Gracias, también, a quien, en un suspiro de brillantez, tomó la realidad de unos hechos y la convirtió en literatura; a quien fue capaz de acercarlos y dejarlos suspendidos entre palabras y versos para que perdurasen, para que atravesaran el tiempo y siguieran describiendo la realidad de una época, de un acontecimiento y de una historia verdadera que los inspiró. Ese fue Lope de Vega. Y esa fue Fuente Ovejuna. Porque los clásicos, en realidad, son eso: la capacidad de convertir lo concreto en universal, de hacer que el dolor de unos pocos termine siendo el reflejo de muchos.
Y la historia permaneció. Permaneció como las aguas que avanzan por el río hasta desembocar en el mar y llegó hasta las manos de Ceres Machado y Júlia Fortaña, que han sabido leerla y acercarla, rescatarla y volver a colocarla frente a nosotros. Han comprendido que regresar a Lope de Vega no consiste en reproducirlo de manera arqueológica, sino en dialogar con él desde el presente, descubrir qué permanece vivo en sus palabras y permitir que ese latido encuentre nuevas formas de expresión a través de la voz; a través de la expresión corporal que se diluye con la historia. Han traído el universo de Lope de Vega, sí; su historia, su complejidad, su realidad; pero lo han impregnado de una mirada propia, de una sensibilidad contemporánea y de una honestidad que atraviesa toda la propuesta.
Y en esa esencia todo cuenta. Todo describe. Todo construye. Desde el primer instante, antes incluso de que la palabra haga acto de presencia, la escena ya ha comenzado a hablar. Un hilo musical apenas insinuado, la calidez de una madera desgastada y un juego de luces que modela el espacio van depositando sobre el espectador las primeras capas emocionales de la obra. Al fondo se intuye una fortificación; las cuerdas entrelazadas dibujan un paisaje rural y áspero, un lugar suspendido entre la memoria y la herida.
Cada decisión escénica parece responder a una misma necesidad: la de comprender el dolor y hacerlo visible; hacerlo propio, encarnarlo y padecerlo desde las vísceras, desde la emoción, desde los sentimientos que se mantienen en vilo. La de entender al personaje, al sufrimiento, a la rebeldía y también a la convicción de un poder que se cree ilimitado, irrefutable y legitimado por sí mismo. Los intérpretes sostienen esa complejidad con una enorme generosidad, sin buscar el lucimiento individual, entregándose por completo a la construcción de una historia colectiva, de una identidad, de un relato. Gracias a ellos es posible sobrecogerse, odiar, resentirse, padecer la humillación y compartir el llanto. Lo encarnan, lo padecen y lo sostienen para que el espectador pueda, a su vez, atravesarlo.
Especialmente conmovedor resulta el tratamiento de las violaciones y de la violencia ejercida sobre las mujeres. Las alegorías que acompañan a las personajes, permiten caminar entre lo explícito y la sugerencia, envolver el momento. Las representaciones producen una profunda sensación de desamparo y de sometimiento, obligando al espectador a enfrentarse a una realidad que la obra se niega a suavizar. La belleza aparece a través del movimiento y del baile, pero no para embellecer el dolor ni para restarle crudeza, sino para encontrar otro lenguaje desde el que nombrarlo. Hay una valentía indiscutible en la decisión de no despojar a la violencia de su violencia, de no convertirla en un mero recurso estético, sino de asumirla en toda su dureza y exponerla como una herida abierta y como un ejercicio de poder y sometimiento de los cuerpos.
También el movimiento trasciende su condición de recurso escénico y se convierte en narración. El baile aparece entonces como la respiración de una comunidad que permanece, que se reconoce y que se sostiene en medio de la violencia y el abuso de poder. El cuerpo habla, recuerda y denuncia. Por momentos, el elenco y el espectador permanecen unidos por un mismo pulso; los intérpretes apelan directamente a quien observa y despiertan una necesidad casi física de responder, de rebelarse también, de levantarse frente a la injusticia. La obra no permite la distancia cómoda de quien contempla los hechos desde fuera. Invita, por el contrario, a implicarse emocionalmente en ellos; a ser ellos. A formar parte de esa identidad colectiva; del pueblo de Fuente Ovejuna.
Memorable resulta igualmente el trabajo lumínico y la manera en que el espacio se convierte en una extensión de la psicología de los personajes. Las luces cambian al mismo tiempo que cambia el estado emocional de la historia y terminan por convertirse en una suerte de narrador silencioso que guía la mirada del espectador entre escenas, entre espacios y entre personalidades de los propios personajes. Son parte de la identidad y del relato. El uso de los velos rojos, tan sutil como elocuente, construye un poderoso símil visual de la violación y deja algunas de las imágenes más impactantes de la representación. Y, en medio de todo ello, Jacinta emerge con una fuerza extraordinaria. Simplemente sublime, como también Laurencia.
Hay emociones para las que faltan palabras. O, quizá, hay emociones que exigen muchas más palabras de las que somos capaces de encontrar. Porque lo que sucede sobre el escenario termina siendo algo más que una representación teatral. Es un ejercicio de construcción y de diálogo con el dolor de quienes padecen el abuso, la violencia y la humillación. Es la posibilidad de acercarse al sufrimiento del otro y reconocerlo como propio. Ha sido el dolor de un pueblo. Ha sido el agarre, el aguante, el desquicie y el silencio. Y cada eco contaba. Cada voz contaba. Poco a poco se comprende que «Fuente Ovejuna, señor» no es solo una respuesta ante los Reyes Católicos ni el desenlace de una revuelta popular; es, sobre todo, la afirmación de una identidad colectiva, el instante en el que un pueblo decide que el dolor deja de pertenecer a unos pocos para convertirse en una causa común.
La presentación de la obra en un preestreno al que acudieron periodistas de distintos medios de comunicación, representantes públicos, entidades sociales y figuras vinculadas al ámbito de la cultura y las artes en Melilla constituye, además, un paso significativo para el panorama escénico local. Sibila Teatro no solo presenta una nueva producción; también reivindica un espacio para las artes escénicas de la ciudad, igualándola a otros escenarios nacionales y internacionales, y una voluntad de situar el teatro melillense en un diálogo más amplio y ambicioso.








