No quería contar nada. Acabó dibujándolo todo. Vicente Álvarez no se propuso ser cronista ni pretendió nunca hacer del humor gráfico una trinchera. Y, sin embargo, durante décadas, cada viñeta suya ha sido una pequeña ventana abierta a la ciudad: a lo que somos, lo que decimos, lo que callamos. Con trazo sencillo y mirada afilada, ha convertido lo cotidiano en relato visual. En tiempos donde opinar es casi un acto de riesgo, él eligió dibujar sin cinismo: la ética del humor en tiempos difíciles.
No todos los días se tiene la oportunidad de conversar con alguien que ha acompañado, día a día, viñeta a viñeta, la vida de una ciudad. Vicente Álvarez no solo ha dibujado tiras cómicas durante casi cuatro décadas; ha dibujado una Melilla cotidiana, política, absurda, entrañable. Ha sido testigo afilado pero amable, voz de humor con acento local, memoria gráfica de nuestras pequeñas grandes noticias.
Sin pretensiones y con la naturalidad de quien se ha ganado su lugar sin estridencias, Vicente confiesa que nunca pensó en contar cosas con dibujos. Y, sin embargo, ahí están: cientos de tiras que nos han hecho reír, reflexionar, encogernos de hombros o soltar una carcajada amarga. Tiras que nacen del periódico digital, del instinto, del cuerpo que un día le pide dibujar por la mañana y otro por la noche. Tiras que tienen en Don Pedro de Chopiñán y su perro -o su “pavana”- una mirada punzante y fiel.
En un mundo donde el espacio para el humor gráfico mengua y la censura no siempre viene desde arriba, sino desde el miedo a incomodar, Vicente ha trazado una línea clara: el respeto. Desde ahí ha construido una obra que, sin dejar de señalar, nunca ofende. Que ironiza, sí, pero sin cinismo. Que critica, sin amargura.
Es curioso que quien ha sabido caricaturizar la política local como pocos diga que no le interesa especialmente. Porque quizá por eso su humor funciona: porque se ríe desde fuera, con la distancia justa del que observa sin militancia, pero con cariño. Con la ternura que, como él dice, se tiene hasta por “el cabroncete del periódico”.
Vicente Álvarez no considera a Melilla una ciudad especialmente cómica, y quizá tenga razón. Pero sí podemos decir que, gracias a él, la ciudad ha tenido durante décadas una versión paralela, en tinta, donde lo cotidiano se vuelve viñeta, lo serio se afloja y la política se convierte en sonrisa matutina. Y eso, en tiempos de crispación, no es poco.
Una viñeta al día para entendernos mejor. Así ha sido, sin grandes alardes, el legado de Vicente: una costumbre entrañable, una pausa lúcida entre titulares, una risa que no simplifica, pero sí aligera. No hace ruido, pero su humor se ha vuelto indispensable. O tal vez sí lo haceo -el justo-, ese que queda cuando nos vemos reflejados, con ternura, en una caricatura que no señala con rabia, sino con inteligencia.
Y es que,en un mundo donde sobran gritos, Vicente eligió el lápiz. Y acertó.
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