Melilla vive esta semana la celebración del Yennayer, el Año Nuevo Amazige, con una programación de actividades culturales y festivas que han buscado recuperar, visibilizar y transmitir esta tradición ancestral entre generaciones. Las instituciones locales, centros educativos y colectivos como el Grupo de Mujeres Amazigh, han impulsado actos públicos para acercar a la ciudadanía una celebración que, durante años, se mantuvo en el ámbito privado y familiar.
Salma Halifa Elidrissi, filóloga, antropóloga y coordinadora de la Cátedra Amazige de Melilla, destaca en conversación con El Faro la importancia de que el Yennayer haya dado el salto del ámbito doméstico al público. “En contextos rurales siempre se celebró en familia, pero desde los años 80 y 90 empezó un proceso de revitalización que ha ido creciendo. En los últimos años, además, se ha institucionalizado, lo que ha permitido recuperar esta tradición en nuevos espacios”, explica.
Ella misma reconoce no haber crecido celebrando el Yennayer, algo que comparte con buena parte de su generación. “Mi padre ya no lo celebraba, y yo no supe lo que era hasta que se empezó a organizar desde fuera. Ha habido una interrupción" sostiene, mientras explica que esta brecha continúa entre los más jóvenes de la sociedad. "La mayoría de nuestro alumnado en el IES Rusadir no conocía nada sobre esta festividad, y eso dice mucho”, añade.
El Yennayer marca el inicio del calendario agrícola amazige, un momento simbólico que señala el cierre de un ciclo de cosechas y el comienzo de uno nuevo. Esta festividad, profundamente ligada a la tierra, refleja los deseos de abundancia y prosperidad para la temporada que empieza. “La importancia que tiene el calendario es que es un calendario agrícola”, explica Salma Halifa. “Es un momento en el que ya se han recogido las cosechas, se están empezando a acabar, y lo que se pide es que las siguientes sean muy abundantes”. Este vínculo con el campo y la naturaleza da sentido a muchos de los rituales tradicionales del Yennayer, como el reparto de frutos secos o dulces a los niños, símbolos de fertilidad y buenos augurios.
Halifa menciona alguna de las costumbres que rodeaban tradicionalmente al Yennayer como la elaboración de una comida especial para compartir en familia, mientras se cantaban izran, composiciones orales tradicionales u otros registros musicales. También era común esconder una almendra, por ejemplo, en uno de los platos. “Al que le tocaba, se decía que tendría buena suerte. Como en el roscón de Reyes”, comenta. Otra tradición que ha llegado hasta nuestros días es el endu, un ritual vinculado al nacimiento de un niño en fechas cercanas al Yennayer. "“Si por ejemplo nace un bebé en fechas próximas, se le pone en un lugar que se llama endu, una especie de cesta, y se arroja encima caramelos y frutos secos…”, explica Halifa.
La celebración del Yennayer ha ampliado el espacio privado y poco a poco se han ido abriendo a la institucionalización, permitiendo reconocer no sólo el nombre sino el significado, destacando el patrimonio inmaterial de esta ciudad. "Ha habido esta reactivación por parte de activistas”, afirma Halifa, quien subraya la importancia de que el Yennayer se celebre también en el ámbito público. “Me parece muy importante que se esté celebrando aquí justamente por eso, para que haya esa reactivación y los jóvenes empiecen a escuchar Yennayer, a celebrarlo”, concluye.








