El mes de mayo supone para muchas personas la primera parada de reflexión después de que, en diciembre, dentro de esa lista de deseos, den prioridad a aquello de perder peso. La vorágine del día a día desde que se inicia el mes de enero, el estrés laboral, el volver a ejercer de papá/mamá chófer para la interminable lista de actividades extra escolares que apenas da un suspiro para comer, ni siquiera un Donut (y todo parafraseado sin respetar comas ni entonación) nos hace manternemos en una dieta equilibrada donde esos menos negativos que marca la báscula (esa pérdida de peso) es sinónimo de que ese deseo se está cumpliendo.
Y se relajan.
Y, pues una pizza para cenar… no me supone nada porque, al fin y al cabo, al día siguiente “voy a seguir llevando a rajatabla la dieta” … Y se cae. Y cuando se peca y se peca y se peca, llegan al mes de mayo con más positivos en la báscula que cuando se inició.
Total, que en este mes de mayo son muchas las manos que se echan a la cabeza por este motivo, son las incesantes búsquedas de remedios exprés para que, ahora que llega el calor, por lo menos, lucir una pancita bonita. Deshinchada.
Muchas personas sienten la presión de encajar en el molde estético que impone la llamada "Operación Bikini". Pero en Melilla, desde las consultas de nutrición se lanza un mensaje claro: no se trata de perder peso a toda costa, sino de apostar por una alimentación saludable y sostenible.
Rocío Campos, nutricionista, explica que no trabaja bajo ese enfoque: “Es un trabajo en equipo. Yo no voy a poner al paciente en una situación que le perjudique. Hay que mejorar su base, ir paso a paso, y que después no me necesite más porque ha aprendido a mantenerse por sí solo”. Para ella, lo más importante es huir de las dietas milagro, esas que prometen resultados rápidos y acaban generando frustración, efecto rebote y problemas de salud.
Y es que la rapidez suele ir de la mano con los errores. Las dietas milagro –esas que se basan en la piña, el zumo o eliminar grupos enteros de alimentos– no sólo son poco sostenibles, sino que pueden causar efectos negativos en el cuerpo. “Se pierde peso, sí, pero muchas veces lo que se pierde es agua o músculo, no grasa. Y luego llega el efecto rebote, la frustración y en muchos casos, la sensación de haber fracasado”, explica.
En la misma línea se posiciona María del Carmen Carrero, dietista-nutricionista de la Clínica de M. Carmen Carrero. “Muchas veces no es debilidad, es que nos marcamos metas poco realistas. Vivimos acelerados, con muchos estímulos y responsabilidades, y eso nos lleva a decisiones rápidas como tirar de ultra procesados”, señala.
Según ambas expertas, “Operación Bikini” está mal planteado. En vez de centrarse en la salud, se enfoca en cambiar la imagen externa de forma urgente. “No se trata de caber en un bañador, sino de sentirnos bien, tener energía, dormir mejor, estar menos hinchados. Si tienes un mes por delante puedes mejorar muchísimo, claro, pero no puedes cambiar lo que no hiciste durante los últimos seis. Esto no va de prisas”, añade Carmen.
En Melilla, según Rocío Campos, no es tan común que las personas acudan por la presión estética del verano. “Normalmente vienen con ideas más claras, con metas realistas. Aquí muchos pacientes llegan por salud, porque quieren controlar alguna enfermedad o mejorar su calidad de vida. Y eso cambia completamente la forma en la que trabajamos”, explica.
No obstante, sí reconocen que desde abril han visto un repunte de consultas. “Hay un aumento notable de personas que acuden buscando asesoramiento para mejorar su alimentación. Y lo más bonito es que muchas de ellas descubren que esto no va solo de perder kilos, sino de ganar salud. Se quedan todo el año con nosotros”, comenta Carmen.
¿Por qué nos cuesta tanto mantener hábitos?
Según las especialistas, uno de los mayores problemas a la hora de seguir un estilo de vida saludable es que lo planteamos como una obligación temporal. “Nos exigimos mucho y en poco tiempo. Cambiar los hábitos requiere constancia, paciencia y sobre todo, comprensión con uno mismo. No podemos esperar resultados inmediatos cuando llevamos años actuando de otra manera”, explica Rocío.
Y además, hay muchos factores que influyen. La autoestima, el nivel educativo, el ambiente social o incluso la economía pueden hacer que una persona opte por dietas extremas y no acuda a un profesional. “La publicidad, los cuerpos de redes sociales y la presión estética no ayudan”, añaden.
Por eso, desde las consultas se trabaja también en la parte emocional. “Intentamos que la persona se entienda, que comprenda su cuerpo y sus necesidades. Que aprenda a escuchar su hambre real, a saber cuándo necesita descansar o moverse más. Es un trabajo integral”, señala Carmen.
En definitiva, el mensaje que transmiten es que el mayor aprendizaje que deja este reportaje: que comer bien no es una moda de verano, sino una forma de quererse todos los días del año.







