Cada quince días, el CEIP Eduardo Morillas cambia de luz y de rostros; cambia incluso la escena, como si un mismo lugar pudiera transformarse por distintas estelas de quincena en quincena. Allí se desarrolla uno de los campamentos pertenecientes al programa Educa Verano, este orientado a las artes escénicas de la mano de Sibila Teatro.
Los niños comenzaban, como cada día, a las nueve de la mañana su actividad matutina, pero aquella jornada mostraba algo distinto. No había mochilas repletas de objetos para sofocar las altas temperaturas de los más pequeños. Las toallas y la ropa de baño habían sido sustituidas por una mochila más pequeña con agua, el desayuno habitual y, sobre todo, la ilusión de quien sabía que este era el día importante, aquel en el que el trabajo y la diversión construidos durante quince días se revelarían para mostrar lo aprendido ante mamás, papás, abuelos, abuelas, tíos, tías, primos y amigos.
Este día concentraba toda la ilusión y ponía el broche final, pero lo hacía por todo lo alto. Sus caras desprendían alegría, nervios e incluso algo de temor. Tenían que subirse al escenario y mostrar sus pequeñas obras de teatro, creadas, adaptadas y construidas día tras día. Cada uno había asumido un personaje, cada uno tenía su momento y debía recordar un baile, una canción, un movimiento o una estrofa del diálogo.
Mientras el escenario se preparaba y los niños, junto a los monitores, aprovechaban los últimos momentos de ensayo y organización, las puertas de Educación Primaria comenzaban a llenarse también de emoción, esta vez la de los progenitores y familiares que se reunían para acompañar a los más pequeños.
Allí, uno de los monitores, Ceci, daba la bienvenida como quien realiza un saludo enérgico en un teatro, en una plaza o en un espectáculo de variedades y circo. Él ponía la emoción y la fuerza mientras los familiares entraban poco a poco en el espíritu de las artes escénicas, ese mismo que había alimentado a sus hijos durante estas semanas. Entonces, las voces se escuchaban más fuertes, preparadas para entrar, y las puertas se abrieron. Los asistentes se acomodaron en las sillas esperando el inicio. Y llegó.
De nuevo, los monitores desprendieron toda su energía sobre el escenario e invitaron a los adultos a seguir el tono de celebración, familiaridad y diversión. Tras ellos aparecieron los más pequeños, convertidos en animales de granja gracias al maquillaje y a las cartelas que colgaban de sus cuellos. Mostraron su ritmo, su coordinación y su alegría. Algunos más tímidos y otros más atrevidos, pero todos participaron y recorrieron el sonido de los animales y de la canción que los acompañaba. Se movían con los brazos, con los pies, hasta producirse el final y salir de escena.
Después llegaron los medianos. El escenario dio paso a otro de los monitores -Pepe- convertido en rey, aunque no de un reino cualquiera. Allí habitaban bufones, caballeros y magos que debían luchar por un trofeo.
Los bufones comenzaron compitiendo con su tradicional simpatía, trasladando chistes hacia el público, que respondió rápidamente con risas. Más tarde llegaron los caballeros, que debían mantener un enfrentamiento épico con la espada, aunque no fue exactamente así. Las dejaron caer y acometieron una pelea simulada de carácter cómico que despertó las carcajadas de los asistentes. Después fue el turno de las magas, que desplegaron toda su magia para hacer volar a uno de los pequeños. La competición entre estos tres grupos, sin embargo, no tuvo un único vencedor. Todos resultaron merecedores de la copa del reino.
Tras ello, un pequeño dragón se sentía desolado porque había perdido la receta de las galletas. Poco a poco, los seres mágicos le fueron ayudando a recomponerla y le entregaron los ingredientes necesarios. Entre movimientos, pequeñas cartelas y diálogos cruzados fueron apareciendo los más mayores: gnomos, hadas y otros seres fantásticos ofrecieron harina, huevos, azúcar y, cómo no, el chocolate. Así, el dragón pudo completar su receta gracias a la simpatía y la indudable ayuda de todos ellos.
Parecía que había llegado el momento final, pero aún quedaba una sorpresa. Tras la actuación de los pequeños, los monitores quisieron mostrar algunas de las actividades escénicas que habían desarrollado en clase y lo hicieron de la mejor manera posible: subiendo al escenario a nuevos aspirantes a actores y actrices.
Los adultos tomaron entonces el relevo y, entre voluntario y voluntario, vivieron sus propios personajes de forma improvisada, entregando todo su potencial, animando la velada y creando ese carácter sincero y espontáneo que también define al teatro y a una de sus grandes bases: la improvisación.
Allí quedó una imagen y una emoción, no solo para los pequeños, sino también para todos los que los acompañaban. Fueron risas, palmas y una enorme satisfacción al ver cómo los niños demostraron todo su potencial, enfrentándose a un público amable, eso sí, pero al fin y al cabo un público ante ellos y ellas.








