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Saber cómo respira el otro y tocar al mismo compás

El regreso de Al ritmo de María a Móstoles dejó dos noches de conexión y entrega en las que María Mendoza volvió a sentirse libre sobre el escenario

por Alejandra Gutiérrez
14/07/2026 11:07 CEST
Saber cómo respira el otro y tocar al mismo compás

Al Ritmo de María en su actuación en Móstoles. -Cedida por Mendoza-


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Saber cómo respira el otro es un grado de intimidad que pocas veces se alcanza. Ocurre en las amistades largas, en las familias y, ¿por qué no?, en algunos grupos musicales. Es reconocer el instante exacto en el que un compañero necesita un compás más, adivinar un final antes de que se produzca o comprender, sin que medie una sola palabra, que una canción está a punto de cambiar de dirección.

En Al ritmo de María, esa forma de entendimiento se ha convertido en una manera de estar sobre el escenario. María Mendoza, Riduan Moh, Antonio García y Ginés Moreno han construido un lenguaje propio, hecho de miradas, cejas que se levantan levemente y gestos de las manos que el público apenas percibe, pero que sostienen el concierto de principio a fin. Está el "molinillo", un par de vueltas de muñeca con el que la cantante indica que la música debe seguir; están las miradas cómplices que anuncian un cambio de tono o un final inesperado; y está, sobre todo, la confianza de saber que, ocurra lo que ocurra, nadie dejará caer al otro.

Aunque el grupo apenas lleva dos años caminando bajo el nombre de Al ritmo de María, la historia entre sus integrantes viene de mucho antes. Además de la amistad, han coincidido en otros proyectos, en otros espectáculos, en otros escenarios que les han permitido conocerse hasta desarrollar esa extraña capacidad de anticiparse. "No tenemos telepatía, pero casi", bromea María. Y quizá no le falte razón. Porque esa conexión es precisamente la que le permite subirse al escenario con una tranquilidad difícil de encontrar en el mundo de la música en directo. Saber que todo está en buenas manos, que cualquier imprevisto encontrará una solución y que el resto de músicos será capaz de seguirla incluso cuando ella misma decide salirse del guion.

Con ese equipaje invisible, el grupo regresó este pasado fin de semana a Móstoles, en Madrid, por segundo año consecutivo. El regreso tenía algo de reencuentro y también de confirmación. El año pasado dejaron una huella evidente y este año se han convertido en el único grupo que repite en la verbena de la localidad. Un detalle que, para cualquier artista, significa mucho más que volver a ser contratado. Significa que la música permaneció en la memoria de la gente, que algo de aquella noche se quedó resonando en quienes los escucharon.

La experiencia, cuenta María, ha sido una de las más gratificantes de los últimos tiempos. Hacía mucho que no se sentía tan libre sobre un escenario. Hacía tiempo que no se permitía el lujo de desprenderse del corsé que a menudo acompaña a los artistas, esa necesidad constante de controlar cada detalle, de estar pendiente al orden del repertorio, a la siguiente canción o preocuparse sobre si todo está saliendo exactamente como se había ensayado.

Esta vez decidieron dejar todo eso a un lado. Mendoza no llevó tablet, ni lista de canciones, ni anotaciones. Subió al escenario con la única intención de disfrutar. Y en esa decisión encontró algo parecido a una liberación. "Ha sido como un ensayo abierto", explica. Hubo bromas y contacto directo con el público, improvisaciones y variaciones del directo que terminaron formando parte del espectáculo. La naturalidad, hecha diálogo, interpretación musical y acción, se impuso a cualquier planificación previa y el público respondió de la misma manera, entregándose a un concierto que se desarrolló como una conversación entre amigos.

Concierto en Móstoles -Cedidas por María Mendoza-

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Esa libertad no habría sido posible sin la confianza depositada en sus compañeros y el trabajo de unos ensayos que se mantenían frescos. Mendoza sabe que puede arriesgar porque detrás hay tres músicos capaces de seguirla hasta donde sea necesario. Cuando una armonía le recuerda a otra canción y surge una idea en mitad del ensayo, detiene todo y lanza una frase que sus compañeros ya conocen de memoria: "Esperad, esperad, que me está viniendo… estoy creando". Entonces comienza el juego.

Una melodía se enlaza con otra, aparece un cambio de ritmo, se dibuja un nuevo puente entre canciones y el repertorio empieza a transformarse. Ellos nunca se niegan. Al contrario. Crean con ella, la acompañan y permiten que esas intuiciones se conviertan en nuevas piezas del espectáculo. Dejan que las alas se batan y que ese impulso creativo termine inundando al grupo entero. Así nacen muchos de los popurrís y de las versiones que caracterizan a Al ritmo de María.

Porque versionar, para la cantante, no consiste en copiar una canción ni tampoco en destrozarla para convertirla en otra cosa. Versionar es dialogar con ella desde el respeto, descubrir posibilidades nuevas sin perder su esencia. "No se trata de superar la original ni de romperla, sino de hacer algo que sorprenda", explica.

Esa filosofía ha permitido al grupo construir un repertorio capaz de navegar entre estilos musicales muy distintos. Lírico, pop, rock, bulerías o rumbas conviven en un mismo concierto y se enlazan mediante giros, cambios de tono y transiciones inesperadas. Las canciones se transforman en un viaje que conduce al público de un lugar a otro con absoluta naturalidad.

En Móstoles, además, el repertorio fue trabajado específicamente para el tipo de público que encontraron el año pasado. El grupo observó entonces que la mayoría de asistentes respondía especialmente bien a las canciones conocidas, a esos temas que cualquiera puede tararear y cuyos estribillos forman parte de la memoria colectiva. Por eso, este año apostaron por un repertorio reconocible y participativo, destacando novedades como el popurrí de las canciones de Mónica Naranjo, una artista que forma parte de los referentes de la cantante melillense.

Doce temas conformaron el concierto, aunque la cifra resulta engañosa. Cuatro de ellos eran grandes popurrís que reunían varias canciones y llegaban a extenderse durante siete u ocho minutos. Más que un concierto, el grupo construyó un pequeño espectáculo en constante movimiento, con momentos en los que la música se detenía para dejar cantar al público, con "sordas" sostenidas únicamente por la percusión y las voces de la plaza, y con cambios de ritmo y giros que mantenían la atención despierta de principio a fin.

Todo ello sostenido por una formación que, pese a contar únicamente con tres músicos, consigue un sonido sorprendentemente robusto. Parte de esa sensación de empaque nace del trabajo de Riduan Moh al piano. Con una mano construye las líneas de bajo y con la otra desarrolla el acompañamiento armónico, rellenando espacios y aportando profundidad al repertorio. "Musicalmente sonamos muy compactos", resume Mendoza aludiendo al trabajo de sus compañeros.

Y esa compacidad fue precisamente la que le permitió sentirse libre. Porque los nervios siguen existiendo. Después de tantos años de experiencia, continúan apareciendo antes de cada concierto. "Si pierdes los nervios, le has perdido el respeto a lo que haces", define la cantante. Pero ahora los entiende de otra manera. La diferencia es que ya no deja que el miedo le corte las alas.

Los años de escenario le han enseñado a confiar en sí misma, a entender que la parte psicológica tiene un peso enorme en la voz y que un cantante que piensa que no llegará a una nota probablemente termine por no alcanzarla. Un aprendizaje que comparte continuamente con las alumnas de su escuela.

Hoy se permite improvisar. Cambiar una entrada. Modificar un giro. Bajar un tono si el momento lo pide o el día no acompaña. Jugar con la música. Jugar con su propia voz. Todo lo que ha experimentado —el lírico, el pop, el rock, el flamenco— ha terminado por construir un estilo imposible de encerrar en una sola etiqueta. "Es mi voz, es mi estilo. Mi definición es ser versátil", describe.

Y esa versatilidad fue la que volvió a conquistar Móstoles. Hubo personas que acudieron expresamente para ver al grupo y otras que, teniendo previsto marcharse a otros actos, terminaron quedándose hasta el final, enganchadas a un concierto que no las dejó levantarse de la silla. Eso, dice María, es lo que realmente llena. Sentir que el trabajo ha llegado. Que la gente ha disfrutado. Que la música ha encontrado su sitio.

Y regresar a casa con la sensación de haber sido completamente libre, de haberlo dado todo y de seguir compartiendo escenario con tres músicos que, después de tantos años, conocen perfectamente el aire del otro y saben cómo respira cada uno.

Tags: Al ritmo de MaríaAntonio GarcíaGinés MorenoMaría MendozaRiduan Moh

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