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El Sorteo del Niño, la última ilusión que se resiste a apagarse en Melilla

La ciudad afronta el 6 de enero con esperanza contenida, décimos compartidos y el deseo común de que la suerte, aunque sea tarde, también se acuerde de los melillenses

por Tania Chocrón
05/01/2026 12:41 CET

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La Navidad no se despide del todo en Melilla hasta que se canta el último número del Sorteo Extraordinario del Niño, una cita que cada 6 de enero vuelve a llenar de ilusión a miles de personas que, tras la decepción del Gordo del 22 de diciembre, se aferran a esta última oportunidad que ofrece el calendario navideño. No es solo una cuestión de premios, sino de tradición, de esperanza compartida y de ese pequeño ritual colectivo que une a generaciones enteras alrededor de un décimo.

En las calles, en los hogares y en los bares de la ciudad, el Sorteo del Niño se vive con una mezcla de ilusión moderada y resignación. Nadie espera hacerse millonario de la noche a la mañana, pero casi todos confiesan que llevan “aunque sea un boletillo”, porque mientras haya número, hay esperanza.

El Niño, una segunda oportunidad tras el 22 de diciembre

Para muchos melillenses, el Sorteo del Niño representa una especie de revancha emocional tras el sorteo de Navidad. Después de semanas de preparativos, colas, intercambios de décimos y promesas compartidas, el 22 de diciembre suele dejar más frustración que alegrías. El Niño llega entonces como una segunda oportunidad, menos mediática, pero no menos ilusionante.

A diferencia del Gordo, este sorteo se percibe como más cercano, más doméstico, más familiar. No se habla tanto de grandes sueños, sino de pequeñas soluciones, de ayudar a los hijos, de arreglar la casa o, simplemente, de poder viajar sin mirar tanto el bolsillo.

Décimos, boletillos y regalos que esconden ilusión

En Melilla, como en el resto del país, muchos décimos del Niño no se compran directamente, sino que llegan como regalo. Hijos que compran números para sus padres, amigos que comparten participaciones o familiares que guardan el número “por si acaso”.

Ana es uno de esos ejemplos. Reconoce que ni siquiera sabe qué números lleva. “Mis hijos me han regalado los décimos y no he mirado los números”, explica con naturalidad. Lo importante no es el número, sino el gesto y la ilusión que lo acompaña.

La ilusión puesta en los más pequeños

Ramón ha comprado un solo boletillo, pero suficiente para mantener viva la esperanza. “Sí, tengo un boletillo, a ver si tengo suerte”, comenta. Para él, el sorteo tiene un destinatario claro: los niños.

“Ilusión, sobre todo los críos, que son los que tienen toda la ilusión. Nosotros ya… bueno, para ellos. Nosotros para ellos, nada más”, afirma. Sus palabras resumen el sentir de muchos mayores, que ya no piensan en sí mismos, sino en mejorar el futuro de los más pequeños de la familia.

El sueño de viajar

Juan reconoce llevar “dos o tres décimos”. No es superstición, sino prudencia. “A ver si hay suerte y nos toca”, dice, con esa media sonrisa que mezcla ilusión y escepticismo.

Tras no haber tenido suerte en el Gordo, el Niño se presenta como una oportunidad para soñar. Cuando se le pregunta qué haría si le tocara, lo tiene claro: “Como me gustan tanto los viajes, un viaje me haría”. Después, añade algo muy habitual entre los melillenses: “Repartir a los hijos y lo que quede, pues seguir adelante”.

Viajar aparece una y otra vez en los testimonios como símbolo de libertad, descanso y recompensa tras años de esfuerzo.

La familia y la salud como prioridad

Para Ana, el dinero no es un fin, sino un medio. “Tengo tres hijos, nieto y bisnieto”, explica. Su respuesta es tan directa como reveladora: “Repartirlo entre toda la familia. ¿Para qué quiero yo el dinero?”.

Esta visión intergeneracional del premio es una constante. El dinero no se concibe como algo individual, sino como un recurso para cuidar, proteger y ayudar a los seres queridos.

Manolo introduce una reflexión que se repite con frecuencia en la calle. “Si no nos toca, al menos que tengamos mucha salud, que es lo más importante”, afirma. Para él, el premio serviría para “arreglar problemillas”, pequeñas mejoras cotidianas que harían la vida más cómoda.

Su discurso conecta con una idea muy arraigada: el dinero es importante, pero no sustituye a la salud ni a la tranquilidad. Una filosofía muy presente entre quienes han vivido muchas Navidades y muchos sorteos sin premio.

Décimos que viajan

La movilidad también forma parte del Sorteo del Niño. Javi ha comprado su décimo en Fuerteventura, de donde viene. “A ver si la suerte me pilla en la isla”, comenta con humor.

Si el premio llega, lo tiene claro: “Habrá que volver. Habrá que conocer las demás islas”. El sorteo se convierte así en un puente simbólico entre territorios, demostrando que la suerte no entiende de fronteras ni de lugares.

Ana Mejías también ha comprado su décimo fuera de Melilla, en Fuerteventura, donde pasó el fin de año. “La suerte está en cualquier sitio”, afirma. Como madre y abuela, su planteamiento es similar al de muchos vecinos: “Repartiría a los hijos y a los nietos”.

Su testimonio refuerza la idea de que el Sorteo del Niño no es solo un juego de azar, sino una expresión de valores familiares profundamente arraigados.

Un sorteo menos mediático, pero muy presente

Aunque no despierta la expectación masiva ni la cobertura mediática del Sorteo Extraordinario de Navidad del 22 de diciembre, el Sorteo del Niño mantiene una presencia constante y silenciosa en la vida cotidiana de Melilla. No hay colas interminables ni retransmisiones seguidas con la misma intensidad, pero sí una atención pausada, casi íntima, que se cuela en los hogares durante la mañana del 6 de enero.

El sorteo se sigue, en muchos casos, en familia, mientras los más pequeños juegan con los regalos recién abiertos o mientras se prepara el tradicional roscón de Reyes. El televisor o la radio permanecen encendidos de fondo, sin grandes celebraciones anticipadas, pero con la mirada atenta cada vez que se canta un número que se aproxima al del décimo guardado en el bolsillo o sobre la mesa.

En Melilla, el Sorteo del Niño se vive más desde lo doméstico que desde lo colectivo. Es un momento de calma tras semanas de celebraciones, comidas familiares y compromisos sociales. La ilusión existe, pero se expresa de forma más contenida, sin estridencias, como si la experiencia de otros sorteos hubiera enseñado a no levantar demasiado las expectativas.

En muchos hogares, el décimo del Niño se guarda junto al roscón, los regalos o incluso las estampitas de los Reyes Magos. Es un objeto más de la tradición, cargado de simbolismo, que acompaña a la familia durante una de las jornadas más especiales del año. Aunque no toque, su presencia forma parte del ritual y del recuerdo compartido.

El contexto económico y el valor del premio

El Sorteo del Niño adquiere un significado especial en un contexto económico marcado por la subida generalizada de precios, el encarecimiento de la vivienda, la cesta de la compra y los suministros básicos. En este escenario, la posibilidad de que la suerte sonría, aunque sea de forma modesta, se convierte en una esperanza real para muchas familias melillenses.

A diferencia de otros momentos históricos, el premio no se imagina como una vía para grandes lujos o cambios radicales de vida. La mayoría de los vecinos consultados hablan de estabilidad, de tranquilidad y de poder afrontar el futuro inmediato con menos presión. El dinero se percibe como una herramienta para solucionar problemas concretos: arreglar la casa, ayudar a los hijos, afrontar gastos médicos o permitirse un pequeño respiro económico.

Este enfoque realista se repite en la mayoría de los testimonios. El Sorteo del Niño no despierta fantasías desmedidas, sino deseos prácticos y razonables, ajustados a las necesidades del día a día. Para muchos melillenses, el verdadero premio sería ganar tiempo, calma y seguridad.

El dinero, en este contexto, no se ve como una solución milagrosa, sino como un apoyo. Una ayuda que permitiría vivir con un poco menos de angustia en un entorno económico que no siempre ofrece certezas. De ahí que el sorteo conserve su valor simbólico incluso entre quienes saben que las probabilidades son mínimas.

Más que un sorteo, un ritual colectivo

Más allá de los números y los premios, el Sorteo del Niño es, ante todo, un ritual colectivo profundamente arraigado en la sociedad melillense. Un momento compartido que trasciende el azar y se convierte en una excusa para reunirse, comentar, recordar y soñar en común.

Cada testimonio recogido refleja una forma distinta de entender la suerte, pero todos coinciden en un punto esencial: mientras haya un décimo, hay ilusión. Esa ilusión se transmite de padres a hijos, de abuelos a nietos, como parte de una herencia emocional que se renueva cada año.

El sorteo funciona también como un espejo de la sociedad. En las respuestas de los vecinos aparecen valores como la familia, la solidaridad, la prudencia y la importancia de la salud. El dinero nunca se coloca en el centro absoluto, sino como un medio para mejorar la vida de los seres queridos.

En Melilla, el Sorteo del Niño se comenta en los portales, en las cafeterías, en los mercados y en las sobremesas familiares. Aunque no toque, deja conversación, recuerdos y la sensación de haber compartido algo juntos. Esa dimensión social es, para muchos, el verdadero premio.

Para una parte importante de los melillenses, la Navidad no termina cuando se apagan las luces o se guardan los adornos, sino cuando se canta el último número del Sorteo del Niño. El 6 de enero representa el cierre simbólico de las fiestas, el momento en el que se despide definitivamente el espíritu navideño.

Después del sorteo, llega la vuelta a la rutina: el trabajo, el colegio, los horarios habituales. El Niño marca ese punto de transición entre la celebración y la normalidad, entre el tiempo de los deseos y el de las obligaciones.

Por eso, el sorteo se vive con una mezcla de nostalgia y esperanza. Nostalgia por unas fiestas que se van y esperanza por lo que pueda traer el nuevo año. Incluso cuando el premio no llega, el acto de participar sirve como despedida emocional de la Navidad.

Pase lo que pase, el Sorteo del Niño volverá el próximo año. Volverán los décimos, las conversaciones, las pequeñas supersticiones y las mismas frases de siempre: “A ver si este año toca” o “por probar no se pierde nada”.

En Melilla, como en tantos otros lugares, la ilusión se renueva de forma casi automática. No importa cuántos años pasen sin premio. El décimo se vuelve a comprar, se vuelve a regalar y se vuelve a guardar con cuidado.

Porque la suerte no es solo una cuestión de probabilidades. Es también una forma de mantener viva la esperanza, de compartir sueños y de creer, aunque sea por un instante, que todo puede cambiar. Y eso, para muchos melillenses, ya merece la pena.

Tags: Noticias de Melilla

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