Samuel Pinazo recuerda perfectamente el momento en el que entendió que detrás de los libros había alguien que los escribía. Antes de eso, la lectura había sido para él un refugio silencioso en un barrio donde ir a la biblioteca era casi una excentricidad. Mientras otros niños ocupaban las tardes entre el fútbol y la calle, él descubría tebeos, novelas escondidas sobre el mueble de la televisión y autores que acabarían marcándolo para siempre. Primero llegaron los cómics. Después, Kerouac, Bukowski y aquella adolescencia donde la literatura parecía una forma de rebeldía íntima. Mucho antes de convertirse en dramaturgo y guionista, mucho antes de escribir Auri, Pinazo ya había decidido —aunque fuese en secreto— que quería dedicarse a escribir.
La escena tiene algo de iniciático. Un joven de Málaga, todavía sin demasiadas referencias culturales a su alrededor, descubre que existen personas capaces de construir mundos desde una página en blanco. “Yo siempre he sido un soñador”, reconoce durante la conversación. Y quizás esa sea una de las claves que atraviesan toda su trayectoria: la persistencia de una vocación que fue tomando formas distintas mientras él aprendía a moverse entre el teatro, la narrativa y el audiovisual.
El teatro apareció algo más tarde, casi por accidente. Fue un profesor de literatura del bachillerato nocturno quien lo llevó por primera vez al Teatro Cervantes para ver una representación de La vida es sueño. Pinazo tenía entonces unos 18 años y quedó profundamente impactado. Volvió solo días después para verla otra vez. Aquella experiencia cambió algo. Empezó a frecuentar bibliotecas, a leer teatro compulsivamente y a escribir relatos y diarios. Mientras trabajaba y trataba de abrirse paso, la escritura seguía creciendo como una necesidad privada que apenas compartía con nadie.
Con apenas veinte años se marchó a Madrid llevando consigo una novela bajo el brazo y la convicción ingenua de que podría publicarla y vivir de ella. Era finales de los noventa, todavía lejos del mundo digital actual. Las editoriales se buscaban por teléfono y los manuscritos viajaban impresos dentro de sobres enviados por correo. Nadie respondió a aquella primera novela. Pero Madrid le permitió entrar en contacto con el teatro independiente y con otros creadores. Empezó a escribir piezas pequeñas, teatro de calle y textos que representaban junto a amigos en salas alternativas mientras él trabajaba poniendo copas por las noches.
La siguiente gran parada de su recorrido sería Latinoamérica. Aunque inicialmente pensaba instalarse en Buenos Aires, terminó viviendo en Bogotá, donde comenzó a consolidar una carrera más estable ligada al teatro y al cine. Allí escribió Despachado, una obra con repercusión dentro del Festival Iberoamericano de Teatro, y también dio sus primeros pasos en el guion cinematográfico junto al director colombiano Carlos Zapata. De esa colaboración surgiría Las tetas de mi madre, una película profundamente vinculada a la relación entre madre e hijo y que años después resonaría de manera inesperada en su propio trabajo creativo.
Sin embargo, el regreso a Málaga fue determinante. Después de más de quince años fuera, Pinazo volvió a encontrarse con una ciudad distinta y también con una mirada diferente sobre ella. Los barrios, las amistades de juventud, las vidas que habían seguido caminos completamente opuestos mientras él estaba lejos. Aquella observación terminó encendiendo una idea narrativa que acabaría derivando en Malaka.
La serie, estrenada en Televisión Española y creada junto a Dani Corpas, supuso además un punto de inflexión dentro de su carrera. Hasta entonces, Pinazo había estado mucho más vinculado al teatro y al cine autoral. Fue Corpas quien le propuso transformar aquella historia local que él imaginaba inicialmente como una película en un formato serial. El resultado terminó convirtiéndose en una producción que utilizaba Málaga no solo como escenario, sino también como identidad narrativa. “Cuando yo me fui de Málaga no había industria audiovisual aquí”, recuerda. Por eso, descubrir años después proyectos rodados en la ciudad con actores locales le hizo entender que era posible contar historias propias desde el territorio.
El éxito de la serie abrió además una nueva etapa profesional para el guionista, que comenzó a recibir encargos dentro de la industria audiovisual y a trabajar en otros proyectos televisivos. Sin embargo, Pinazo sigue reivindicando el teatro como la verdadera escuela donde aprendió a escribir. Durante la entrevista explica que la dramaturgia y el guion cinematográfico exigen mecanismos distintos, aunque ambos compartan una misma necesidad narrativa y en él confluye una forma creativa similar. Mientras la televisión responde a una estructura mucho más industrial y planificada, el teatro y ciertos proyectos cinematográficos más personales le permiten trabajar desde un lugar más intuitivo y emocional. “Cada proyecto se escribe de una manera diferente”, afirma.
En su caso, la experiencia teatral le enseñó sobre todo a escuchar el ritmo real de los diálogos y a comprender el trabajo de los actores. Recuerda cómo, durante los ensayos de sus primeras obras, descubría que muchas frases aparentemente perfectas sobre el papel dejaban de funcionar en escena. “Si el actor se traba continuamente en el mismo sitio, probablemente el problema está en el texto”, reflexiona. Esa convivencia directa con la interpretación terminó moldeando también su forma de afrontar el cine, alejándolo de la figura del guionista rígido que protege cada palabra escrita. Pinazo defiende, por el contrario, una escritura viva, capaz de transformarse durante el rodaje, la interpretación e incluso el montaje, un proceso que define como “las tres escrituras” de una película: el guion, la dirección y la sala de edición.
Pero incluso después de ese salto industrial, Pinazo sigue hablando de la escritura desde un lugar profundamente íntimo como si las historias importantes nacieran siempre de aquello que ocurre en silencio y dentro de casa. Ahí aparece Auri, probablemente su proyecto más personal hasta la fecha. La película dirigida por Violeta Salama surge de un proceso lento de observación hacia su propia madre y de un momento aparentemente cotidiano que terminó funcionando como detonante emocional del relato: una conversación en la que ella le enseña, orgullosa, una tarjeta bancaria con su nombre, sin que él recayese en el valor simbólico del hecho.
Aquella escena, tuvo para el guionista una dimensión trascendental. En ese instante comprendió cómo muchas mujeres de la generación de su madre habían vivido durante décadas bajo estructuras de dependencia invisibles, sin espacios reales de autonomía económica ni identidad propia más allá del núcleo familiar. Pero también entendió que él mismo había cambiado. Después de más de quince años fuera de Málaga, el regreso a su ciudad lo llevó a mirar de otra forma, más madura y permeable. Esa nueva mirada transformó también la relación con su madre. A partir de entonces comenzaron a compartir conversaciones más íntimas y personales, un intercambio emocional que terminaría convirtiéndose en el origen de Auri.
Todo ese material emocional terminó filtrándose en el guion de la película. Aunque Auri está ficcionada, el propio Pinazo reconoce que gran parte de las situaciones nacen directamente de experiencias reales reorganizadas narrativamente. Muchas de las conversaciones mantenidas entre ambos aparecen reflejadas en el personaje del hijo único, una figura construida a partir de una mezcla entre él mismo y su hermano. Algunas escenas concretas, como aquella conversación sobre la tarjeta bancaria que dio origen a todo el proyecto, fueron trasladadas casi de forma directa al relato cinematográfico que en un principio mantenía guardado y que entregó de forma casual a Salama en el desarrollo de otro proyecto conjunto en el que trabajaban. Esa dimensión autobiográfica convierte a Auri en una obra atravesada por la memoria, pero también por la necesidad de reinterpretar el pasado desde la madurez y desde una nueva forma de entender la figura materna, los contextos y las relaciones familiares desde la observación constante.
La dimensión emocional del proyecto alcanza también a su propia familia. Su madre no supo que había escrito una película inspirada en ella hasta que Violeta Salama se lo comentó personalmente. Cuando finalmente vio la película en el Festival de Málaga apenas pudo concentrarse por los nervios. “Todavía no hemos hablado de ella”, reconoce el guionista, consciente de que probablemente esa sea la crítica más importante que recibirá nunca.








