Internet ha aportado beneficios a grandes escalas en muchos ámbitos de la vida. Pero siempre hay dos caras de una misma moneda, y una de sus ramas, la de las redes sociales, ha evolucionado en una dirección que puede resultar peligrosa. Desde hace años, millones de personas en todo el mundo consumen y publican contenido en redes sociales, y no todo lo que se muestra coincide al 100 % con la realidad.
De hecho, en la mayoría de los casos, se trata de una mínima porción de vida real edulcorada. Incluso con el esfuerzo que algunas influencers intentan hacer por desvelar “todo lo que no se ve en redes sociales”, la verdad es que lo que muestran queda muy lejos del día a día de las personas. Sin embargo, esa dinámica se ha alimentado con el paso del tiempo, y casi todo lo que se ve en Internet es una versión “bonita” de lo que en realidad sucede.
Raramente se publica el lado “feo” de la cotidianidad. Ese esfuerzo por perseguir expectativas y estándares de vida que son inalcanzables para buena parte de la población pasa factura a algunas personas. La búsqueda del “me gusta” en Instagram, TikTok, X o Facebook, llevada al extremo, puede tener un impacto negativo en la autoestima de los usuarios. En algunos casos, sería el desencadenante de una situación de dependencia a las pantallas.
La dopamina que produce esa “validación instantánea” es muy placentera. Pero, lo peor de todo, es la comparación interminable con el otro para demostrar algo, sea lo que sea, al resto del público. Así, los “mejores planes”, los “momentos más divertidos” y las “vacaciones más idílicas” llevan a una pérdida de autenticidad y hasta de identidad si no se pone freno a estas conductas.
La interacción en redes a través de “likes” y comentarios funciona como una especie de refuerzo intermitente positivo que hace que estemos más horas pegados al móvil. La autoestima cae porque nada es suficiente. Estudios reflejan que el 37 % de los millennials en España reconoce haber tenido experiencias negativas en la web por confiar en exceso, además de haber compartido información personal sensible.
Aumenta la vulnerabilidad y desciende la protección en el espacio online en el que navegan, además de adultos, muchos menores. Ciberacoso, estafas, suplantación de identidad… Esta dinámica ha roto el equilibrio entre la autoexpresión digital y el cuidado de la privacidad. Es un escaparate que pocas veces tiene límites. Más allá de estos peligros, y con la mirada puesta en la salud y el bienestar de las personas, preocupa esa idealización a la que nos enfrentamos todo el tiempo.
En redes, parece que a todo el mundo le va bien en la vida. Los cánones de belleza son perfectos, las carreras profesionales, impecables. Los grupos de amigos, la vida en pareja, de ensueño. Sentir malestar relacionado al fracaso, a la exigencia o a la autocrítica-autoconcepto es completamente normal si las referencias son imposibles de lograr. Trastornos de ansiedad, depresión o conductas compensatorias compulsivas pueden encontrar su causa en esta circunstancia cuando no se dispone de herramientas para manejarla.
Cómo afrontarlo
El primer paso es comprender y reconocer que todo ese material pasa por filtros, y que está muy distorsionado con respecto a lo que realmente está sucediendo. No es que sea una falsa felicidad; es que no representa toda la verdad. Segundo, no mirar relojes ajenos, que es fuente de inseguridad, baja autoestima y de un autoconcepto negativo. No todo el mundo se ve afectado del mismo modo, pero para quienes tienen tendencia a ello, las redes sociales les hacen un flaco favor.
El tercer paso tiene que ver con la causa que lo motiva: las personas, al igual que otros mamíferos, suelen compararse para sacar conclusiones y hacer cambios adaptativos con un fin, que es sentir que están integrados socialmente. Porque el ser humano es, sobre todo, social, y necesita de otros para sobrevivir. La espiral de las plataformas digitales viene de que se premia el contenido que funciona y se viraliza. La recompensa coge fuerza con la interacción positiva de otros usuarios.
Quizá, lo que más efecto pueda tener, es tomar conciencia de este problema y quitar el “piloto automático” al consumir redes. Limitar las horas de uso, observar qué emociones y pensamientos aparecen, si hay o no malestar… Elige bien qué tipo de perfiles y contenido consumes, refuerza tus relaciones y actividades fuera de las pantallas, y pon el foco en tus propios desafíos y logros. Los objetivos, con los pies en la tierra, y siempre con un diálogo interno que sea compasivo y paciente.
Una actitud consciente y amable sobre los propios tiempos evita la sensación de insatisfacción permanente, y recordar que el valor propio no depende de un juicio ajeno. Por lo tanto, hacer un uso responsable de las redes sociales pasa también por tener una mirada crítica y cuestionar lo que nos llega. Aprovechar sus ventajas sin reducir la experiencia de vivir a una pantalla. Son consejos muy útiles para muchas otras situaciones. Pero, si el malestar va a más, lo mejor será acudir a un profesional.
Finalmente, y ligado a este fenómeno, está el concepto de FOMO “Fear of Missing Out” (miedo a perderse algo). Los jóvenes suelen bromear sobre esto, y parte, precisamente, de la comparación con los demás. Si miras fuera, todo el rato estás perdiéndote cosas. Aunque lo idóneo es pensar que no hay nada mejor que hacer en cada momento, y aceptarlo. Porque, como recuerdan los expertos, la vida son luces y sombras. Y creer que solo existen las primeras conduce a la decepción y a la infelicidad de forma irremediable.








