Durante cuatro días, Milán dejó de ser para ocho alumnos del Conservatorio Profesional de Música una ciudad lejana asociada a los grandes compositores, a los auditorios históricos y a esas imágenes que tantas veces habían visto en libros, documentales o pantallas. Pasó a convertirse en un lugar vivido. En una estación de metro que aprender a descifrar apresuradamente, en las agujas infinitas del Duomo elevándose sobre la plaza, y en los silencios de una ciudad que, según los propios alumnos, contrastaba profundamente con la forma cercana y expresiva de relacionarse en Melilla. Entre calles repletas de escaparates, atmósfera de ciudad industrial, turismo, moda, bicicletas y edificios monumentales, los estudiantes melillenses terminaron descubriendo algo más profundo que una simple experiencia académica: la sensación de habitar, aunque solo fuera durante unos días, el lugar donde la música se estudia, se vive y se respira de una forma completamente distinta.
Los ocho alumnos que participaron en la primera movilidad Erasmus impulsada por el centro han regresado a la ciudad tras una estancia formativa en el Conservatorio Superior “Giuseppe Verdi” de Milán que, tanto para estudiantes como para profesores, ha supuesto un antes y un después dentro de la trayectoria reciente del conservatorio melillense. Naim Mohamed, Adrián Ramírez, Buzaina El Hadoudchi, Roberto Carlos Reyes, Alejandro Moraga, Álvaro Montero, Sergio Caro y Vera Anglada han formado parte de esta experiencia pionera que permitió al alumnado convivir durante cuatro días con enseñanzas superiores musicales de primer nivel.
Detrás de ese viaje hubo meses de preparación, llamadas, coordinación y trabajo administrativo. La profesora Marta Avello, coordinadora del proyecto, explicaba que poner en marcha el programa Erasmus dentro del conservatorio había supuesto “una locura” organizativa, especialmente por tratarse de la primera experiencia internacional de estas características desarrollada por el centro. El contacto con el Giuseppe Verdi llegó gracias a una compañera violinista vinculada profesionalmente a Avello, que facilitó el acercamiento con el conservatorio italiano y permitió abrir una colaboración completamente excepcional entre ambas instituciones.
La singularidad del intercambio residía también en el propio nivel educativo. Tal y como explicaban tanto Avello como el profesor Adrián Maqueda, este tipo de movilidades suelen realizarse entre centros equivalentes, mientras que en este caso el alumnado melillense, perteneciente a enseñanzas profesionales, tuvo acceso a un conservatorio superior universitario. “Fue una cosa excepcional”, reconocía Maqueda, todavía sorprendido por la predisposición del Giuseppe Verdi para recibir al grupo melillense.
El propio profesor admite que la experiencia terminó superando las expectativas iniciales tanto para él como para Marta Avello. “Nos han tratado mucho mejor de lo que esperábamos”, relataba tras el regreso, destacando especialmente la cercanía de los docentes italianos, la implicación de la administración del centro y la oportunidad que tuvieron los alumnos de asistir tanto a clases individuales como a máster clases y ensayos especializados.
La noticia de que habían sido seleccionados llegó meses atrás entre nervios, incredulidad y entusiasmo. Algunos todavía recuerdan el momento exacto en el que supieron que viajarían a Milán. Naim Mohamed, alumno de V Profesional de Guitarra, confesaba entre risas que estaba “dando volteretas” al recibir la confirmación. Para Adrián Ramírez, estudiante de VI Profesional de Guitarra, la emoción llegó acompañada inicialmente por las dudas, ya que el viaje coincidía con la preparación de la PAU. Sin embargo, la posibilidad de participar en el primer Erasmus del conservatorio terminó imponiéndose sobre cualquier incertidumbre.
Para muchos de ellos, aquella oportunidad suponía algo más que salir de Melilla durante unos días. Significaba asomarse, quizá por primera vez, a la posibilidad real de continuar un futuro ligado profesionalmente a la música.
La experiencia comenzó mucho antes de entrar en las aulas del Giuseppe Verdi. Algunos estudiantes ya habían participado anteriormente en programas Erasmus organizados desde sus institutos o habían viajado previamente fuera de España. Otros, en cambio, se enfrentaban por primera vez a una experiencia internacional lejos de sus familias, obligados a desenvolverse en una ciudad desconocida, utilizar transporte público, orientarse entre líneas de metro y comunicarse en inglés o improvisando algunas expresiones en italiano.
Precisamente ese componente humano y autónomo del viaje fue uno de los aspectos más valorados por los profesores acompañantes. Los profesores destacaron que uno de los principales objetivos consistía en sacar al alumnado del entorno reducido y protegido de Melilla para enfrentarlo a nuevas realidades. Durante el viaje, tanto Maqueda como Avello intentaron constantemente que los estudiantes tomaran iniciativa propia, eligieran recorridos, resolvieran desplazamientos o aprendieran a desenvolverse por sí mismos dentro de una ciudad completamente desconocida.
“Salir y verte en una ciudad grande como Milán, de la noche a la mañana, por supuesto que te abruma”, reconocía Maqueda al explicar cómo fueron observando poco a poco una evolución en la autonomía de los alumnos a lo largo de la estancia. Según el profesor, uno de los aspectos más satisfactorios fue comprobar cómo los estudiantes comenzaban a soltarse en el transporte público, en las conversaciones con otros alumnos y profesores o incluso en la manera de relacionarse con la propia ciudad.
Pero el verdadero impacto llegó al cruzar las puertas del Conservatorio Giuseppe Verdi. Allí, entre pasillos, ensayos de agrupaciones, clases magistrales y laboratorios de ópera, los alumnos comenzaron a comprender que la enseñanza musical podía sostenerse desde otro lugar. No solo por el altísimo nivel interpretativo de muchos estudiantes italianos, sino por la propia estructura académica de las clases y la naturalidad con la que la música atravesaba el día a día del conservatorio.
“La técnica es como que la dan por hecho y ya se gestiona interpretativamente”, resumía Adrián Ramírez después de asistir a varias sesiones junto a alumnos universitarios. La observación fue compartida prácticamente por todos los participantes. En Milán, las clases no comienzan aprendiendo técnicamente una obra desde cero. El trabajo previo ya se presupone. El aula se convierte entonces en un espacio donde se perfecciona la interpretación, la intención musical y la expresividad artística de cada pieza.
“Ellos esperan que vengas con los pasajes estudiados”, explicaba también Buzaina El Hadoudchi, alumna de V Profesional de Flauta Travesera, sorprendida por la intensidad y fluidez con la que se desarrollaban las clases en el conservatorio italiano. El nivel de exigencia observado en Milán obligaba a los estudiantes a asumir una preparación previa mucho más profunda de la que estaban acostumbrados a sostener hasta ahora.
Esa observación terminó convirtiéndose también en un impulso. Roberto Carlos Reyes, estudiante de V Profesional de Piano, reconocía que una de las cuestiones que más le impactó fue descubrir que existían cursos previos al nivel universitario dentro del propio sistema formativo italiano. Observar a alumnos cercanos a su nivel le permitió comprender que las enseñanzas superiores musicales no aparecían de forma repentina e inaccesible, sino como el resultado de un proceso gradual y sostenido en el tiempo.
Cada curso observado dentro del Giuseppe Verdi parecía funcionar para ellos como un nuevo escalón posible. Alejandro Moraga, también alumno de V Profesional de Piano, explicaba que estudiar durante varios días en Italia tenía además una dimensión simbólica especial. “Es una de las cunas de la música”, relataba al recordar que muchos de los grandes compositores de la historia habían pasado precisamente por escenarios similares a los que ahora ellos recorrían como estudiantes.
Los alumnos pudieron además interpretar piezas frente a profesores italianos, recibir correcciones individualizadas y descubrir nuevas formas de trabajar la musicalidad o el repertorio. Para los docentes melillenses, la experiencia también terminó convirtiéndose en un aprendizaje propio, reconociendo que asistir a clases impartidas por otros profesores y observar metodologías universitarias diferentes les permitía incorporar nuevas perspectivas dentro de sus propias aulas.
Fuera del conservatorio, Milán terminó atravesando la experiencia de cada uno de los estudiantes de maneras muy distintas. A algunos les impresionó especialmente el Teatro alla Scala; otros recuerdan el Barrio de los Canales, alejado del turismo masivo y más cercano a la vida cotidiana de la ciudad; mientras que para Buzaina El Hadoudchi el Duomo de Milán terminó convirtiéndose en uno de los espacios más impactantes del viaje por la monumentalidad de su arquitectura y sus detalles interiores. Álvaro Montero, por su parte, destacaba en un mensaje de voz posterior a la entrevista, la impresión que le causó el propio conservatorio italiano, su auditorio y el nivel musical de profesores y estudiantes.
Para Naim Mohamed, uno de los momentos más significativos fue la visita a la Casa Giuseppe Verdi. No solo por el valor histórico del lugar, sino por descubrir que el edificio funciona como residencia para músicos que aún intentan abrirse camino profesionalmente. “Lo que más me impactó a mí fue que también se usa como casa de descanso para muchos músicos que no han logrado entrar a un conservatorio o despegar en su carrera”, relataba el estudiante. La imagen de músicos de distintas edades y nacionalidades viviendo alrededor de la música terminó convirtiéndose para él en una de las escenas más humanas y reveladoras de toda la estancia.
Detrás de cada uno de estos estudiantes existe además una relación distinta con la música. Naim Mohamed es el primer músico de su familia y nunca imaginó que terminaría viajando gracias a la guitarra. Adrián Ramírez lleva vinculado a la música desde muy pequeño y ahora comienza a visualizar claramente un futuro profesional ligado a ella. Buzaina heredó esa conexión artística de su abuelo autodidacta. Roberto Carlos creció rodeado de estímulos musicales dentro de casa. Y Alejandro, aunque proyecta un futuro relacionado con la medicina, reconoce que el piano seguirá formando parte de su vida.
Ahora, de regreso en Melilla, algo parece haberse transformado en todos ellos. Quizá porque durante cuatro días dejaron de imaginar cómo sería estudiar música fuera de Melilla y pudieron, por primera vez, vivirlo de verdad.
El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, nos sorprendió, con un tratado de paz…
Todo el mundo está pendiente en estos días de la guerra que existe entre los…
El pasado sábado 23 de mayo tuvo lugar una entrañable y animada velada de despedida…
La Holi Week sigue su curso con un taller al más puro estilo Bollywood. La…
Mañana miércoles 27 de mayo, la comunidad musulmana de Melilla volverá a reunirse en sus…
La globalización ha acelerado en el último siglo un fenómeno que los ecosistemas no siempre…