“Señor, ¿cuánto dinero lleva usted?"

Las extrañas preguntas de la Policía marroquí en la frontera de Beni Enzar

Son alrededor de las seis de la tarde del viernes en Marruecos. El día había comenzado mal, con una espera de tres horas, desde las nueve de la mañana hasta mediodía, hora española, aunque sea raro, la mayor parte de ellas (al menos, dos) en el lado de la Policía Nacional. Es lo que tienen los días festivos.

En fin, no pasa nada. Son las 11 en Marruecos y voy a acompañar a un amigo al médico, en Nador. Después comemos, yo una hamburguesa con patatas y él una pizza, en un bar enfrente del zoco, muy cerca de la estación de autobuses. Luego vamos al hotel Mercure, en cuya terraza con vistas al mar nos sentamos para tomar un par de cervezas a precio de oro -55 ‘dirhams’, unos 5,5 euros, cada una-.

No hay tiempo para más. Es hora de volver a Melilla, pero queda otra vez pasar por la frontera. En esta ocasión no hay mucha cola y en 15 ó 20 minutos estoy ya en el puesto de control marroquí.

Comienzan las preguntas. El policía que ha de sellarme el pasaporte quiere saber qué he hecho en Marruecos. Tres meses saliendo todas las semanas. Siempre es lo mismo:

-Señor, ¿cuál es su profesión?

-Soy periodista, pero hoy no estoy trabajando.

-¿De dónde viene?

-De Nador.

-¿Qué ha hecho allí?

-He acompañado a un amigo al médico y luego hemos ido a un bar a comer.

Y ahora llegan las preguntas extrañas.

-¿Cómo se llama el sitio donde ha comido?

-No lo sé, la verdad. Sé que está enfrente del zoco, cerca de la estación de autobuses.

-La próxima vez apunte el nombre de la calle y del bar.

-De acuerdo. ¿Puedo saber por qué?

-La ley.

Y sella mi pasaporte. Pero la cosa no acaba ahí, porque, si esto parece raro, lo siguiente ya suena surrealista: tras pasar por el escáner una bolsa con un par de barritas de pan y unos pocos cacahuetes comprados en Beni Enzar y una riñonera con la documentación y la cartera, el agente pregunta cuánto dinero llevo encima, tanto en euros como en ‘dirhams’.

-Pues poco: un billete de cinco euros y algo de calderilla en ‘dirhams’-, digo tras comprobarlo.

-Está bien, señor. Puede pasar.

Cruzo todo el pasillo y llego al puesto de la Policía Nacional. Sello mi pasaporte. Es hora de volver a casa.

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