Ni el cielo encapotado de primera hora ni la humedad sofocante han detenido el impulso de los melillenses por acercarse al mar. Este domingo, tras una semana de cielos grises y ambiente cargado, las playas han vuelto a ser el destino elegido por centenares de vecinos y turistas, especialmente en Los Cárabos y la Ensenada de los Galápagos, dos enclaves emblemáticos del litoral melillense.
La mañana comenzó con un cielo cubierto, casi uniforme, sin rastro del azul que muchos esperaban para un domingo de mediados de junio. El bochorno matinal, unido a una brisa fresca, hacía presagiar un día espeso. Sin embargo, en torno al mediodía, el panorama cambió. Las nubes comenzaron a abrirse y, poco a poco, el sol se fue filtrando hasta dominar completamente el paisaje hacia las 13:00 horas.
A partir de ese momento, las temperaturas subieron con rapidez, rondando los 25 grados, pero la sensación térmica era mayor debido a una humedad que llegó a superar el 85 %. Esa mezcla de calor y aire denso vació las calles del centro de la ciudad. En contraste, las playas comenzaron a llenarse a ritmo constante. Allí, donde la brisa marina hacía más llevadero el día, se refugiaron familias enteras, grupos de jóvenes, niños con cubos y palas y personas mayores con sillas plegables, buscando la cercanía del agua.
Los Cárabos
La Playa de los Cárabos, una de las más amplias y concurridas de Melilla, ha sido el punto de mayor afluencia durante toda la jornada. Ya a media mañana, las primeras sombrillas comenzaban a desplegarse, desafiando la persistente capa de nubes. Para muchos, el pronóstico gris no era motivo suficiente para quedarse en casa.
"Venimos cada domingo, haga el tiempo que haga porque como trabajamos toda la semana solo tenemos hoy para descansar", ha comentado un vecino del barrio de Cabrerizas que había llegado con su mujer y sus hijos.
En cuanto el sol apareció, el ritmo en la playa se transformó: niños corriendo hacia el agua, toallas ocupando cada metro cuadrado de arena, altavoces portátiles con música y los clásicos partidos de palas o fútbol. Los bares cercanos al paseo marítimo comenzaron a llenarse, con colas en las barras para conseguir bebidas frías o una tapa rápida.
El mar, completamente en calma, fue un atractivo más. La temperatura del agua ofrecía un contraste ideal frente al ambiente cargado. Durante toda la tarde la marea se mantuvo apta para el baño sin incidentes, gracias también a la vigilancia habitual de socorristas y efectivos de Protección Civil.
Galápagos
Mientras Los Cárabos ha acogido el bullicio habitual de los días grandes, la Ensenada de los Galápagos ofrecía otra versión del domingo. Esta pequeña cala protegida, situada en pleno centro, se ha convertido en un refugio para quienes buscaban tranquilidad o simplemente no querían aglomeraciones.
Allí, el ambiente era más sereno. Bajo sombrillas o entre toallas extendidas junto a las rocas, los bañistas aprovechaban el sol que se colaba entre nubes para leer, dormir o simplemente dejarse llevar por el sonido del agua. Los niños jugaban sin sobresaltos en la orilla, donde las olas llegaban con suavidad y algunos adultos se animaban incluso a practicar snorkel, aprovechando la claridad del agua en ese tramo de costa.
"Nos gusta este sitio porque tiene menos ruido y los niños pueden moverse con más libertad", ha dicho una madre de tres hijos que había llegado a primera hora. "No es tan grande como las otras playas, pero tiene un encanto diferente", ha añadido.
El contraste era evidente: mientras el Paseo Marítimo y el centro urbano ofrecían una imagen atípica de domingo —con muy poco tráfico y aún menos actividad comercial—, las playas aglutinaban todo el dinamismo del día. No se veían terrazas llenas ni grupos en plazas o parques. La humedad y el calor parecían haber empujado a los melillenses directamente a la costa, como si fuera el único lugar en el que respirar.
Aunque la euforia por la salida del sol dominó buena parte de la mañana, el tiempo volvió a cambiar hacia las 15:00 horas. Las nubes regresaron lentamente desde poniente, cubriendo poco a poco el cielo que apenas un par de horas antes había lucido despejado. Aunque no llegaron a descargar lluvia ni supusieron un descenso brusco de la temperatura, sí devolvieron un ambiente gris que, por momentos, apagó el brillo del día.
Pese a ello, muchos decidieron quedarse. “Ya que hemos venido, no nos vamos por un poco de nubes”, decía entre risas una melillense, que había montado una pequeña mesa plegable con su grupo de amigas en Los Cárabos. “Además, de vez en cuando vuelve a salir el sol y la temperatura sigue buena. No hace falta más para estar aquí”.
Ese vaivén entre claridad y sombra ha marcado el ritmo de la tarde. Ratos de sol que invitaban a volver al agua, seguidos por momentos de un cielo grisáceo que hacían sacar una camiseta ligera o envolver a los más pequeños en toallas. Sin embargo, no hubo viento fuerte ni cambios bruscos, lo que permitió que el día se mantuviera agradable hasta bien entrada la tarde.
La jornada se ha desarrollado sin incidencias destacables y los dispositivos de seguridad y limpieza han funcionado con normalidad.
Conforme caía la tarde y la silueta del sol se apreciaba detrás de nubes espesas, la luz ha adquirido tonos suaves y el ambiente se ha vuelto más relajado. Algunos grupos han comenzado a recoger lentamente, mientras otros han aprovechado hasta el último minuto. Las últimas brazadas en el mar, los niños secándose al sol cuando aparecía, las conversaciones que se alargaban entre amigos sentados en círculo sobre la arena… todo indicaba que este domingo había valido la pena, incluso con el cielo cambiante.
Melilla, tras una semana de grises, ha encontrado en su costa la mejor excusa para romper la rutina y anticipar el verano. Las nubes no lo han impedido y si algo ha demostrado este domingo es que, con o sin sol pleno, la playa sigue siendo el corazón donde los melillenses se refugian.








