueden hacer hoy!”.

En un mundo saturado de pantallas, María del Mar reivindica el poder de la palabra contada, del silencio compartido y de la imaginación activa. “Me encanta que me cuenten cosas también. Unas vacaciones, una película… Me gusta imaginar el lugar, viajar con la mente. Por eso también me gusta ser receptora de historias”. Cree firmemente en el poder transformador del cuento como herramienta de vínculo, de emoción y de reflexión. “A veces un niño muy tímido, que no habla, abre su ventana de imaginación con una cartulina y se anima a contar algo que no se atrevía a decir antes. Esos son los regalos que nos llevamos”.

El proyecto de Yayamar nació desde la libertad. “Tras jubilarnos en 2024, queríamos hacer algo juntos que nos apasionara. Juan Carlos está en un grupo musical, yo en otro, y decidimos unir nuestras pasiones para compartirlas”. Así nació este formato que viaja de boca en boca, sin grandes carteles ni campañas: basta una invitación, una escuela, una asociación, una idea. “Nos mueve la ilusión, la música, las ganas de seguir creando, de seguir conectando con la gente. A través de los cuentos hemos encontrado una forma de seguir dando, y también de seguir recibiendo”.

Y todo empieza por una ventana. Una ventana que se abre, que invita, que conecta. Una ventana por la que entra Yayamar, con voz dulce y palabras mágicas, a regalar historias envueltas en algodón. Una ventana que, aunque simbólica, deja una huella profunda en cada persona que decide asomarse. Y así, igual que esa ventana se abre, finalmente se vuelve a cerrar suavemente. “Les explico que tenemos que regresar. En el mundo de la fantasía hay dragones, hay brujas, hay animales que hablan… Pero ahora toca volver a la realidad. Y cerramos juntos la ventana. Es un momento simbólico, pero muy importante”.

Tags: cuentacuentosMaría del Mar Martínez

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