Nina Llorens participa en la exposición colectiva Els viatges dels baleàrics con una selección de collages donde el viaje no se mide en kilómetros, sino en recortes, texturas y pequeñas señales impresas que, al mirarlas con atención, parecen abrir caminos nuevos. La muestra se exhibe en el Real Club Marítimo de Melilla y puede visitarse hasta el 28 de febrero. En el conjunto de la exposición, su obra invita a reducir la velocidad, acercarse y quedarse un momento, porque lo importante no aparece de golpe, sino cuando la mirada se posa en lo mínimo.
Su vínculo con el papel viene de una mezcla de formación y oficio. Estudió diseño gráfico en una época en la que diseño e ilustración estaban muy conectados, y ese aprendizaje se fue completando con años de trabajo en el ámbito editorial, entre libros, maquetación, impresión y encuadernación. Ese mundo, tan físico, deja una manera particular de mirar. Se aprende a notar los gramajes, a reconocer el tacto, a ver cómo una tinta envejece, a encontrar belleza en lo que para otros sería solo un soporte.
En su caso, esa belleza se concentra en detalles que a veces casi no se ven. Le atraen los colores, las texturas, las marcas antiguas de impresión. Hay algo emocional en esa búsqueda de lo sutil, como si el material guardara una historia y, al mismo tiempo, una posibilidad. Por eso sus collages no suelen nacer de una idea cerrada que después se ejecuta, sino del encuentro con un papel que “llama”, con una superficie que sugiere una dirección. El material marca el primer paso.
Esa forma de empezar también marca una forma de tratar el origen. El collage no está para borrar de dónde vienen los recortes. Al contrario. Le interesa conservar la “gracia” y el “valor” de lo encontrado, de modo que el trabajo añade una capa nueva sin tapar la anterior. El espectador puede reconocer el punto de partida, puede intuir el atlas o la página impresa, aunque lo que ve ya no funcione como antes. Esa tensión entre lo reconocible y lo transformado sostiene buena parte de su propuesta.
En Els viatges dels baleàrics aparecen mapas y páginas procedentes de atlas. A simple vista siguen pareciendo cartografía, con sus líneas, sus nombres, su color, pero el uso se interrumpe. Ya no orientan. Ya no se recorren como ruta. Se vuelven imagen, grafismo, composición. En ese desplazamiento hay una idea que atraviesa su trabajo. Algo puede mantener la apariencia de lo legible y, sin embargo, dejar de leerse. Puede parecer texto corrido y no poder descifrarse. Puede parecer mapa y no poder seguirse. Lo que en origen servía para explicar o ubicar, aquí sirve para mirar.
Ese interés por lo ilegible tiene, además, un punto de partida muy concreto y doméstico. Un perro rompió un libro y el texto quedó hecho pedazos. En lugar de quedarse en el accidente, aquello se transformó en un reto. Recomponer los fragmentos sin añadir nada más, sin decorar con otros materiales, y observar qué surgía solo de ese ensamblaje. El resultado eran páginas que seguían pareciendo páginas, pero que ya no podían leerse del modo habitual. Esa experiencia conecta después con sus mapas. Se reconoce lo que fue, pero su función se corta y la mirada entra por otro lado.
En sus collages cartográficos no hay intención de señalar un país o un continente. El interés se desplaza hacia el equilibrio visual, hacia el ritmo. Una esquina puede estar más cargada y otra más limpia. Puede haber zonas que “respiren” y otras que condensen líneas y tramas. El atlas sigue presente, pero la lectura queda suspendida. Y esa suspensión abre una sensación muy cercana al tema de la exposición. Si el mapa suele prometer orientación, aquí aparece la posibilidad de perderse. No como consigna, sino como consecuencia natural. Un mapa roto ya no guía, pero conserva belleza. Y esa belleza ya no empuja hacia un destino. Empuja hacia una experiencia más sensorial, más abierta.
También pesa en su obra la preferencia por lo pequeño. Trabaja a menudo en formatos reducidos, y eso cambia por completo la relación con el público. Lo pequeño obliga a acercarse. Obliga a mirar con calma. En una exposición anterior titulada Mirar de Cerca, llegó a colocar lupas para que el público pudiera observar bien. Hay humor en esa imagen, pero también una idea de fondo. Sus piezas no están hechas para verse desde lejos. Piden una distancia corta, casi de confidencia, como si el papel tuviera secretos que solo aparecen a unos centímetros.
Entre sus trabajos recientes hay una pieza que concentra muy bien esa lógica. Un collage dentro de una caja de cerillas. El origen está en una propuesta del Edinburgh Collage Collective, que lanzó una iniciativa llamada Strike Light, “encender una cerilla”, con la idea de crear collages dentro de cajas de cerillas. Ella se sumó, hizo varias, y en ese momento ya trabajaba con mapas y con un atlas. Entonces apareció un detalle mínimo que terminó sosteniendo el sentido de la pieza. La primera página del atlas estaba doblada, como ocurre en libros antiguos hallados en un rastro, ya medio estropeados, con pliegues que se quedan para siempre. En lugar de corregirlo, decidió respetarlo. Ese pliegue “se comía” una letra y transformaba la palabra Atlas en alas. La mutación de una palabra en otra, nacida de un accidente material, abrió una imagen completa. Un atlas que invita a tener alas. Un mapa que sugiere vuelo. La caja de cerillas dejó de ser solo un formato curioso y se convirtió en un pequeño escenario donde lo mínimo se expande.
Ese tipo de hallazgo define también su manera de trabajar. Hay una atención constante a lo que otros considerarían defecto. Un pliegue, una marca antigua, un borde imperfecto. No se trata de embellecer a la fuerza, sino de mirar hasta que el material proponga algo. A veces basta con respetar lo que ya estaba ahí para que aparezca una idea.
En esa relación con el texto, con la imagen gráfica, hay, además, una dimensión personal. La dislexia coloca lo gráfico en primer plano. Las palabras, los ríos entre ellas -espacios-, las negritas... atraen por su forma antes de entregar su contenido. Esa experiencia, que en otros contextos puede resultar un obstáculo, aquí encuentra un lugar natural. Lo tipográfico se vuelve textura, presencia visual, ritmo, aunque ya no conduzca a una lectura convencional.
Así, su participación en Els viatges dels baleàrics se entiende como una invitación a viajar de otro modo. Un viaje íntimo, hecho de papel y tiempo, que ocurre cuando un mapa deja de orientar y empieza a sugerir, cuando una página se mantiene en pie aunque ya no se pueda leer, cuando un perro rompe un libro y ese accidente abre un camino creativo, cuando un pliegue convierte un atlas en alas. Un recorrido que no pide grandes explicaciones, solo una disposición sencilla. Acercarse. Mirar de cerca. Dejar que el material haga su parte.









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