En el taller de Mil Cien Grados el tiempo tiene otra medida. Está en el barro que espera sobre una mesa, en las piezas que todavía conservan la humedad de las manos que las han modelado y en los objetos que deben permanecer quietos antes de entrar en el horno. Está también en las conversaciones de quienes llegan después de la jornada de trabajo, en la concentración con la que alguien intenta levantar una forma que todavía no sabe cómo terminará y en esa pequeña incertidumbre que acompaña cada cocción. Una pieza de cerámica no responde del todo a quien la hace: hay que darle tiempo, aceptar sus condiciones y esperar a que el fuego revele lo que ha ocurrido.
Ese aprendizaje está en el centro de la nueva temporada de Mil Cien Grados, que comienza el 14 de septiembre y se prolonga hasta junio. Marian Vendrell ha organizado el taller alrededor de dos maneras diferentes de acercarse a la cerámica. Están las clases regulares, pensadas para quienes quieren aprender de manera continuada y convertir el trabajo con el barro en una parte estable de su semana, y los talleres puntuales, concebidos como una experiencia más breve, ligada al disfrute y a la posibilidad de realizar una pieza concreta en unas horas.
En las clases regulares, las primeras cuatro sesiones están dedicadas a entrar en contacto con la materia de una forma profunda. Marian enseña cómo se comporta el barro, qué se puede esperar de él, cuáles son los tiempos de secado, cómo funciona el horno, cómo se manejan los diferentes materiales y qué resultados puede ofrecer cada técnica. No se trata únicamente de aprender a fabricar un objeto, sino de comprender el proceso que existe detrás de él. La cerámica obliga a conocer una sucesión de fases que no pueden ignorarse: el trabajo en fresco, el secado, el lijado, la decoración, las cocciones, el esmaltado y, de nuevo, el fuego.
Después de esas primeras sesiones aparece una libertad mayor. Cada alumno puede empezar a orientar su trabajo hacia aquello que le interesa: piezas decorativas, objetos utilitarios, elementos para la cocina, vajillas o cualquier proyecto que le despierte curiosidad. La intención de Marian es que, una vez adquiridas las herramientas básicas, cada persona encuentre su propia relación con el material. El taller no funciona entonces como un espacio en el que todos hacen lo mismo, sino como un lugar donde las posibilidades empiezan a multiplicarse.
No hace falta experiencia previa. Tampoco es necesario llegar con una idea clara de lo que significa ser creativo. Para empezar basta con tener ganas. Marian entiende la cerámica como una conversación entre la persona y la materia. Uno llega con una intención, pero el barro interviene. Se deforma, se resiste, se seca, obliga a modificar una decisión y, en ocasiones, sugiere otra. "Hay un diálogo con el barro", explica. Mientras las manos trabajan van apareciendo formas y posibilidades que no estaban previstas al principio.
Ese diálogo implica aceptar también el error. Una pieza puede romperse, agrietarse o terminar siendo diferente de aquella que se había imaginado. Para Marian, esa posibilidad no constituye un accidente ajeno al aprendizaje, sino una parte esencial del proceso. "La pieza no puede salir, puede ser totalmente diferente de cómo la empezaste", explica. Lo importante es concederse la posibilidad de probar y equivocarse sin convertir el resultado en la única medida de la experiencia.
El barro introduce además una pedagogía que no depende de las palabras. Enseña paciencia. Por mucho que quien trabaja quiera avanzar deprisa, la materia necesita sus tiempos. Una pieza demasiado húmeda no está preparada para el siguiente paso; una pieza secada demasiado rápido puede agrietarse; un objeto necesita el grosor adecuado antes de enfrentarse al horno. La cerámica obliga a detenerse. El proceso continúa después del modelado con el lijado, la decoración, las cocciones y el esmaltado. Cada etapa depende de la anterior y ninguna puede acelerarse indefinidamente.
Los talleres puntuales de esta nueva temporada parten precisamente de otra observación. El año pasado funcionaron especialmente bien los talleres de primer contacto, algunos de ellos incluso dos veces por trimestre. Sin embargo, Marian ha decidido no repetirlos. Había comprobado que en esas sesiones se detenía demasiado en las explicaciones técnicas cuando buena parte de quienes acudían durante el fin de semana buscaban otra cosa: desconectar, conversar, mancharse las manos y pasar un rato agradable haciendo una pieza sencilla.
La nueva programación estará organizada por series. La primera estará dedicada al hogar y comenzará por objetos para la entrada de la casa. Habrá un vaciabolsillos, un colgador de llaves y una hoja de cerámica concebida para escribir notas y poder borrarlas después. Más adelante llegará la serie de cocina, con un platito rallador, una pieza para apoyar la cuchara, un bol de aperitivos y una bandeja para compartir. Después aparecerán los talleres de Navidad y, entre marzo y junio, continuará la serie Hogar. Marian contempla abrir más adelante otras líneas dedicadas a ámbitos como las mascotas o los bebés.
El cambio de formato responde a una voluntad de simplificar. Si las clases regulares permiten profundizar en las técnicas, los talleres puntuales estarán diseñados para que la experiencia sea más directa. En ellos, Marian no necesita explicar todo aquello que puede aprenderse a lo largo de varios meses. Puede concentrarse en que la persona disfrute del contacto con el barro, haga una pieza accesible y se marche con la sensación de haber dedicado unas horas a algo distinto.
La nueva temporada incorpora además diferentes modalidades de asistencia: bonos flexibles, bono mensual y una opción más puntual para alumnos que ya hayan pasado por el taller y quieran regresar para realizar una pieza concreta. Las clases se desarrollan los martes y jueves, con distintos turnos de tarde, entre las cinco y las nueve. La previsión de nuevas incorporaciones es otro de los motivos de entusiasmo para Marian. Este año empiezan bastantes personas nuevas y esa renovación mantiene abierto el carácter del espacio.
Concentrar y seleccionar
Mil Cien Grados comenzó a tomar forma entre 2021 y 2022. Desde entonces, el proyecto ha atravesado una etapa de prueba en la que casi todo parecía posible. Hubo mercadillos, clases, talleres, cumpleaños y otras actividades. Había que experimentar para averiguar qué funcionaba y qué tipo de proyecto podía sostenerse en el tiempo. La continuidad del espacio creativo es ahora uno de los aspectos que Marian valora con mayor satisfacción.
Pero la evolución también ha consistido en renunciar. Durante los primeros años acudía a numerosos mercadillos y producía pensando en mantener un stock amplio. Ahora ha decidido limitar esas apariciones a tres al año y preparar para ellas producciones de mayor calidad. La decisión parece sencilla, pero implica cambiar una lógica de trabajo: hacer menos para poder dedicar más atención a cada pieza.
"Prefiero elegir tres al año y que sean producciones de muchísima mejor calidad", explica. En esa frase está contenida buena parte de la transformación de Mil Cien Grados. La estabilidad que Marian busca no pasa por llenar el calendario, sino por descubrir qué merece realmente su tiempo. Las clases, las cocciones, los encargos, la organización y la producción propia compiten por una atención limitada. Ordenar esas prioridades se ha convertido en una parte más de su trabajo.
El proyecto, además, ha ampliado sus vínculos con el entorno. Si en un principio las personas llegaban principalmente desde la calle, atraídas por la posibilidad de aprender o experimentar con la cerámica, poco a poco han aparecido nuevos perfiles y encargos institucionales. Durante las Navidades, Mil Cien Grados participó en el Belén, mostrando y explicando el trabajo de la alfarería a los ciudadanos de Melilla. El taller comenzó así a ocupar un lugar más visible dentro de la vida cotidiana de la ciudad.
Ese crecimiento es el que Marian quiere consolidar ahora. Lo hace, paradójicamente, desde una reducción. Habrá menos talleres puntuales que otros años, pero estarán más definidos. Habrá menos mercadillos, pero la producción destinada a ellos será más cuidada. Y las clases regulares tendrán un espacio propio para que el aprendizaje pueda desarrollarse sin la presión de convertir cada encuentro en una actividad de iniciación.
También hay una razón personal detrás de esas decisiones. Marian habla de mejorar la calidad de las clases y de las piezas, pero añade otra dimensión que resulta decisiva: su propia calidad de vida. La conciliación forma parte de la sostenibilidad del proyecto. No se puede medir el crecimiento únicamente por el número de actividades si para mantenerlas hay que trabajar de manera permanente al límite de las propias posibilidades.
En ese sentido, Mil Cien Grados se encuentra en un momento de madurez. No porque haya dejado atrás la experimentación, sino porque ahora la experimentación está acompañada de criterio. Marian sabe mejor qué quiere ofrecer, a quién quiere dirigirse y cuánto puede abarcar. La ilusión de seguir creciendo permanece, pero ya no parece asociada a la necesidad de hacer más cosas o llegar a todos los espacios.
La producción propia
La producción de Marian nace de una relación muy directa con aquello que la rodea. Su inspiración es fundamentalmente visual y está atravesada por Melilla: el mar, los colores del cielo, la arquitectura modernista, los edificios que forman parte del paisaje cotidiano. No necesita convertir esos elementos en representaciones literales. Le basta con observarlos y trasladar determinadas sensaciones a la superficie de una pieza.
En la colección Amanecer y Atardecer, por ejemplo, aparecen los colores del cielo. La pieza funciona como una superficie sobre la que quedan retenidos distintos momentos de una misma luz. La referencia al paisaje no busca reproducirlo de manera exacta, sino conservar algo de su atmósfera.
En la colección de símbolos Amazigh aparece otra clase de inspiración. Aquí la mirada de Marian se dirige hacia la cultura y hacia la necesidad de mantener presentes unas raíces. Los símbolos vinculados al Rif forman parte de una memoria que, a su juicio, corre el riesgo de perderse a medida que cambia la relación de las nuevas generaciones con sus referentes culturales. Llevar esa simbología a la cerámica es una manera de incorporarla a objetos contemporáneos y permitir que continúe circulando.
Para convertir una idea en una pieza hay que sintetizar. Marian habla de hacer pruebas, descubrir qué funciona y descartar aquello que sobra. Su objetivo es conseguir una imagen directa, pero suficientemente abierta para que quien la observe pueda completarla con su propia interpretación. "Llévame al mar", por ejemplo, puede resolverse con un fondo azul y un mensaje. No hace falta dibujar las olas. La frase contiene la idea y deja espacio alrededor.
Esa búsqueda de sencillez está relacionada con su propia evolución como creadora. Hubo un tiempo en el que hacía piezas para acumular stock y responder a las necesidades de los mercadillos. Ahora intenta partir de otro lugar: hacer aquello que realmente quiere hacer. Antes de ponerse manos a la obra tiene que existir el deseo de construir una pieza concreta y de conseguir que transmita aquello que imaginó.
La materia completa después ese proceso. El barro permite materializar una idea, una emoción, una sensación o incluso un mensaje, pero también obliga a modificarlo. Cada objeto pasa por las manos de Marian en distintas etapas. Lo piensa, lo crea, lo lija, lo pinta, lo cuece y vuelve a intervenir sobre él. El acabado tiene una importancia especial: busca superficies cuidadas y elegantes dentro de su propio lenguaje.
Por eso, cuando una pieza abandona el taller, Marian siente que se lleva algo de ella. No solamente un objeto, sino una suma de pensamientos, decisiones, pruebas y horas de trabajo. La pieza contiene también la visualización que tuvo durante el proceso, la atención al detalle y todas las pequeñas correcciones que quedan ocultas cuando el objeto finalmente llega a una casa.
Pero el intercambio no funciona únicamente en una dirección. No hace falta comprar una pieza para participar en él. Marian recuerda a las personas que se acercan a mirar y le dicen que algo les parece bonito. Son comentarios aparentemente pequeños, pero que también forman parte de lo que recibe a cambio de su trabajo. "Qué bonito, hija", le dicen a veces algunas mujeres mayores. Ella se queda con esas palabras del mismo modo que otra persona puede quedarse con una pieza.
La cerámica termina creando así una relación entre personas que quizá no se conocen. Alguien deposita parte de su tiempo y de su mirada en un objeto; otra persona lo incorpora a su vida cotidiana. La pieza puede convertirse en una taza, un plato, un objeto decorativo o un recuerdo. Cada uso añade una historia distinta a la que existía en el taller.
Eso es lo que Marian parece haber aprendido durante estos años: que el proyecto no necesita crecer en todas las direcciones al mismo tiempo. Puede hacerlo hacia dentro, afinando una técnica; hacia fuera, llegando a nuevos públicos; o simplemente encontrando una manera más sostenible de continuar. Mil Cien Grados ha pasado por una etapa de acumulación y prueba y entra ahora en otra de selección.
En el taller seguirán llegando manos nuevas. Algunas sabrán exactamente qué quieren hacer y otras llegarán sin ninguna idea. Habrá piezas que salgan como estaban previstas y otras que se agrieten o cambien de forma. Habrá clases en las que el aprendizaje técnico ocupará toda la tarde y talleres en los que el objetivo será, sencillamente, desconectar durante unas horas. En todos los casos estará el barro, imponiendo su ritmo.
Y quizá esa sea la mejor manera de entender el momento actual de Mil Cien Grados: como un proyecto que ha aprendido que sostenerse también es una forma de creación. Marian ya no intenta llenar todos los espacios disponibles. Ha empezado a dejar algunos vacíos para que puedan ocurrir otras cosas. Igual que sucede con sus piezas, el resultado no está completamente decidido. Solo necesita tiempo.







