Hace unos meses, la historiadora Isabel Migallón recibió la noticia de que su pueblo natal, Fondón (Almería), iba a realizar el día 5 de agosto un homenaje a Juana Martínez.
Aunque con frecuencia se le confunde con la cantinera de Monte Arruit, que era María Gómez Gil, Juana Martínez era la cantinera de Batel. Parece ser que la confusión proviene de que más tarde estuvo en Monte Arruit, pero, en realidad, donde ella tenía su cantina era en Batel.
No fue fácil para Migallón encontrar datos sobre su nacimiento tirando del registro de su defunción, en 1929, ya que el pueblo de Granada ahí mencionado no existe. Barajó varias opciones y, atando cabos, la historiadora pensó que se podía tratar de Fondón, en Almería. Tras enviar una carta a ese Ayuntamiento, le contestó el historiador local Joaquín Gaona Villegas, quien le confirmó, para su alegría, que Juana había nacido en Fondón, e incluso le envió la partida de nacimiento. Ya estaban disipadas las dudas de dónde había venido al mundo la cantinera.
Para Migallón, se trató de un descubrimiento emocionante después de años intentando averiguar de dónde era Juana.
Tanto ella como el historiador de Fondón se comprometieron a seguir investigando, ya que hay muchos cabos sueltos todavía. ¿Cuándo salieron Juana y su marido, Bernardo Antonio Vizcaíno, de Almería? Aunque no se sabe a ciencia cierta cuándo llegaron, se da por hecho que ambos fueron a Argelia, desde donde, por diversas circunstancias -principalmente el gran movimiento de tropas que había en esta zona-, se trasladaron a Batel, donde Juana puso su cantina. Se desconoce también cuándo murió el marido.
Sí se sabe que ella siguió trabajando para las tropas después del Desastre de Annual, en agradecimiento por levantar su cantina, de nuevo. De este modo volvía a tener un medio de subsistencia para su familia.
Pero, aunque siempre se relacione el nombre de Juana con lo ocurrido en 1921, ya era conocida por su valentía con anterioridad.
De hecho, en mayo de 1920, tuvo un reconocimiento por parte del entonces comandante general Manuel Fernández Silvestre, por haber estado cuidando de un soldado a quien nadie se quería acercar, porque tenía una enfermedad muy contagiosa. Era lo que hoy se conoce como una madre coraje, una mujer valiente, echada para adelante.
Cuando explotó todo, alrededor del 21 ó 22 de julio de ese año, Juana mandó a sus hijos pequeños a Melilla para ponerlos a salvo mientras que ella se quedó, junto al mayor, y así ayudar en lo que pudo.
Estando ya en Monte Arruit, vivió momentos muy difíciles también, como ver morir en sus brazos al teniente coronel Fernando Primo de Rivera, a quien hubo que amputar un brazo para intentar salvarle la vida. Uno de los médicos que estuvieron en la operación fue el capitán Teófilo Rebollar, natural de un pueblo de Palencia, Villamuriel de Cerrato. Este joven oficial también murió en agosto de 1921.
Juana decidió seguir allí, junto a quienes habían sobrevivido, en cierto modo quería saldar esa deuda que pensaba tenía con los militares que le habían dado de comer durante sus tiempos en la cantina.
Gracias a ellos, había podido sacar a sus hijos adelante. Otra quizás no lo habría hecho, pero ella se quedó allí expuesta y, por momentos, temió tanto por su vida como por la de su hijo mayor.
En Monte Arruit, ella y el resto de cantineras fueron enfermeras, madres, hermanas y esposas de todos esos militares que estaban solos y necesitaban su ayuda.
Ella siguió trabajando hasta poco antes de morir de una bronconeumonía, en octubre de 1929, cuando fue traída a Melilla. Lo que no habían conseguido las balas lo logró una enfermedad y falleció relativamente joven.
A Migallón le da mucha pena no haber podido asistir, junto con Elena Fernández y Maribel Pintos, a los actos de Fondón, en la Alpujarra almeriense, donde el martes se le dedicó una calle y colocó una placa en su casa natal. Justo y merecido homenaje por la valentía y el coraje de esta mujer. Se puede imaginar la emoción que sintieron los familiares que asistieron al evento, que estuvo presidido por el alcalde del pueblo, Valentín José Martín.
Pero lo fundamental es que todo esto ocurrió en su pueblo natal casi cien años después de su muerte. Nadie allí, hasta 1921, año en el que contactaron Joaquín Gaona e Isabel Migallón, sabía de la existencia de tan “ilustre fondonera”.
Quizás para 1929, cuando se cumplirán el centenario del fallecimiento de Juana Martínez, se podría pensar en hacer algo en Melilla, donde, aunque no se sabe cuánto tiempo estuvo, sí se tiene constancia de que murió en una casa de la calle Orense, en el barrio del Real. Y que sus restos descansan muy cerca del Panteón de Héroes, en una propiedad que le fue otorgada a perpetuidad, meses después de producirse su fallecimiento, por la Junta Municipal.








