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Las obras llegan al Rastro, pero sus vecinos reclaman atención a los problemas sociales

La Administración local invierte en infraestructura y cultura, pero sus vecinos insisten en la necesaria atención a las condiciones de vida, el empleo y los servicios básicos

por Alejandra Gutiérrez
30/09/2025 19:11 CEST

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El barrio del Rastro de Melilla está viendo intensificada la actividad de remodelación de la infraestructura a través de proyectos de mejora del urbanismo y la accesibilidad, acercando la zona al centro o ampliando esta última al Rastro. Asimismo, las propuestas culturales se suceden tanto a través de proyectos conjuntos entre la Administración local y entidades sociales. Dentro de las particularidades de esta área urbana de la ciudad se encuentra la riqueza patrimonial que envuelve la arquitectura, con edificios y elementos de singular estilo modernista, construcciones con años de historia que refuerzan la importancia del valor histórico de la zona.

Sin embargo, la personalidad y la riqueza de los barrios están ligadas a la sociedad que allí reside y a la actividad que se genera en los mismos. Una actividad sociolaboral que, durante años, ha estado ligada al comercio, convirtiendo este espacio no solo en un vecindario, sino en un lugar de tránsito y de movimiento por el que muchos melillenses pasaban y se paraban, de una u otra forma, a realizar sus compras. Gente que venía de todas partes, algunos de los cuales siguen manteniendo esa tradición. “Vengo casi todos los días para comprar algunas cosas”, sostiene Juan José, quien echa de menos el ambiente que se vivía en la zona años atrás. “Me gustaba más antes, porque antes estaba el mercado mayorista, que se ponían los puestos”, recuerda este hombre de 68 años.

“La plaza está fatal, hay muy pocos puestos. Antes había una vida muy alegre, la vecindad de toda la gente, podías hablar; y ahora nada, ahora no hablas con nadie, todo solitario”, sostiene Juan José, alegando que el Rastro está bonito, pero, de forma nostálgica, recuerda los años pasados cuando la gente, la juventud y los niños hacían vida en la calle y las casas eran bajas.

Para Mohamed, un vecino que ha residido toda su vida en esta zona, las nuevas construcciones y la situación de la frontera han provocado que “haya menos negocio, muchos de ellos han cerrado”, sostiene. Su visión actual está marcada por los años vividos y las experiencias pasadas. “Quizás sea la juventud la que me permitía ver las cosas de otra manera, pero ahora lo veo de forma crítica”, relata este vecino mientras recuerda la vitalidad del Rastro en el que se crio, sosteniendo que años atrás “era muy alegre, había mucha vida”. Para él, su barrio de toda la vida ha sufrido “un cambio rotundo”. En la zona no solo cohabitaban vecinos que poco a poco se han ido marchando y melillenses que acudían a realizar sus compras a una zona repleta de comercios, sino que está viendo cómo muchos de los negocios han ido cerrando sus puertas, y mucha gente, no solo de Melilla, sino de Marruecos, ya no regresa a pasear y comprar.

No solo Mohamed ha visto el deterioro en el comercio de la zona y la falta de movimiento. Dos de los empresarios de la zona, que regentan un negocio familiar abierto desde 1989, Wassim Madrid y Sukaina Madrid, también relatan que el Rastro siempre ha sido una zona comercial y que ahora son los días puntuales en los que se percibe el tránsito que años atrás era cotidiano. “Han quitado aparcamiento”, resaltan, lo que afecta directamente a la capacidad de las personas para llegar a esta zona de la ciudad a realizar sus compras tradicionales, una dicotomía, pues tal como señalan, “hay más acera, pero menos gente”, sostienen estos hermanos. Dentro de la proyección de gestión del urbanismo, la idea es acercar la zona Centro y el Rastro; sin embargo, para ellos “aquí no ves lo mismo que en el centro”, aunque resaltan que se están realizando diferentes actividades culturales.

Mohamed Ahmed es un vecino relativamente nuevo del barrio, pero durante estos años ha visto las obras que se han realizado. Para él, los negocios de la zona están en mala situación. Después del cierre de la frontera, Ahmed percibía un ambiente mucho más activo. “La cosa ha cambiado aquí mucho. Antes había más gente porque la frontera estaba abierta y entraba gente de Marruecos. Es la que le da vida a Melilla, porque si no hay gente de Marruecos, Melilla está muerta. Es una ciudad muerta”, sostiene este vecino recordando años atrás cuando el empleo también facilitaba las condiciones de vida. “Se vivía bien, todo el mundo trabajaba, todo el mundo tenía una vida. Ahora no tiene vida. No tiene ninguna vida”, resalta Ahmed, de 69 años, quien, además, solía visitar el barrio cuando era niño. “De niño yo venía por aquí a dar una vuelta, a comprar también”, sostiene mientras recuerda la plaza que estaba repleta de puestos donde las personas acudían a abastecerse de fruta, verdura y pescado, entre dos de los cafetines que aún perduran abiertos.

Ahora la plaza es un espacio ajardinado con estructuras de diseño. A él todavía acuden algunos de los vecinos a tomar té, charlar y jugar al dominó. Sin embargo, muchos de ellos, a pesar de las iniciativas y reformas realizadas desde la Ciudad Autónoma, sienten la distancia entre las obras realizadas y las vidas de los vecinos. El espacio que resguardaba la plaza de la lluvia y que permitía a los vecinos seguir reunidos en el entorno abierto ahora ya no existe tras la remodelación. “Está bonito, pero se trata de diseño”, de estética, “se gasta en cosas que no son”, sostienen algunos vecinos que apelan por modernizar el barrio, pero ponen sobre la mesa muchas de las necesidades sociales que existen. No hay trabajo, la basura se amontona en muchos lugares y no existen espacios acondicionados para los niños o para hacer deporte, alegan.

La infancia carece de espacios abiertos. Desde la asociación ADA, que trabaja directamente en la zona, en sus actividades recientes sí han encontrado demandas directas al respecto. “Todas las madres lo que nos decían era un poco lo mismo: que no había espacios abiertos para los niños, que no había actividades para los niños”, sostienen desde la asociación, que recientemente repartió materiales escolares en la zona. Para ellas, la consejería de Cultura está promoviendo su actividad en el Rastro, “están trabajando mucho en el Rastro”, sostienen. Un aspecto que contribuye a generar pequeños espacios e iniciativas que revitalizan el ámbito cultural dentro de esta zona melillense.

El Rastro está en el foco de atención de la administración local desde el punto de vista de acondicionamiento, así como de inversión cultural. Sin embargo, las condiciones sociales son parte de la tarea pendiente. Su estructura socioeconómica se ha visto golpeada en los últimos años; los ingresos de las familias son medios-bajos y las condiciones de vulnerabilidad redimensionan la magnitud de las necesidades de la población.

Desde Proyecto AJARA explican que no se trata únicamente de proyectar una imagen superficial del barrio, sino de generar una lista de prioridades basadas en las necesidades reales de la zona, con un determinante interés social para lograr que se materialicen cambios que promuevan el sentido de pertenencia, el civismo, la educación en valores y el cuidado de la zona. Pues las condiciones de pobreza, de falta de expectativas y de trabajo concluyen en condicionantes de vandalismo, de excesos, que no solo afectan directamente a la vida de las personas, sino a la convivencia del vecindario.

“Las familias sienten que no son ciudadanos, el Gobierno está haciendo una fachada bonita cuando las casas por dentro están podridas”, resaltan desde la asociación. Una situación que lleva a replantearse las necesidades respecto al cambio del barrio. Un cambio que ellas perciben que llevará décadas de trabajo directo. Este sentimiento de las condiciones de mejora genera un doble enfoque: el de contribuir a la mejora del espacio y visual de la zona, realizando inversión directa mediante proyectos integrales, pero, a su vez, plantea los cuestionamientos sobre si las condiciones materiales que doblegan la realidad del Rastro permiten empezar por estos proyectos sin paliar la dimensión estructural del estado en el que viven o sobreviven muchas de las familias. “No se invierte en el mantenimiento”, afirman sobre edificios como el Mercado Central, donde se carece del funcionamiento de las escaleras que están en desuso, impidiendo la accesibilidad de las personas.

Para ellas, el trabajo es a largo plazo, y pasa por una apuesta de cambio real, con enfoque integral y con políticas sociales sólidas. “Los ciudadanos se ilusionan porque creen en el cambio y después no ocurre absolutamente nada, y ocurre el vandalismo, porque no pueden creer en una política justa”, explican. “Ellos, como ciudadanos, no se sienten melillenses e intentan tomar la justicia por su propia mano, no creen en la política social y de derecho en Melilla”, resaltan desde la asociación.

La frontera cerrada, la tasa de paro elevada, los jóvenes buscan salidas fuera. Los planes de empleo no palian las necesidades y no llegan a la magnitud de población que requiere de un trabajo estable. “En Melilla hay bandas organizadas porque no hay trabajo”, insisten, desde una percepción de falta de oportunidades y la dificultad de parar esta situación que aturde a diferentes barrios de la ciudad. Una extensión de extorsión que se mantiene en base a las necesidades que se padecen y que alarga sus brazos más allá de la vulnerabilidad.

“¿Dónde están creciendo los niños?”, se preguntan desde AJARA, mostrando una realidad de determinadas zonas del barrio consumidas por drogas y alcohol. “No hay sentido de pertenencia, cada uno va a lo suyo, se han hecho pequeños grupos y bandas organizadas. Entonces, las familias que no tienen recursos al final son las más afectadas”, sostienen. Mujeres sin formación a cargo de familias numerosas, que buscan desesperadamente un trabajo, o jóvenes que buscan salir de la ciudad con la idea de encontrar un empleo. Niños cuyas dietas de alimentación no son saludables, recurriendo a la bollería industrial, pues la economía familiar está totalmente resentida. La infancia se ve atrapada también en las necesidades y las condiciones educativas familiares, así como la falta de acceso a recursos, lo que deteriora su formación educativa.

Las asociaciones del barrio tratan de trabajar directamente “apostando por la sociedad”, desde las bases, pero ven que sus proyectos no siempre tienen acogida. “No sé por qué no quieren colaborar. Nosotras queremos trabajar para cubrir las necesidades de las personas con las que estamos trabajando”, concluyen. El Rastro presenta una dimensión socioeconómica que afecta directamente a las familias y residentes, provocando que los planes integrales urbanísticos y la apuesta cultural se enfrenten directamente a la realidad material de las personas, lo que concluye en una situación compleja y con cierto desánimo sobre el futuro del barrio.

Tags: Barrio del Rastro

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