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Melilla, bajo presión

EL delegado del Gobierno, Abdelmalik El Barkani, advirtió ayer de la magnitud de la tragedia que vive Melilla: Al menos 10.000 personas aguardan al otro lado de la valla para entrar en la ciudad. Todo indica, según la información que baraja El Barkani, que los datos de inmigrantes que saltarán la doble alambrada, llegarán en pateras, en dobles fondos o en balsas de juguete superará este año la cifra de 2.200 entradas registradas en 2012.
De cumplirse las previsiones de la Delegación del Gobierno, Melilla contará su tercer año consecutivos soportando una presión migratoria sólo comparable a la de la crisis de 2005, cuando en tres meses entraron de forma irregular en la ciudad cerca de 3.000 inmigrantes subsaharianos.
Ayer, Gil Arias, el director adjunto de Frontex (la Agencia de Control de Fronteras Exteriores de la Unión Europea) adelantó que en lo que llevamos de año se ha incrementado un 51% la entrada de inmigrantes a Europa, sobre todo, a través de las vallas de las ciudades de  Melilla y Ceuta.
La pregunta, a estas alturas, no puede ser más obvia: ¿Qué ha hecho Europa en todo este tiempo para echar una mano a Melilla? De momento sabemos que las “excelentes” relaciones de España con Marruecos no han salido de una mesa de negociación en Bruselas, sino del esfuerzo del Gobierno central, que ha trabajado a fondo hasta conseguir que el país vecino ponga también de su parte en la contención de la llegada de inmigrantes a la ciudad y a Ceuta.
No se trata de que nos cerremos a los flujos migratorios, se trata de preguntarnos si puede Melilla, con más de 13.000 parados, soportar la llegada de 10.000 personas.
Está claro que no. Melilla puede hacer poco o muy poco para solucionar el problema. La Ciudad no tienen margen de maniobra. Esto es competencia de Europa. Los inmigrantes vienen huyendo de la guerra. Tendrá que ser la UE la que medie para ayudar a poner fin a esos conflictos y ponga dinero para colaborar al desarrollo de esos países en conflicto.
No puede ser que lo normal para Melilla sea estar sometida a una presión migratoria del calibre que soporta la ciudad. Aunque lo parezca, no es ni puede ser normal.

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