Hubo un tiempo en que las noches de verano apenas llevaban a los melillenses hasta Melilla la Vieja. Las plazas de Armas y de Pedro de Estopiñán conservaban el mismo valor patrimonial que hoy, pero aún no eran ese lugar de encuentro que cada verano reúne a cientos de personas alrededor de un escenario. Las murallas contemplaban el paso del tiempo lejos del ambiente que ahora acompaña a los conciertos al caer la noche, verano tras verano.
Fue entonces cuando comenzó a gestarse una idea que terminaría cambiando la relación entre la ciudad y su recinto fortificado. La historia de Música a la Luna está estrechamente ligada a esa transformación. El proyecto comenzó a tomar forma en 2010, cuando la entonces Consejería de Turismo, dirigida por Javier Mateo, impulsó un plan de dinamización para devolver protagonismo a Melilla la Vieja. La apertura de los quioscos en las plazas de Armas y de Pedro de Estopiñán fue el punto de partida de una iniciativa que buscaba atraer a los melillenses hacia un espacio que todavía permanecía, en buena medida, al margen de la vida cultural.
Según recuerda Kiriko Gutiérrez, músico melillense y coordinador de la programación del ciclo, aquella iniciativa nació con una idea de convertir las plazas de Melilla la Vieja en lugares de encuentro a través de la música. La programación debía servir como un reclamo para que los melillenses volvieran a recorrer el recinto histórico, recuperando unos espacios que durante años habían permanecido, en cierto modo, alejados de la ciudad.
A diferencia de otras ciudades fortificadas del Mediterráneo, que habían convertido sus cascos antiguos en espacios de convivencia y actividad cultural, Melilla todavía tenía pendiente recuperar ese vínculo con sus murallas. Los conciertos comenzaron siendo una invitación a subir al Pueblo al anochecer, ocupar sus plazas y descubrir que aquel patrimonio también podía vivirse a través de la música y el encuentro íntimo.
La idea se materializó. Era 2011 cuando Música a la Luna presentó su primer cartel, una imagen muy distinta a la identidad visual que hoy acompaña al ciclo, aunque con una filosofía que ya apuntaba la evolución y el desarrollo de una propuesta que cumple dieciséis años. El 14 de mayo de aquel año, la Plaza de Armas acogía el primer concierto de su historia con Alba Molina como protagonista. Gutiérrez conserva un recuerdo muy concreto de aquella noche: la primera canción que interpretó la artista fue la bossa nova How Insensatez. Aquella melodía terminó convirtiéndose en la primera piedra lanzada de un proyecto que hoy forma parte del calendario cultural de la ciudad, y tal vez no fue tan insensata esa bossa nova.
Aquel primer verano fue también una semilla. Nadie podía asegurar entonces que aquella propuesta nacida para dinamizar Melilla la Vieja acabaría alcanzando una decimosexta edición y consolidándose como una de las grandes citas culturales del verano melillense. Los conciertos comenzaron como una invitación a llenar de vida las plazas del recinto fortificado y comprobar si la música era capaz de devolver a los ciudadanos un espacio que todavía buscaba recuperar su protagonismo.
El cartel inaugural reflejaba ya una marcada vocación por la diversidad. Tras la apertura de Alba Molina pasaron por el ciclo Mitch Jansen, Paloma Berganza, Toni Zenet, Caco Senante, Vicky & Cristina, Bellido Poker Quartet, New Orleans Jump Band y Celia Mur & Nono García, alternándose entre las plazas de Armas y de Pedro de Estopiñán. El broche a aquella primera edición llegó en septiembre con Cómplices, cerrando un programa que ya mezclaba jazz, canción de autor, pop, músicas de raíz y sonoridades llegadas de distintos lugares.
Con la perspectiva que ofrecen dieciséis años, aquel cartel anticipaba buena parte de la identidad que terminaría definiendo al ciclo. La variedad de géneros nunca respondió a una suma de conciertos aislados, sino a una forma de entender la programación: abrir las puertas a públicos muy diferentes sin perder un sello propio y hacer de la música un punto de encuentro.
Si algo ha evolucionado desde entonces ha sido la dimensión del ciclo; su esencia, en cambio, permanece prácticamente intacta. Los conciertos continúan celebrándose en las plazas de Armas y de Pedro de Estopiñán, dialogando con el entorno monumental en lugar de competir con él. El escenario apenas se eleva cuarenta centímetros sobre el suelo; las sillas se sitúan casi pegadas a los músicos; el equipo técnico permanece instalado a ras de suelo y la producción renuncia a grandes estructuras para que las murallas formen parte del propio concierto y no queden ocultas tras el montaje.
La distancia entre artistas y espectadores prácticamente desaparece. Más que asistir a una actuación, el público comparte el mismo espacio con los músicos, en un formato íntimo y pausado que invita a escuchar, a dejarse llevar y a conversar con la música bajo el cielo abierto de las noches de verano en Melilla la Vieja. Esa cercanía ha acompañado al ciclo desde sus inicios y también explica buena parte de su éxito entre un público consolidado.
Porque si Música a la Luna ha llegado hasta su decimosexta edición ha sido, también, gracias a un público que ha respaldado la propuesta verano tras verano. Es ese público el que ha sostenido el ciclo, aceptando con naturalidad una programación capaz de alternar el pop con la canción de autor, el flamenco con el indie o las músicas del mundo. La diversidad nunca ha sido una excepción, sino una de las grandes señas de identidad del festival.
Y entre todos esos géneros siempre ha existido uno con un lugar reservado: el jazz. Gutiérrez recuerda que Javier Mateo, gran aficionado a este estilo, quiso que estuviera presente desde las primeras ediciones. A ello se suma la propia trayectoria del coordinador como contrabajista, una circunstancia que ha contribuido a mantener cada verano una propuesta jazzística dentro del cartel. No se trata únicamente de una cuestión de afinidad musical. Para Gutiérrez, el jazz comparte con Música a la Luna la importancia de la escucha, la improvisación y la cercanía entre intérpretes y espectadores, tres elementos que encajan plenamente con la filosofía del ciclo.
Esa tradición tendrá continuidad este viernes. Entre las 22.00 y las 23.00 horas, la plaza de Pedro de Estopiñán volverá a convertirse en el escenario de la propuesta más jazzística de esta edición con Boleros Cubanos, un concierto protagonizado por el trompetista cubano Manuel Machado y el pianista Pepe Rivero.
Machado, fundador del histórico grupo Irakere y considerado una de las grandes referencias del jazz latino afincadas en España, regresa a Melilla acompañado por Rivero, otro músico bien conocido por el público local tras sus anteriores actuaciones en la ciudad. Ambos compartirán un formato de dúo concebido para potenciar el diálogo entre trompeta y piano, en una actuación que partirá de un repertorio de boleros ampliamente reconocible para reinterpretarlo desde el lenguaje del jazz.
La propuesta muestra cómo un género profundamente arraigado en la tradición cubana ha sabido reinventarse sin perder su esencia. En Cuba, explica Gutiérrez, el bolero ha convivido durante décadas con el jazz, alimentándose de sus armonías y de su libertad interpretativa. En España, esa evolución también ha encontrado nuevas formas de expresión a través del flamenco. El resultado es una música que conserva intacta la emoción de siempre, pero que descubre nuevas maneras de contar las mismas historias.
Será un concierto delicado, cercano y pensado para escuchar cada matiz. Exactamente el mismo espíritu con el que, hace dieciséis veranos, comenzó a escribirse la historia de un ciclo que nació para devolver la vida a Melilla la Vieja y que hoy ha convertido sus plazas y sus murallas en uno de los escenarios culturales más reconocibles de la ciudad.








