El helado, el postre, merienda y a veces hasta desayuno o cena que debería estar incorporado en el significado de la palabra ‘verano’. Un símbolo universal de la época de calor que forma parte de la oferta gastronómica de países como Italia, y que es un inseparable de las vacaciones de los españoles. En realidad, desde que el buen tiempo empieza a asomar, cualquier momento es perfecto para tomar helado. Serán pocos, pero hay gente a la que le gusta hasta en invierno.
Sea de heladerías artesanales o de los propios supermercados, los hay de todas las marcas, sabores y precios posibles. Es tal su alcance que ha llegado a la alta cocina. Algunos documentos históricos lo fechan hace tres mil años, y parece que su origen se encuentra, como el de otros tantos productos que han llegado hasta nuestros días, en Oriente. El sorbete podría considerarse su antecesor. De invención romana, llevaba nieve, frutas y miel. En China, se preparaban también mezclas con leche y nieve, dado que esta última favorecía su conservación.
Cuenta la leyenda que Marco Polo, tras décadas de viaje por Asia, lo introdujo en Italia a finales del siglo XIII y fue creciendo en popularidad hasta llegar a todos los rincones de Europa. Florencia, cuna de grandes artistas del Renacimiento, fue la ciudad que se apropió de su fama. El arquitecto, ingeniero militar, pintor y escenógrafo Bernardo Buontalenti (1531-1608), que estaba al servicio de la poderosa familia Médici, es considerado el creador de la receta del ‘gelato fiorentino’.
De ahí surgieron otras variantes con fruta, azúcar y frutos secos. Además de la leche, que es un ingrediente habitual, se incorporaban otros menos comunes como la mantequilla o los huevos. Los italianos se encargaron de difundir su descubrimiento por todo el mundo, pero sin desvelar el secreto de su preparación. Fue a partir del siglo XVIII cuando empezó a incorporarse en los libros de cocina.
Los formatos también han ido evolucionando: ahora, se sirven en copas frías y son populares las tarrinas y los conos de helado, en ocasiones, con chocolate incluido. Todas estas novedades se remontan al siglo XIX. En el momento presente, se podrían añadir el famoso yogur helado, el granizado o el café frappé que tanto gusta a los amantes de esta bebida. Y, en bares y restaurantes, es un añadido a muchos postres como la torrija o el coulant de chocolate.
En el siglo XX se empezó a distribuir oficialmente en Europa y Estados Unidos, llegando en España a ciudades como Madrid, Valencia o Barcelona. Así nació la industria del helado. Las familias que no podían permitirse acudir a estos establecimientos los elaboraban en casa, y era algo parecido a un polo, con agua y zumo de fruta en un molde con un palo incorporado. Con el paso del tiempo, su consumo fue haciéndose más accesible, y actualmente, los españoles se posicionan en la media europea a la hora de tomarlo.
Helados artesanales
En la ciudad autónoma, hay cerca de una decena de locales que se dedican a su venta. El Faro de Melilla se ha pasado por dos de los establecimientos que se encuentran en pleno centro: la Heladería California, que abrió sus puertas en el año 1955, y Nueva Ibense - Artesanos Naíma, fundada hace décadas pero con una nueva gestión desde el 2020. Así, en la temporada de calor, vecinos y turistas tienen para escoger si lo que quieren es saborear auténticos helados artesanales.
La lista de sabores es más bien larga. Lo curioso es que, en los distintos negocios, coinciden en cuáles son los que más se están llevando en este momento. El pistacho triunfa, al igual que el turrón. El público más mayor o adulto se inclina por los sabores clásicos: chocolate, vainilla y nata, a veces, con un toque especial de frutos secos o sirope. Los frutales gustan mucho porque son especialmente fresquitos, y “los peques” lo tienen claro: eligen los sabores fantasía como de nube, chicle o arcoíris.
En la Heladería California disponen de más de cincuenta sabores, “desde los más básicos a los más complejos”. Explican que, igualmente, la gente suele ir a lo que sabe que le gusta. Por norma general, los clientes son más de tarrinas que de conos. Aunque sean de crujiente barquillo o lleven chocolate, no son los favoritos en Melilla. Como es habitual, los dos locales tienen distintos tamaños para los dos formatos y en ellos pueden combinarse varios sabores. Hasta tres en las versiones más grandes.
En la carta ofrecen opciones sin gluten y sin azúcar, así como otros productos que son una verdadera tentación para los apasionados del dulce. No faltan los granizados o los cafés helados, que son una elección más creativa en lugar de pedir el típico café con hielo y ya. Este verano, están percibiendo mucha afluencia de público, más en comparación a temporadas anteriores. En este sentido, la Heladería California lleva abierta desde Semana Santa y afirman que pueden llegar a vender 300 tarrinas en un solo día.
Lo cierto es que, con el calor, la gente sale a la calle a dar un paseo y es el plan perfecto para una tarde de verano. Coincidimos en que no hay nada mejor que recorrer el Paseo Marítimo, los barrios o el centro modernista disfrutando de una tarrina de helado. No tiene edad, y es un momento que puede vivirse en solitario con un buen libro, o en compañía de la familia o de los amigos. Y si son artesanales y están preparados con cariño, seguro que estarán hasta más ricos si eso es posible.








