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El universo ilustrado de Laura Cantón pone rostros y escenas a la Feria de Melilla 2026

La diseñadora melillense firma la nueva identidad visual de las fiestas patronales, un proyecto que transforma su característico lenguaje gráfico en una composición coral donde el color, la pluralidad y los símbolos de la ciudad construyen el relato de una feria pensada para todos

por Alejandra Gutiérrez
12/08/2026 12:21 CEST
El universo ilustrado de Laura Cantón pone rostros y escenas a la Feria de Melilla 2026

Laura Cantón Canto junto a la consejera de Cultura, Fadela Mohatar, el día de la presentación oficial del cartel. -CAM-


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La creación de la identidad visual de la Feria de Melilla 2026 marca un cambio significativo en la manera de concebir la imagen de las fiestas patronales. Por primera vez en los últimos años, el cartel no ha surgido de un concurso público, sino de un encargo directo realizado por la Ciudad Autónoma a la diseñadora melillense Laura Cantón Canto, quien ha asumido no solo la elaboración de la pieza principal que anunciará la feria, sino también el desarrollo de todo un sistema gráfico destinado a acompañar la celebración en cada uno de sus soportes. Programas oficiales, cartelería, señalética, merchandising, publicaciones para redes sociales o elementos promocionales compartirán un mismo lenguaje visual, concebido desde un único universo creativo. Detrás de ese resultado hay semanas de trabajo, decenas de bocetos, numerosas decisiones compositivas y un proceso de reflexión que conecta directamente con la evolución artística de una diseñadora que, pese a su juventud, lleva años construyendo una identidad gráfica muy definida.

Su relación con el diseño comenzó casi de manera intuitiva. Fue durante el Bachillerato de Arte cuando descubrió una disciplina que hasta entonces apenas conocía y que terminaría marcando su trayectoria profesional. "No estaba segura de si quería dedicarme a esto, pero cuando empecé a estudiarlo me gustó muchísimo", recuerda. Aquellas primeras clases despertaron una curiosidad que pronto se convirtió en vocación. El diseño aparecía como un territorio donde podían convivir la ilustración, la comunicación, la tipografía, la composición y la capacidad de contar historias sin necesidad de recurrir únicamente a las palabras. Aquella inquietud la llevó a abandonar Melilla para trasladarse a Madrid e iniciar los estudios superiores en la Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología (UDIT), una etapa que define como uno de los grandes descubrimientos de su vida. Siempre había querido estudiar en la capital y la experiencia terminó confirmando que había elegido el camino adecuado. Durante cuatro años se formó en las distintas ramas del diseño gráfico mientras comenzaba a desarrollar un lenguaje propio que hoy resulta fácilmente reconocible.

A esa formación universitaria se sumaron posteriormente talleres internacionales en Londres junto a estudios de enorme prestigio como Pentagram y MagCulture, referencias mundiales dentro del diseño editorial y la identidad visual. Más adelante se incorporó al departamento creativo de El Corte Inglés, donde pudo conocer otra dimensión del diseño vinculada a grandes campañas comerciales, antes de centrar su trabajo en proyectos donde la creatividad, la estrategia de marca y la experiencia del usuario dialogan de forma constante. Sin embargo, más allá del recorrido académico y profesional, existe un rasgo que atraviesa prácticamente toda su producción y que se ha convertido en una especie de firma personal.

Quien recorra su portfolio descubre inmediatamente un universo poblado por personajes, escenas colectivas y composiciones llenas de color. Son ilustraciones donde la narración visual ocupa un papel protagonista y donde las personas aparecen representadas mediante figuras planas, simplificadas y desprovistas, en la mayoría de los casos, de rasgos faciales. Sus personajes acostumbran a carecer de ojos, nariz o boca, una decisión que nunca respondió a una teoría previamente elaborada, sino a una forma natural de dibujar. La propia diseñadora reconoce que no existe una explicación racional detrás de esa ausencia de facciones. Simplemente le atrae la síntesis formal y siente que el rostro no necesita un desarrollo excesivo para transmitir humanidad. "No suelo hacer caras. Me gusta más cuando el dibujo queda plano. Prefiero dedicar el detalle a otras partes del diseño y, además, siento que así puede ser cualquier persona", explica durante la conversación.

Precisamente por eso, el cartel de la Feria de Melilla 2026 ha supuesto para ella un reto, sin ser la primera obra realizada por la diseñadora que adquiere rasgos faciales como boca, ojos o nariz. El encargo exigía incorporar expresiones a una infinidad de personajes. Aquella condición alteraba uno de los rasgos más característicos de su lenguaje gráfico y obligó a replantear buena parte del proceso creativo. "Me costó muchísimo. Hice muchísimos bocetos solamente de las caras porque quería que siguieran siendo planas y sencillas, que no parecieran infantiles pero tampoco demasiado realistas. Era algo que nunca había hecho y tuve que encontrar una forma de incorporarlo sin perder mi estilo". Ese equilibrio terminó convirtiéndose en uno de los trabajos más laboriosos de todo el proyecto. Los rostros finalmente aparecen reducidos a unos pocos trazos esenciales, suficientes para humanizar las figuras sin romper la estética plana que caracteriza toda la composición.

Pero si hubo un desafío todavía mayor fue el de construir una escena donde convivieran decenas de personajes sin que el conjunto perdiera claridad visual. Desde el principio tuvo claro que no quería realizar un cartel centrado en una única imagen icónica. Su intención era reflejar la pluralidad de Melilla a través de una multitud de pequeñas historias que sucedieran al mismo tiempo. Antes incluso de comenzar a dibujar dedicó varios días a estudiar carteles de otras ferias españolas y de distintas celebraciones populares. Analizó composiciones, observó soluciones gráficas y buscó referencias que le permitieran encontrar un camino propio. Fue entonces cuando surgió la idea que terminaría estructurando toda la obra: crear un gran escenario colectivo donde cualquier melillense pudiera encontrar una referencia reconocible.

A partir de ese momento comenzó un intenso trabajo de bocetado. Dibujó infinidad de personajes, probó posiciones, movimientos, agrupaciones y relaciones entre unos y otros hasta conseguir una composición equilibrada. El objetivo no era únicamente reunir muchas figuras, sino lograr que todas convivieran de forma natural y que cada una aportara una pequeña narración dentro del conjunto. "Primero pensé que quería hacer un cartel con muchísimos personajes y, a partir de ahí, empecé a dibujar uno detrás de otro para ver cómo podían funcionar juntos. Lo complicado era que cada uno tuviera su espacio y que, al mismo tiempo, todos formaran una sola imagen".

Ese planteamiento responde también a una idea muy concreta de lo que representa la Feria de Melilla. Laura Cantón no quería ilustrar únicamente un recinto ferial; pretendía representar la experiencia compartida de quienes la viven cada año. Por eso fue incorporando escenas reconocibles nacidas de su propia memoria como ciudadana. "Empecé haciendo personas bailando, gente comiendo o caminando, pero luego pensé: cuando voy yo a la feria, ¿qué es lo que realmente veo?". Esa pregunta terminó guiando toda la composición. Así aparecieron el escanciador, las personas vestidas con el traje regional melillense, otras vestidas con los trajes típicos flamencos, las manzanas de caramelo, los conciertos, la noria, las palmeras, los farolillos o los pequeños gestos cotidianos que construyen la personalidad de las fiestas. No se trata de elementos colocados de manera anecdótica, sino de referencias que buscan despertar el reconocimiento inmediato del espectador.

En el centro de toda esa escena situó a la Virgen de la Victoria, verdadero eje narrativo del cartel. La decisión fue prácticamente una de las primeras que tomó durante el proceso creativo. Desde los bocetos iniciales quiso que la patrona apareciera rodeada por la actividad que genera la feria, no como una figura aislada sino como el punto alrededor del cual gira toda la celebración. "La hice muy pronto porque quería que estuviera arropada por todo el entorno. Aunque cada personaje está haciendo su propia escena, todos están alrededor de ella porque la feria se celebra en su honor". Esa disposición organiza visualmente la composición y convierte la imagen religiosa en el centro simbólico de una multitud de pequeñas historias.

Otra de las novedades incorporadas al cartel es la nueva portada del recinto ferial diseñada en base a la emblemática Casa Tortosa. Su inclusión no formaba parte de las obligaciones del encargo, pero la diseñadora decidió integrarla al considerar que representaba uno de los cambios más significativos de esta edición. La puerta funciona así como un nuevo elemento de referencia dentro de una imagen donde prácticamente cada rincón contiene algún detalle relacionado con la ciudad o con la propia celebración.

Si la composición suponía un ejercicio de equilibrio, el color exigía un nivel de planificación similar. La enorme cantidad de personajes podía convertir fácilmente el cartel en una imagen saturada, por lo que la organización cromática adquiría una importancia decisiva. Laura Cantón tomó como punto de partida los propios colores de los farolillos tradicionales de la feria: azules, verdes, amarillos, rojos y violáceos. A partir de esa base comenzó a desarrollar una extensa paleta de variaciones tonales que terminó conformando el universo cromático del cartel. No se limitó a repetir los mismos colores, sino que fue creando distintas intensidades y matices para distribuirlos cuidadosamente por toda la composición. "Intentaba que dos personajes del mismo color no estuvieran juntos. Si había un lila en una zona, buscaba que el siguiente apareciera mucho más lejos. Todo eso lo fui moviendo hasta conseguir un equilibrio". Esa planificación hace que la mirada recorra constantemente la imagen sin detenerse en un único punto y dota al conjunto de un dinamismo muy característico.

Detrás de la obra final presentada existe un importante trabajo técnico. Todo el proceso se desarrolló digitalmente. Laura comienza dibujando sobre tableta gráfica, donde realiza los bocetos con una sensación muy cercana al dibujo tradicional. Posteriormente traslada todos los elementos al ordenador para organizarlos por capas, modificar tamaños, recolocar figuras y preparar las distintas adaptaciones. Esa metodología resulta imprescindible cuando el proyecto no termina en un cartel. La identidad visual de la Feria continúa todavía desarrollándose y la diseñadora sigue trabajando en las numerosas aplicaciones que utilizará la Ciudad Autónoma durante las próximas semanas. "Todavía me quedan gráficas por hacer. El cartel era solo una parte. Ahora estoy adaptándolo a programas, abanicos, distintos formatos y prácticamente todo lo relacionado con la feria".

Durante todo ese proceso apenas sintió miedo creativo. Más que inseguridad, lo que existió fue una necesidad constante de contrastar el trabajo. Reconoce que fue consultando cada fase importante antes de continuar avanzando. "Yo iba preguntando mucho. Hacía una parte y preguntaba si iba bien antes de seguir. No era una inquietud como tal, simplemente quería asegurarme de que el camino era el adecuado porque era muchísimo trabajo". Esa forma de trabajar, abierta al diálogo durante el desarrollo del proyecto, le permitió afrontar un encargo especialmente visible para una ciudad donde la imagen del cartel acaba formando parte de la memoria colectiva de cada edición.

Quienes conocen su trayectoria descubren en esta identidad visual muchas constantes presentes desde sus primeros proyectos universitarios. Su Trabajo Fin de Grado, Escritoras del Cambio, ya reflejaba un profundo interés por el diseño editorial y por la construcción de universos visuales complejos. Aquella propuesta consistía en actualizar cinco grandes clásicos de la literatura escrita por mujeres —Mujercitas, Orgullo y prejuicio, Frankenstein, Cumbres Borrascosas y Jane Eyre— mediante una colección editorial dirigida a acercar estas obras a las nuevas generaciones a través de un lenguaje gráfico contemporáneo. El proyecto no solo implicaba diseñar cubiertas, sino construir toda una experiencia de lectura donde el color, la ilustración y la composición desempeñaban un papel protagonista.

Ese interés por las identidades completas también aparece en otros trabajos de su portfolio, como el desarrollo gráfico de una exposición dedicada a Frida Kahlo, donde creó desde la identidad visual hasta el catálogo y la experiencia expositiva; una revista de viajes concebida íntegramente desde cero; la campaña que fusionaba el universo literario de Jane Austen con la imagen de Chupa Chups en el 250 aniversario de la escritora; el branding para la bodega La Drassana; el proyecto El Gran Show para el concurso Cata la Lata, donde las conservas se transformaban en personajes circenses; una campaña publicitaria para Agatha Ruiz de la Prada basada en el diseño de unas gafas propias o la creación de la marca ZestyPets, centrada en snacks veganos para animales mediante una cuidada estrategia de packaging y comunicación.

En muchas sus propuestas de diseño aparece además Melilla como escenario recurrente. Varias de sus ilustraciones recrean calles como Miguel de Cervantes, Cándido Lobera o la avenida Juan Carlos I mediante ese mismo lenguaje plano y colorido que ahora alcanza una dimensión mucho mayor en la imagen oficial de la Feria. Incluso las fiestas patronales ya habían formado parte de su trayectoria cuando presentó una propuesta al concurso del cartel en 2024, el cual no fue seleccionado en esa ocasión. Dos años después, aquella inquietud inicial desemboca en el proyecto más visible de su carrera hasta el momento.

Para Laura Cantón, sin embargo, el valor del encargo trasciende la proyección profesional. Reconoce que lo más importante ha sido comprobar que la ciudad puede conocer de cerca su manera de entender el diseño. Una oportunidad para mostrar un universo creativo construido a lo largo de años de formación y de proyectos personales que ahora encuentra en la Feria de Melilla el escaparate más amplio posible. La identidad visual de 2026 no constituye una excepción dentro de su obra, sino la evolución natural de un lenguaje donde las personas, el color, la narración visual y la construcción de escenas colectivas llevan mucho tiempo ocupando el centro de cada composición. Esta vez, simplemente, ese universo ha encontrado como escenario la celebración más importante del calendario melillense.

Tags: Cartel Feria 2026Identidad visualLaura Cantón Cantolaura cantón Designs

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