Enrique Novo fue un militar, escultor y docente que estuvo afincado en Melilla prácticamente toda su vida. Allí conoció a su mujer, Pilar, que se mudó a la ciudad con sus padres cuando tan solo era una niña. Él de Tui, Pontevedra, y ella de la provincia de Palencia. Se conocieron, se casaron, y fue entonces cuando él se inició en el mundo del arte.
Nació en abril de 1927. Su mujer lo define como una persona que conectaba muy bien con la gente. Tenía un carácter sociable, era militar de profesión y artista de corazón. Es recordado en la ciudad por su etapa como docente puesto que por sus aulas pasaron varias generaciones de melillenses.
Era de la escuela clásica, “lo que veía o pensaba lo reflejaba”, aunque eso no le impidió atreverse con un estilo más contemporáneo. Por ejemplo, en Pemar Joyas en O’Donnell, menciona Pilar, hay una puerta con una tabla de madera que representa a una sirena. Una conjunción de realismo y fantasía; en su época, hizo muchos encargos de este tipo.
“Porque se le ocurría a él o porque se lo encargaban, ahí mezclaba más su expresión de modernidad y de autenticidad”. Se formó en varias disciplinas para aprender a tallar en materiales como la piedra, y aprendió también técnicas de esmaltado y vidriado. Obtuvo el título oficial en la Escuela de Arte de Melilla, lo que le permitió ejercer como docente.
En el barrio de San Francisco alquiló una vivienda que le sirvió como taller. En el proceso creativo, las esculturas primero se moldeaban en barro, después se les hacía el vaciado y ya las trasladaban a una fundición de Madrid donde permanecían durante quince o veinte días. Pulían las obras y él supervisaba todo el procedimiento.
Era un hombre que tenía ilusión por aprender. Presentó exposiciones en la Península; tenía obras monumentales y pequeños formatos que se fueron vendiendo y regalando. Militar hasta el fin de sus días, llegó a la ciudad autónoma con poco más de veinte años, tras salir de la Academia General Militar, y allí conoció a su mujer Pilar y decidieron casarse.
“Él empezó a descubrirse, se puede decir, cuando llegó a Melilla”. Pasó por varias unidades y, por su profesión, pudo compaginar su desempeño con la enseñanza. Fue profesor de instituto y de Formación Profesional, donde impartió lecciones de revestimientos duros. “Mucha gente de la ciudad pasó por sus manos” y guardan un buen recuerdo de él.
Sus días libres eran para el arte. En su catálogo hay tallas de tipo etrusco o griego entre otras y en distintos materiales. Son preciosas, asegura su mujer. En el repaso de su obra, ha comenzado por la más polémica, una escultura a Franco. Muchas de las piezas eran de carácter heroico, y otras, de índole religiosa.
La Virgen del Puerto, de tipo románico, colocada en una hornacina frente a la Guardia Civil junto al puerto, fue un encargo de la Ciudad Autónoma. El escultor realizó una imagen de San Francisco para el barrio que lleva su nombre y que fue renovado por la “pobreza tremenda” que lo caracterizaba.
Unas monjas solicitaron una virgen en piedra artificial blanca para el edificio donde se situaba la antigua Escuela de Música. El escudo del puerto, a petición de la autoridad portuaria, también es obra suya, puesto que representa a los profesionales de la ingeniería de este campo.
Dentro del Tercio hay una escultura muy fiel de Millán-Astray. En la puerta, hay además un soldado del Tercio al que una niña le entrega un ánfora, otro encargo del Gobierno local. “Es un reconocimiento del pueblo de Melilla, que le da el ánfora, símbolo de la ciudad, por las ánforas fenicias que se encontraron aquí”, comenta Pilar.
Un crucero para la Policía Armada, esculturas por la Semana de Cine, otras destinadas a la Comandancia General de Melilla, algún Pedro de Estopiñán… Trabajó para muchos organismos y, sin embargo, su mujer lamenta que no se le haya dado en la ciudad el reconocimiento que merece como artista.
Fue un hombre de inquietudes, así lo considera Pilar. “Era un melillense, y nos quedamos aquí porque él quería vivir en Melilla”. Y así fue. Del matrimonio resultaron dos hijos, Enrique y Piluca, que continúa viviendo en la ciudad. El varón no, pero, quizá por cuestiones de genética, ha heredado las dotes artísticas de su padre.
“Mi hijo Enrique Novo es un gran acuarelista. Él se inclinó por la pintura, su padre por la escultura, la talla, los esmaltes y el vidriado”. Ahora, su nieto, Enrique III, parece que continúa la saga de artistas con su interés creciente por el arte. Enrique Novo falleció en marzo del 95, pero el legado de su obra es innegable en la ciudad del norte africano.








