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Recuperar los vínculos conciliadores

por Víctor Corcoba Herrero
27/07/2025 11:16 CEST
Recuperar los vínculos conciliadores

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Necesitamos nuevos aires apaciguadores, sustentados en el respeto y en la alegría mutua, que es lo que realmente nos vivifica como genealogía. Hay que poner más corazón, pues, en todas las hazañas por aquí abajo. Destronada la justicia que es sujeción de las sociedades humanas, fenece también la libertad del reencuentro y aparta el vínculo de correspondencia, que es lo que nos acrecienta la relación de pulsos. Por consiguiente, ha llegado el momento de despertar, de ponernos en camino para dejar nuestras propias huellas, en unos tiempos en los que el ruido del enfrentamiento se hace cada vez más ensordecedor, alimentado por contiendas absurdas, que generan conflictos de necedad, desigualdad y miedo.

En efecto, cada cual consigo mismo, debe recuperar el vínculo de amistad o de la alianza olvidada o perdida. Todo comienza a restaurarse de manera silenciosa, con una mera conversación o con un momento compartido, con la voluntad de vernos entre sí no como extraños, sino como acompañantes de camino en la existencia. Lo importante es la confianza que nos concedemos unos a otros en la cotidianidad diaria. Nada es imposible, nuestro propio hábitat está plagado de transformaciones, aprovechando las tecnologías emergentes y fortaleciendo las coaliciones globales. La generosidad, precisamente, consiste en darlo todo al presente y en donarse para siempre. Por eso, el objetivo no es levantar muros, sino elevar lazos protectores.

Sea como fuere, nos necesitamos entre sí y la clave conceptual radica en la reina de las virtudes, en el amor que pongamos en las cosas que han de ser amadas y en anteponer las cosas comunes a las propias. En vista de lo vivido, puede que pensemos que las nuevas generaciones serán difíciles de gobernar; sin embargo, yo creo que serán todo lo contrario. El orden humano y social de la fraternidad universal está ahí, en esa comunión de vínculos diversos, unidos y reunidos en comunión y en comunidad hasta abrazar a los enemigos, lo que implica un espíritu cooperante hacia el bien común, como un proceso vital de mayor humanización. Desde luego, un humanismo egoísta, insensible a los valores del espíritu, nos vuelve inhumanos y nos deshumaniza por completo.

El verdadero desarrollo de la humanidad, no está en el caudal económico, sino en rescatar la concordia entre sí y en repoblar los hogares de armonía. Ahí radica la paz, en aminorar adversarios y en reconciliarnos recíprocamente, con la certeza esperanzadora de un mundo hermanado con su celeste manto tolerante. La comprensión no es un mero logro, sino un hábito a potenciar, una práctica permanente a llevar a buen término, una forma de moverse por el orbe que apunta proximidad, hermanamiento y cercanía; ya que el bienestar ajeno también nos importa, impulsando la comprensión, la paciencia y la protección. Por tanto, la diplomacia preventiva y el arreglo pacífico de la disputas no son opciones secundarias, sino herramientas vertidas en la Carta de las Naciones Unidas.

Ciertamente, nunca es largo el camino que nos reconduce a ser constructores de unidad y a reconstruir otras atmósferas más tranquilas. Esto no significa imponerse, sino servir. Realmente, en esta vida todo tiene su nexo, y si la emergencia climática es una crisis de salud que ya nos está matando, también los acontecimientos marcados por tensiones crecientes, incluso dentro de las familias, nos llama a innovar otros espacios vinculantes más sistémicos, en un contexto responsable, para poder vivir juntos, que es como se edifica una civilización donante y menos dominadora. Nos vendrá bien un cambio de mentalidad, un nuevo pensar y ver, donde todos seamos uno no sólo con palabras sino con obras, que es como se reaviva el vínculo de la enmienda, abandonando las sendas de la maldad.

Tags: adversariospaz

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