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El arte de escucharse: Bringuez y “Melón” Lewis inauguran los conciertos en la UNED de las Jornadas de Jazz con un diálogo íntimo y expresivo

Los músicos presentaron un proyecto nacido tras la pandemia y basado en la improvisación, la escucha mutua y la fusión entre formación clásica y tradición musical cubana

por Alejandra Gutiérrez
18/02/2026 22:20 CET

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Las Jornadas sobre Jazz de la UNED siguen su actividad enmarcando los conciertos que este miércoles comenzaron dentro de su trigésima edición en el Salón de Actos de la UNED. Y lo hicieron con una escena de diálogo entre dos músicos; entre inspiraciones mestizas -clásico y música popular cubana-; entre dos continentes -América y Europa-; entre dos instrumentos -un piano y un saxofón-. Todo ello penetró en el escenario e irradió un espacio de conversación sostenido en base al lenguaje musical, a la expresividad interior y a la conexión entre dos músicos, y amigos. No fue únicamente el arranque de un ciclo que cumple 30 años; fue también la puesta en común de dos trayectorias que, aunque nacidas en contextos y generaciones distintas, confluyen en una misma manera de entender la música: como escucha, como relato y como expresividad compartida.

Ariel Bringuez e Iván “Melón” Lewis llegaron a esta edición especial con un formato de dúo que exige entendimiento y compromiso. Sin banda que arrope, cada nota encuentra su lugar en el aire con claridad. Lo que sucede entre el piano y el saxofón no responde a una estructura rígida, sino a un intercambio continuo donde una nota provoca otra, donde el silencio también propone, donde la melodía avanza como avanzan las conversaciones sinceras: con atención y con respuesta.

Ambos comparten origen cubano y una formación clásica europea convencional marcada por el rigor de la metodología soviética, una enseñanza estricta que, según explican, desarrolló en ellos una conciencia temprana de la disciplina, el sacrificio y la constancia. Sin embargo, esa estructura académica se formó en un entorno profundamente caribeño, “bailador, soleado y tropical”, donde la música popular, la trova, el jazz y el folclore circulan con naturalidad por la vida cotidiana. Esa doble raíz —el rigor y la espontaneidad— atraviesa hoy su propuesta artística.

En el caso de Bringuez, la música fue desde el principio algo orgánico. “La relación con la música en casa ha sido muy natural”, recuerda. No habla de estudios formales en sus primeros años, sino de tertulias familiares, de fiestas, de un abuelo que tocaba el saxofón, de un padre que alternaba guitarra y teclado, de amigos que llegaban y hacían música sin partituras, “súper espontáneos”, dejando que el momento guiara la interpretación. En ese ambiente, más que el jazz como género, lo que se instaló en el músico fue la improvisación como forma de expresión. Ahí, dice, nació la fascinación por contar historias con instrumentos, por usar la música como lenguaje directo de lo que se siente en el interior y cuesta verbalizar.

 

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Para Iván “Melón” Lewis, la infancia estuvo igualmente marcada por un entorno musical intenso. Su padre, trompetista y profesor; su hermano, violinista; su madre, amante de la música, crearon un hogar donde los ensayos eran frecuentes y abiertos. Recuerda especialmente aquellos fines de semana en los que la orquesta de su padre ensayaba en el porche de la casa, con vecinos que se acercaban atraídos por la energía caribeña y espontánea del momento. Entre los discos de vinilo que poblaban el hogar, uno resultó decisivo. Se trataba de una recopilación de pianistas de jazz norteamericanos. Cuando lo escuchó por primera vez, siendo apenas un niño, algo se fijó definitivamente. Entre aquellas grabaciones estaba Bill Evans. “No hubo vuelta atrás”, afirma, y esa emoción inicial continúa acompañándolo a día de hoy cuando regresa a sus melodías.

Aunque pertenecen a generaciones distintas, ambos reconocen que en Cuba el aprendizaje musical tiene una dimensión oral y contemplativa muy marcada. Los músicos más jóvenes miran a los mayores, los escuchan, los siguen. Bringuez explica que la generación de Lewis fue un referente para la suya y que el verdadero encuentro se consolidó tiempo después, ya en Madrid, donde compartieron grabaciones, escenarios y una escena cubana diversa y activa en la capital. En ese espacio común comenzaron a descubrir que, más allá del respeto profesional, existía una conexión profunda que se trasladaba a su forma de entenderse en el escenario, de reconocerse en la música, de mirar al mundo.

Sobre el escenario, esa conexión se traduce en diálogo. “Es una conversación”, explica Lewis. No se trata de una comparación vacía, pues cada intervención de los músicos genera una respuesta, una inquietud, una nueva propuesta, un escuchar al otro y dejarle volar con su instrumento. A veces la comunicación se produce desde la sutileza del silencio. En formatos reducidos como el dúo, esa dinámica se vuelve más perceptible, más desnuda. “Si no hay un vínculo, la música se queda en sonidos”, sostiene el pianista, subrayando la importancia del entendimiento personal para que la interpretación trascienda lo puramente técnico.

El origen del proyecto que presentaron en la UNED, nominado a los premio Grammy Latinos en 2025, está ligado a un momento concreto; al periodo posterior a la pandemia. Con la actividad cultural reanudándose de forma limitada, surgió la necesidad de actuar en formatos pequeños. No podía ser con banda; debía ser un dúo o, como mucho, un trío. Así nació la idea. El primer concierto tuvo lugar en febrero de 2021 y, ante la falta de tiempo para grandes preparaciones, se plantearon una pregunta directa: ¿qué tocamos? La respuesta fue igualmente directa: “Vamos a tocar lo que somos”.

De esa premisa surgió un repertorio que condensaba su identidad musical y que más tarde daría forma a Alma en Cuba. Según Lewis, en ese trabajo está “toda nuestra formación, nuestra historia”. En él conviven composiciones de Ernesto Lecuona, Bola de Nieve, César Portillo de la Luz y José Antonio Méndez, junto a piezas originales que reflejan la fusión entre la música clásica y el folclore cubano. Todo procesado desde esa mirada que integra disciplina académica y sensibilidad popular.

Para Bringuez, la música tiene además una dimensión que va más allá del entretenimiento. Le interesa su utilidad, su capacidad para actuar como espejo y revelar aspectos internos que a veces permanecen ocultos e inexpresivos. Habla de la exposición que implica cada concierto, de la necesidad de mostrarse sin máscaras. “Mientras más sincero sea, mientras más genuino sea lo que estás ofreciendo; más capacidad de conexión va a tener”, afirma, convencido de que el público percibe esa autenticidad aunque no todos comprendan los detalles técnicos.

En el marco de esta trigésima edición, ambos músicos quisieron expresar su gratitud por formar parte de estas jornadas, las cuales consideran fundamentales en la historia del jazz en España. Se declararon honrados de participar en una cita que ha mantenido durante tres décadas una programación constante y cuidada. Destacaron el trabajo realizado por Kiriko Gutiérrez y todo el equipo organizador, así como el trato recibido y la apertura con la que han sido acogidos. “30 años se dice muy fácil, pero es complicado”, señalaron, conscientes del esfuerzo que implica sostener un proyecto cultural durante tanto tiempo. Terminando con un mensaje: "A por otros 30".

Así, entre agradecimientos y música, comenzaron los conciertos de estas Jornadas sobre Jazz que celebran 30 años de historia apostando por el género como espacio de encuentro. Y lo hicieron con dos músicos que entienden que, al final, todo se reduce a algo esencial: escucharse, responderse y dejar que la conversación fluya. Entre el piano y el saxofón, lo que se abre no es solo un intercambio sonoro, sino un territorio compartido donde la música habla por ellos.

Tags: Ariel BringuezIván “Melón” LewisUNED MelillaXXX Jornadas sobre Jazz

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