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El pragmatismo cartográfico colonial implementado en prioridades taxativas

“He aquí la configuración de mapas, panorámicas o fotografías, que irán librando una labor crucial a la hora de sopesar los pros y contras, de una orografía tortuosa que acabaría siendo el peor rival del Ejército de Operaciones de África”

La acción colonial en el Norte de África fue contemplada por la sociedad española como un inconveniente con laberintos peliagudos, tanto más cuanto que el territorio no sugería demasiadas perspectivas de colonización. No obstante, el revés sufrido con las últimas colonias en América y Asia se convirtió en la raíz profunda de un sentir dispuesto en pro de recuperar para España ese protagonismo relevante, entre las potencias europeas por medio de una actuación colonizadora desenvuelta.

De cara a la intuición de la desaprobación, personas de estado y de negocios, como hombres ilustres, plasmaron una especie de pórtico africanista que argumentaba alicientes políticos, económicos, científicos e ideológicos, al objeto de disuadir el punto de mira puesto en los arduos escollos peninsulares.

Y en clave a lo inicialmente referido, los geógrafos apostaron por esta tendencia y se hicieron escuchar, haciendo valer sus objetivos fundacionales, como la Real Sociedad Geográfica, materializando labores científicas y promoviendo ideas que proyectaban enarbolar la magnitud de un conocimiento apropiado del territorio norteño y de la gestión colonizadora. Pero como punto de partida de esta disertación, cuando se llevan a cabo los diseños de ordenación territorial de carácter precursor, la cartografía española aún se encuentra en la génesis de su fase de institucionalización en el universo académico, confirmando un retraso significativo con relación a otras disciplinas. En este contexto, no es de sorprender la cautela de los geógrafos desde el comienzo de la planificación y gestión del espacio terrestre, aunque se tratara de uno de los gremios que habían expresado un desvelo desmedido por lo que estaba en juego.

Dicho esto, he aquí la cartografía, o lo que es igual, la representación gráfica del terreno que oriente el conocimiento de una zona determinada y tan peculiar como el septentrión marroquí. Pero no solo hago alusión a la configuración de mapas, sino también a croquis, panorámicas o fotografías, que irán librando una labor crucial a la hora de sopesar los pros y contras, de una orografía tortuosa que acabaría convirtiéndose en el peor rival del Ejército de Operaciones de África.

En principio y para una mejor comprensión de lo desgranado, ciñéndome al concepto de ‘cartografía’, el término se refiere literalmente al arte de trazar mapas geográficos y al estudio de los mismos, como a la práctica de su confección, englobando el trípode investigación-exploración-diseño, para en conclusión perfilar un mapa minucioso en su creación. Y en lo que atañe al ‘levantamiento topográfico’, es un estudio técnico y descriptivo de un terreno, inspeccionando la superficie terrestre en la que se divisan las propiedades físicas, geográficas y geológicas del terreno, pero igualmente sus variaciones y cambios.

Adelantándome a lo que seguidamente fundamentaré, a los trabajos parsimoniosos de levantamiento sobre el suelo, los cartógrafos militares hubieron de sobreponer una embarazosa dificultad suplementaria: la acotación de topónimos. Me explico: en los trechos en que se realizó la composición del mapa marroquí, no constaba una relación de nombres propios de la zona, ni tampoco un método normalizado para transferir la fonética bereber al castellano.

Y para dificultar más la cuestión, en el Protectorado se dialogaba tanto el árabe como variedades dialectales del bereber, a modo de giros o modismos particulares que retratan a distintos grupos de hablantes de una lengua, sin objetar la unidad lingüística de su idioma. Para más inri, según el enclave de las cabilas concurrentes, los accidentes topográficos recibían sobrenombres variados. De este modo, el repertorio de topónimos pasó a empeorar drásticamente los estudios.

De hecho, un número irrisorio de Oficiales del Cuerpo de Estados Mayor dominaban las lenguas árabe y bereber, de manera que no quedó otra que valerse de la ayuda expresa de los nativos y así transcribir los topónimos escuchándolos. La Comisión Geográfica procedió en esta misión con el respaldo de los Oficiales pertenecientes al Servicio de Información e Intervención Indígena. Sin embargo, el producto de la fórmula anterior no estaba a la altura, de ahí que las disonancias en el razonamiento toponímico forzaron a puntadas de corrección, problematizando la secuencia de inscripción y estampación del mapa.

Lo cierto es que antes de lo esperado, la instantánea descriptiva abreviada de una zona con rasgos métricos sobre una extensión bidimensional con aspecto plano, esférico e incluso poliédrico, se incorporó la altimetría mediante curvas de nivel con equidistancia de veinte metros. Y para aportar la interpretación de distancias se sumó un cuadriculado en cónica secante.

“He aquí la configuración de mapas, panorámicas o fotografías, que irán librando una labor crucial a la hora de sopesar los pros y contras, de una orografía tortuosa que acabaría siendo el peor rival del Ejército de Operaciones de África”

A ello hay que añadir la impresión efectuada en cinco colores: primero, siena, para las curvas de nivel; segundo, verde, para la cuadrícula militar y tercero, en las tonalidades rojo, negro y azul, para la planimetría (mostrar en un plano horizontal a escala las aclaraciones de un terreno) y altimetría (orientado en fijar la elevación de cada punto con respecto a una reseña, fraguando mapas con curvas de nivel que ofrecen la orografía de la comarca).

Por mencionar un ejemplo de la rudeza orográfica y la justificación apremiante por poner en funcionamiento el encaje cartográfico, durante mucho tiempo la Zona Central del Rif y la Gomara, perduraron como regiones inexploradas y comprometidas, con escasísima información de la que casi podría desprenderse que adentrarse en ella era poco más o menos, como transitar a ciegas entre cuchillos afilados.

Con estas connotaciones preliminares, España adquirió un modesto y diviso imperio colonial, acomodado por demarcaciones de caprichosa amplitud y envergadura.

Llámense el Protectorado de España en Marruecos, el territorio del Sahara y las colonias del Golfo de Guinea. A estas posesiones diseminadas se sumó el pequeño enclave de Sidi Ifni y en su totalidad, reunían cerca de 350.000 kilómetros cuadrados con una urbe levemente por encima del millón de residentes. Luego, la cognición geofísica de estas circunscripciones era precaria, no existiendo mapas a gran escala y aún no se había ejecutado la divisoria de sus límites fronterizos.

Por lo tanto, la cartografía era inapreciable y si cabe esta apreciación, de dudosa veracidad. Y es que desde el siglo XIX, la competencia sobre la cartografía colonial quedaba en manos del Cuerpo de Estado Mayor del Ejército, articulada mediante una aplicación especializada que recibía la denominación de Depósito de la Guerra.

De manera sucinta, el Depósito de la Guerra creó una unidad cartográfica exclusiva con el cometido de consumar levantamientos en terreno marroquí y que primeramente se llamó Comisión de Estado Mayor en Marruecos. A continuación, la misma unidad pasó a distinguirse como Comisión Topográfica de Marruecos (1910-1920); más tarde, Comisión Geográfica de Marruecos (1920-1925) y después, Comisión Geográfica de Marruecos y Límites (1925-1935). Si bien, las variaciones de denominación no entrañaron modificación en su predisposición.

Más adelante, en los primeros meses de 1931, tendría lugar una reestructuración de los Servicios Cartográficos Militares y el Depósito de la Guerra sustituyó su nombre por el de Sección Cartográfica del Estado Mayor Central. En tanto, algunas de sus facultades en materia de cartografía topográfica acabaron cediéndose a una entidad civil. Me refiero al Instituto Geográfico y Catastral. Aunque ciertamente las reformas funcionales y organizativas quedaron armonizadas por componentes de continuidad, pero no repercutieron en la actividad desplegada en África. Asimismo, la Comisión Geográfica de Marruecos era la unidad principal subordinada a la Sección Cartográfica del Estado Mayor Central y la única consagrada en cuerpo y alma a la cartografía colonial.

Desde entonces, bregaba incesantemente sobre la comarca marroquí.

Interesa recordar que desde la instauración del Protectorado de España, la Comisión de Marruecos asumía la rama de la cartografía topográfica del Protectorado y desde 1926, valga la redundancia, la determinación del frontispicio con el Protectorado de Francia. De ahí, su tratamiento público de Comisión Geográfica de Marruecos y Límites.

Sobraría señalar que la encomienda de campo en el Protectorado demandaba una dosis de experiencia acumulada y conocimiento del entorno. En este sentido, el temple de los recursos humanos proporcionaba un ingrediente virtuoso y probablemente resultaría inverosímil hallar en el Ejército de África una unidad tan firme y compacta como la Comisión Geográfica de Marruecos.

Brevemente, los Jefes y Oficiales a modo de cabezas visibles de una formación vigorosa que no tenía comparación en la Península, la constituía cerca de un centenar de sujetos vinculados a la Brigada Obrera y Topográfica de Estado Mayor. Además, a este bloque experto se fusionan los portaminas nativos y el cuadro auxiliar confiado al traslado de suministros y dotaciones. ¿Y qué decir de su puesta a punto sobre el terreno? Significaba la movilización sincrónica de más de doscientos individuos.

Por otro lado, la Comisión Geográfica se vertebraba en dos secciones: la Geográfica, con base en Ceuta y de la que corría a cargo los levantamientos topográficos diarios; y de Límites, con centro de operaciones en Melilla y el encargo de delimitar la divisoria hispano-francesa. Como referencia de fuste, el más importante de los objetivos requeridos, iba a ser el levantamiento del mapa topográfico del Protectorado de Marruecos a escala 1:50.000 y del que había sido dictaminado por el Depósito de la Guerra, una vez finalizada la Guerra del Rif (8-VI-1911/8-VII-1927). Y desde este momento tras dieciséis años de duros enfrentamientos, este mapa se erigió en la principal preferencia de la cartografía militar.

Adentrándome fugazmente en algunos de los hechos constatados, la incidencia colonial esclarece este propósito. O séase, la carta topográfica era un acceso imprescindible para abrir brecha en la incrustación de España en el Norte de África, así como para apuntalar el dominio militar de la zona. Sin inmiscuir, que a comienzos del impulso de la navegación aérea y con el designio de tonificar el control estratégico del hinterland de las Islas Canarias, produjo un incentivo complementario a la empresa cartográfica marroquí.

Y en el levantamiento del mapa se utilizaron dos procedimientos distintos: primero, la taquimetría clásica en los flancos Oriental y Occidental del Protectorado y segundo, la fotogrametría terrestre en el área más infranqueable del Rif. Obviamente, la conjunción de estas metodologías se presta a la culminación resuelta de un levantamiento practicado sobre un región abrupta y en su mayor parte ignota.

A este tenor, se hacía indispensable llevar a término el levantamiento topográfico de la franja demarcatoria de los Protectorados de Francia y España y moldear un documento cartográfico fehaciente que sirviese de base a la delimitación categórica de las superficies concernientes. En sí, existe un matiz que no ha de soslayarse y que corrobora lo expuesto: el convenio hispano-francés (27/XI/1912) por el que se convino la conformación del Protectorado español, se consignó sin haber ningún mapa riguroso.

Véase que el acuerdo introdujo un recorrido colindante supuestamente sencillo en los márgenes Oriental y Occidental de la demarcación, pero complejo en el resto. Tal es así, que en el entramado Oriental el borde debía continuar el sesgo del río Muluya hasta tocar Mexera Kelila. El Muluya, constantemente caudaloso, derivaba en un límite teóricamente factible de precisar. En cambio, en la faja Occidental la divisoria debía mantener el paralelo Norte hasta rebasar el trazado del río Lucus, cercano de Alcazarquivir. La amplia parcela intermedia entre la travesía del Muluya y el Lucus de más de trescientos kilómetros de desarrollo rectilíneo, quedó determinado en el convenio a dos velas y con una transcripción vaga y sin apoyo cartográfico.

Sugerido de otro modo: su limitación se convertiría en una fractura insalvable.

“Quienes trabajaron afanosamente por llevar a cabo la praxis cartográfica, perseguían la representación gráfica del terreno que los disciplinase y condujera al conocimiento de un territorio indocumentado e inexplorado hasta entonces”

A esto ha de sumarse que las operaciones militares intrincaron todavía más este contexto. Sin ir más lejos, durante el conflicto del Rif la línea que concreta el límite fronterizo pactado en 1912, se rectificó de facto en varias posiciones. Y en el transcurso de la misma, las fuerzas francas irrumpieron en la zona española y plantaron reductos defensivos al Norte del río Uarga.

Esta incursión que desde primera hora era de signo transitorio, contrajo un carácter definitivo tras el compromiso rubricado el 25/VI/1925 en la capital del Reino entre los gobiernos de España y Francia. Toda vez, que el pacto no prescindió en zona francesa de las cabilas Beni Bucelama, Fernassa, Beni Uanyel, Metiua, Marnissa y parte de la cabila de Beni Zerual. Y no quedando aquí la cuestión, en la campaña consecutiva al Desembarco de Alhucemas (8/IX/1925), afloraron otros puntos de disputa en las cabilas de Gueznaya, Beni Zeruel y Beni Buyahi, en las que las fuerzas francesas constituyeron y conservaron emplazamientos estratégicos en tramos reivindicados por España.

Al tal efecto, para procurar encontrar una solución a los inconvenientes delimitantes se concertó otro acuerdo diplomático (10/VII/1926), en el que se satisfizo restablecer lo antes posible las labores de deslinde pertinentes, abordándolo previamente en el segmento divisorio que se ensancha desde el río Muluya hasta el Yebel Rokdi, un lugar apaciguado de revueltas.

Desde este instante, el Ministerio de la Guerra optó por entonar y reforzar la sección de Límites bajo la autoridad inmediata del Jefe de la Comisión Geográfica de Marruecos y reubicar la sede en Melilla, estando más cerca de la zona de operaciones.

Preliminarmente los cartógrafos españoles proyectaron amoldar sus tareas a una faja de unos doce kilómetros de ancho establecida en el Convenio de 1912. En contraste, la sección francesa de la Comisión de Límites solicitó elevar la linde limítrofe suscrita en 1925 y la reglada desde 1926.

Tras unas espinosas conversaciones se decidió que el levantamiento envolviese la totalidad de la prolongación del terreno, sin que la finalidad del deslinde delimitante prosperase ni un solo centímetro.

Indiscutiblemente, la duplicación de la ocupación de los cartógrafos delata el malestar reinante entre ambas direcciones a propósito del Imperio Jerifiano. La disconformidad no era más bien de índole técnica, sino política. Y dada la morfología de la cordillera del Rif y los medios de la época, unido a una región envuelta en un halo levantisco e insurgente y alzado en pie de guerra, resultaba inalcanzable componer una forma de acceso Este-Oeste manteniendo el repecho de la cadena rifeña. El único resquicio de encajar un enlace cruzado dentro del Protectorado español gravitaba en dominar las elevaciones que resaltan la vertiente meridional del Rif.

Evidentemente, el ensanche de la zona francesa al Norte del Uarga, implicaba mucho más que una pérdida geográfica ostensible para los intereses españoles, porque desmantelaba la ocasión de crear una comunicación militar invulnerable.

El ahínco diplomático para encarrilar esta tesitura colisionó con la obstinación de Francia para ceder un panorama estratégico que les era favorable. El apoderamiento militar francés en las cabilas de Beni Zerual, Gueznaya y Beni Buyahi persistió, sin que el tiento mediador hallase una ecuación para orillar la polémica. Así, era inviable pasar a la acción con el deslinde de la divisoria y mucho menos, retomar los quehaceres topográficos al Oeste del Yebel Rokdi.

El 2/VI/1932 los encargados del Ministerio de Estado prescribieron que en los pliegos del mapa topográfico del Protectorado a escala 1:50.000 se hiciese reflejar la nota literal que cito y que desenmascara los hechos observados: “No comprende la totalidad del territorio que corresponde al Protectorado español, a causa de no haberse podido realizar con anterioridad a la fecha de su publicación las operaciones topográficas para la delimitación de las zonas Española y Francesa”.

Queda claro, que los contratiempos para alcanzar una conformidad diplomática entre Francia y España hubieran podido dejar en el dique seco a la sección de Límites de la Comisión Geográfica de Marruecos.

Pese a todo, los movimientos incisivos perpetrados por el ejército francés en el Sur de Marruecos, alteraron otra vez una situación de por sí, intrincada: la carga sobre el valle del Sus reprimió las últimas bolsas de resistencia cabileñas y con ella saltaba otra fase en la inserción Occidental, dando luz verde a la ocupación del territorio de Ifni. Amén, que sin ánimo de extralimitarme en la extensión de estas líneas y sabedor que este tema requeriría de una disección más profunda, la estructuración del mapa de Ifni se acordó casi desde la misma óptica de desconocimiento geográfico arrastrado desde 1860.

Basta indicar que los diálogos diplomáticos, a la postre afinados en negociaciones, se cristalizaron teniendo como aval cartográfico la reproducción de 1908 a escala 1:1.000.000. Se trata de una recopilación de varias fuentes y con una relación de proporción entre las dimensiones reales y las del dibujo que lo describe, completamente improcedente para la implantación de fronteras, además de un mapa producido originariamente en 1897 y tupido de equívocos.

Es conveniente subrayar, que por activa y por pasiva, España sostuvo ante Francia el requerimiento de que Ifni era el lugar de Santa Cruz de la Mar Pequeña, y los intermediarios del pacto fueron más allá al adjudicar unas acotaciones especificas a la localización de Ifni.

En suma, el sí extraído a Marruecos para la plasmación de un área de pesquería se tradujo, fruto de los entendimientos coloniales, en una comarca de algo más de dos mil kilómetros cuadrados ubicada como una pirámide truncada en el Protectorado francés. Y en el mismo acuerdo se detallaba que un órgano de apoyo o asesoramiento técnico nombrado por los Gobiernos de Francia y España, correría a cuenta, llegado el caso, para reglar el gráfico escrupuloso de los limites correspondientes.

“Quienes trabajaron afanosamente por llevar a cabo la praxis cartográfica, perseguían la representación gráfica del terreno que los disciplinase y condujera al conocimiento de un territorio indocumentado e inexplorado hasta entonces”.

Consecuentemente, habiendo intentado ilustrar la praxis cartografía puesta en escena en el espacio temporal y entorno geográfico descrito, quienes trabajaron afanosamente por llevarlo a término, perseguían la representación gráfica del terreno que los disciplinase y condujera al conocimiento de un territorio indocumentado e inexplorado hasta entonces: Marruecos, con sus luces y sombras, manteniendo su denominación oficial como el Imperio Jerifiano, en árabe romanizado, al-Mamlaka al-Maghribiya al-Sharifa o Estado Jerifiano. Pero no se remitieron meramente a la hechura de cartas, mapas o croquis de reconocimiento de múltiples escalas y con visiones diferenciadas que se adoptan en los medios potenciales, sino igualmente en fotografías y panorámicas terrestres o aéreas, para su levantamiento mediante itinerarios taquimétricos hasta la fotogrametría terrestre, trascendiendo el mapa una combinación ideal del terreno o superficie, esto último, en lo que algunos calificaron como las sobras del Protectorado para España. Pues nada más ver el ratio de fuerzas subyacentes, se detecta la descomedida asimetría entre el Norte y Sur de nuestra presencia en tierras africanas.

Allende a la eventualidad del rosario de campañas para el Ejército Expedicionario de África en Marruecos definidas por la irregularidad en la manera de batallar de los rebeldes, los campos geodésicos y topográficos subieron peldaños en su bifurcación. Hasta el punto, de valerse para una serie de levantamientos sustentados en mapas itinerarios con un exponente logístico clarividente: primero, sin manejo de altimetría, pero a posteriori encarecieron para un automatismo extendido y capaz del menester táctico, donde se hace incuestionable el paradigma acreditado de la cartografía militar.

Con lo cual, la superposición y engranaje del puzle cartográfico en el galimatías marroquí, se consideró para España fundamental, urgida por sus deberes colonizadores contraídos en la Conferencia de Algeciras (16-I-1906/7-IV-1906). Y que como es sabido, se concretaría en el convenio con Francia enfocado al dominio ejercido en su Protectorado sobre algunas de las partes del Imperio Jerifiano, entre los años 1912 y 1956, respectivamente.

Finalmente, no ha de omitirse de este relato la naturaleza e idiosincrasia del mapa de operaciones o reconocimiento en el teatro colonial, que en numerosas coyunturas y según marchaba la aritmética en su devenir, eran elaborados por equipos cartográficos de vanguardia, dando buena cuenta de la adversidad orográfica que presentaba este paisaje con quebrados sistemas accidentados y por momentos, la oscilación incontrastable en el guarismo de activos humanos al filo de lo imposible.

A pesar de los pros y contras, paulatinamente se desbancan los mapas de reconocimiento y ocupan la delantera los mapas de urgencia y operaciones, junto a los croquis para el apoyo de los mismos, pero ahora con pinceladas sobreimpresas de obligado cumplimiento. Llámese la triada distancias-posiciones-comunicaciones. Pero sobre todo, la pormenorización del acomodo de las tribus locales, adquiriendo un alcance territorial valiosísimo, porque comienzan a trazarse las líneas maestras de avance o zonas inspeccionadas, para hacer una llamada directa a las cabilas en curso.

De modo, que desde este momento los mapas atesoran el espectro de las hordas bereberes, puesto que toda doctrina colonial lleva aparejado el contacto y la sociabilidad con las cabilas, siempre con la aspiración de brindar seguridad y patrocinar el desenvolvimiento de la región.

Pero antes de lo hilvanado en este recoveco de querer salir airosos de la tenacidad indígena, la historiografía ha puesto de relieve que la mayoría de las desdichas concernieron a las lagunas e imprevisión de información previa en cuanto a los vastos sectores geográficos con elevadas cordilleras y valles tortuosos habidos en Marruecos, con la que las unidades de combate españolas tuvieron que enfrentarse, arrastrando sobre sí las carencias cartográficas de campaña, donde a duras penas puede disfrazarse que el atolladero cartográfico quedaba fuera de toda duda para sucumbir ante un contrincante formidable y falto de escrúpulos como el rifeño.

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