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Soul Beach anima el verano melillense con reservas llenas y noches de espectáculo

Carlos Crouseilles, gerente del establecimiento: “Tenemos una carta muy adaptada después de tantos años, nos guiamos por lo que la gente pide, y tratamos de tener siempre variedad y calidad"

Cuando llega el verano, Melilla se parte en dos: quienes hacen las maletas y buscan descanso fuera, y quienes se quedan - por decisión o por circunstancias - y mira al mar en busca de refugio, ocio y calma. A diferencia de otros enclaves turísticos de la península, la ciudad autónoma experimenta un fenómeno particular: el verano no siempre significa más visitantes, pero sí una activación interna muy visible, especialmente en el entorno de sus playas.

Los melillenses que permanecen en la ciudad redescubren la costa. La playa de San Lorenzo, la del Hipódromo, la de los Cárabos o la tranquila zona de Horcas Coloradas se convierten en oasis cotidianos. Con temperaturas que rozan los 30 grados y una humedad moderada, el clima invita a pasar el día cerca del mar. Familias, grupos de amigos y personas mayores que comparten arena y sombra en un verano que, aunque sin grandes cifras turísticas, mantiene un pulso vital.

La limpieza de las playas, según se ha podido comprobar en varios paseos de El Faro de Melilla por el litoral, se mantiene adecuada. Las papeleras en funcionamiento, el servicio de duchas operativos y los accesos bien señalizados. La presencia policial también se refuerza durante las horas centrales del día, especialmente los fines de semana, donde se concentra más afluencia.

Un verano de experiencia frente al mar: Soul Beach, más que un chiringuito

En este contexto, el Soul Beach emerge como un referente de la oferta estival melillense. Situado concretamente en la playa de los Cárabos, este chiringuito se ha consolidado con los años como un espacio donde la gastronomía, el ocio y el espectáculo conviven bajo la misma sombrilla. Para muchos, el Soul Beach no es solo un lugar donde comer o tomar algo, sino una experiencia completa frente al mar.

Carlos Crouseilles, su gerente, atiende a El Faro de Melilla comentando la afluencia de gente este verano en el chiringuito. "Es verdad que en Melilla en esta época tiende más la gente a irse que venir", admite con sinceridad. Sin embargo, matiza: "Pero se ha reflejado un poquito el turismo. La verdad es que se nota bastante en muchas cosas".

Una de esas cosas es el flujo continuo de clientes a lo largo del día. El local abre desde por la mañana hasta bien entrada la noche, y su propuesta no es solo gastronómica. Conciertos, monólogos, DJ sets y espectáculos temáticos forman parte de su calendario habitual de verano. "En verano es más propio para que la gente venal al show, tanto de día como de noche", dice Crouseilles, "Puedes pasar el día en la playa con la familia y luego venir al Soul Brach a comer, a tomarte un cóctel o lo que te apetezca. Estamos abiertos todo el día".

Sin patrón fijo

Cuando se le pregunta por los momentos de más afluencia, la respuesta es inmediata: "Es totalmente aleatorio". No hay una hora estrella ni un flujo predecible. "Hay días en los que a lo mejor viene más gente a comer, otros que aparecen más a última hora de la tarde. Depende mucho del tiempo, del calor que haga, del viento...", explica. Incluso en días en los que el cielo está nublado pero las temperaturas son altas, la playa se llena y el chiringuito también.

Esta incertidumbre se traslada a la planificación interna del establecimiento. "Es difícil sacar un patrón. Nos tenemos que adaptar cada día a lo que venga", afirma.

Sobre cómo ha sido julio, Carlos Crouseilles ha sido claro: "Ha estado en la línea. No hemos notado una diferencia muy grande con respecto a otros años". Esto, en un contexto económico donde muchos negocios de hostelería han notado subidas de precios, bajadas de consumo o inestabilidad en el turismo, se interpreta como una señal de resistencia y fidelidad del público local.

Fin de semana de lleno y reservas que marcan el ritmo

Lo que sí está claro es que los fines de semana son el punto fuerte. "De viernes a domingo es cuando más se nota. Ya el jueves se empieza a animar, pero el fin de semana es otra cosa", comenta. El público no solo acude a comer o a tomar algo, sino que muchos lo hacen atraídos por los eventos cerrados que organiza el Soul Beach: música en directo, shows de comedia o sesiones de música electrónica que se prolongan.

"El espectáculo es parte de nuestra identidad. No queremos que la gente venga solo a comer, sino que también se lleve una experiencia completa", afirma.

Esa búsqueda de experiencia ha traído consigo una consecuencia clara: las reservas son casi obligatorias. "Últimamente la gente casi siempre reserva. Es muy raro que alguien venga sin reserva", comenta. "La gente de Melilla ya lo sabe. Es verdad que a veces alguien pasa por el chiringuito, le gusta y entra, pero la mayoría ya tiene su mesa reservada desde días antes".

Público variado pero con perfil familiar

Una de las claves del éxito del establecimiento es su capacidad para atraer públicos muy diversos. “Sí es cierto que notamos más turismo familiar, es lo que más viene. Pero también recibimos grupos jóvenes, parejas, incluso gente mayor que busca un lugar tranquilo para cenar frente al mar”, explica Carlos. El ambiente, relajado pero animado, ayuda a que cada tipo de cliente encuentre su espacio.

El Soul Beach ha sabido posicionarse como un lugar donde cabe todo el mundo: familias que buscan un lugar cómodo para comer tras la playa, jóvenes que celebran cumpleaños o despedidas, y parejas que quieren una cena romántica con el sonido del mar de fondo.

La versatilidad también se nota en su carta. No hay un plato estrella único, pero sí tendencias estacionales. “En verano se piden más ensaladas, pescados, carnes como los pinchitos o las sardinas”, explica el gerente. “Tenemos una carta muy adaptada después de tantos años. Nos guiamos por lo que la gente pide, y tratamos de tener siempre variedad y calidad.”

En cuanto a las bebidas, los cócteles son protagonistas indiscutibles. Mojitos, caipiriñas, piñas coladas y combinados sin alcohol recorren las mesas al ritmo de la música. “La gente viene con ganas de desconectar, de pasar un buen rato, y eso se nota también en lo que piden”, apunta Carlos.

En definitiva, mientras se disfruta de un cóctel en una hamaca junto al mar, es fácil imaginar un futuro donde Melilla esté más integrada en los circuitos turísticos nacionales. El enclave tiene atractivos de sobra: playas limpias, historia, gastronomía, multiculturalidad. Pero las barreras de acceso, la lejanía y cierta falta de promoción siguen jugando en su contra.

Quizá ese sea el valor añadido de Melilla y de lugares como Soul Beach: no buscan competir en números, sino en sensaciones. Quien viene, se queda con un sabor de boca difícil de olvidar.

 

 

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